Paraguay, una victoria que nos identifica y emociona a todos

30/06/2026

3 min de lectura

Contra todos los pronósticos, la selección guaraní venció a los alemanes y se metió en los octavos de final.

Hay una frase atribuida al exfutbolista inglés Gary Lineker que durante años funcionó casi como una ley futbolística: "El fútbol es un deporte que inventaron los ingleses, juegan once contra once y siempre gana Alemania". Paraguay se encargó de desmentirla en este Mundial. Contra todos los pronósticos, la selección guaraní venció a los alemanes y se metió en los octavos de final.

Cada selección llega a un torneo con recursos distintos: delanteros letales, mediocampistas creativos, defensas sólidas, presupuestos más o menos generosos, jugadores formados en las ligas más fuertes del mundo. Pero hay un factor que no figura en ninguna estadística y que esta vez resultó decisivo: la capacidad de levantarse después de una caída.

El Mundial de Paraguay había arrancado mal. La goleada sufrida ante Estados Unidos trajo una ola de críticas, dudas sobre el entrenador y la sensación generalizada de que la clasificación había sido más suerte que mérito. Para muchos, el equipo ya estaba con un pie afuera antes de que el torneo realmente empezara.

Frente a Alemania, el favoritismo era claro: tradición, historia, jerarquía. Pero los paraguayos salieron a jugar con algo que ningún análisis táctico mide del todo, esa energía particular que aparece cuando ya no hay nada que perder y que ya nadie espera demasiado de uno.

No es la primera vez que el fútbol regala este tipo de episodios. En el Mundial anterior, Argentina perdió su primer partido de manera inesperada frente a Arabia Saudita, y durante varios días el equipo cargó con un escepticismo parecido: análisis pesimistas, comparaciones con fracasos del pasado, la sensación de que el sueño se había terminado antes de empezar. Lo que vino después ya es conocido. Aquella derrota inicial no impidió el camino que terminó en la consagración.

Conviene aclarar algo, sin embargo: esto no significa que a Paraguay le espere automáticamente un destino similar, ni que un primer tropiezo sea garantía de gloria final. Sería un error leer esta historia como una fórmula. Lo que ambos casos muestran es algo más modesto y, a la vez, más interesante: hay fortalezas, recursos internos, niveles de compromiso que normalmente permanecen ocultos y que solo salen a la superficie después de un golpe duro. El golpe no garantiza la victoria posterior, pero a veces es el que obliga a un equipo, o a una persona, a encontrar algo que de otro modo nunca habría aparecido.

Algo parecido ocurre fuera de las canchas. Una dificultad económica, un problema de salud, un fracaso profesional, pueden hacernos sentir que el resultado ya está escrito, que lo que viene después de la caída es simplemente más caída.

La tradición judía vuelve sobre esa idea con frecuencia, y lo hace sin promesas fáciles: no asegura que después de cada tropiezo venga necesariamente el triunfo, pero sí insiste en que la caída nunca debe ser el lugar donde uno decide quedarse. El rey David lo resumió con una sencillez que atraviesa los siglos: "Aunque caiga, volveré a levantarme". No habla de evitar la caída, que tarde o temprano llega para todos, sino de qué se hace después de ella.

Quizás por eso una historia como la de Paraguay engancha más allá del resultado deportivo. Todos hemos sido, en algún momento, el equipo al que nadie le daba chances. Todos conocemos esa sensación de cargar con una derrota inicial mientras el entorno repite que ya no hay nada que hacer. Y todos, en algún punto, hemos descubierto que esa misma sensación de tener todo en contra puede convertirse, paradójicamente, en el origen de una fuerza distinta.

La victoria frente a Alemania no solo altera la tabla de este Mundial. Tampoco asegura que Paraguay vaya a llegar lejos, ni convierte la derrota inicial en una especie de garantía mística de éxito. Lo que sí deja, en cambio, es un recordatorio más sobrio y quizás más útil: el talento y la preparación importan, sin duda, pero existen otras fortalezas, menos visibles, que solo se revelan cuando todo parece perdido.

A veces hace falta tocar fondo para descubrir de qué madera está hecho un equipo, o una persona. Y eso, más allá de cómo termine este Mundial para Paraguay, ya es una enseñanza que vale la pena llevarse.

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