Paralizado, pero no incapaz: Un camino de fe, resiliencia y fortaleza

02/08/2026

7 min de lectura

Tras un desafortunado accidente que lo dejó paralizado, el Dr. Bill Silvers impulsa su heroica recuperación con fe, amor y un legado de resiliencia y fortaleza moral que recibió de sus padres.

En el momento en que la cabeza del médico retirado chocó contra la red, y esta lo lanzó por el aire, él supo que había sufrido una lesión en la médula espinal.

Era la primera vez que el Dr. Bill Silvers, entonces de 72 años, jugaba pickleball, y apenas habían pasado 10 minutos de su primer juego.

No sintió dolor, pero el tiempo pareció detenerse mientras Silvers quedó suspendido en el aire durante un momento inquietantemente largo.

Supo que su vida estaba a punto de cambiar. Se había fracturado la vértebra C4.

Incluso mientras yacía en el suelo, Silvers seguía siendo un médico. “Llamen al 911. Tengo una lesión en la médula espinal”, indicó con calma. Luego dio instrucciones a los paramédicos para que lo llevaran, no al hospital más cercano, sino al centro de salud de la Universidad de Colorado, donde había ejercido y enseñado durante décadas. Allí no solo había cuidado pacientes allí, sino que había sembrado las semillas de un legado moral duradero.

Un coraje profundamente arraigado

Antes del insólito accidente jugando pickleball, Silvers estaba semi-retirado, hacía cinco años que había conocido a su pareja, Sara Jo Fischer, y ambos disfrutaban de una vida activa llena de viajes y deportes.

El Dr. Bill Silvers sostiene una foto de sus padres, Helena y Leo Silvers, judíos polacos que sobrevivieron al Holocausto. El dibujo a la derecha conmemora su matrimonio. Foto de Cyrus McCrimmon para UCHealth.

“Yo era un gran esquiador, ciclista y tenista. Un mes y medio antes del accidente, estaba probando mi nueva rodilla en pistas de diamante negro en Vail”, dijo Silvers.

“Con todas las cosas arriesgadas que he hecho en mi vida, desde esquiar hasta conducir demasiado rápido, tal vez me merecía tener un accidente. Pero para mí, el pickleball no era una actividad de alto riesgo”.

Para enfrentar las difíciles secuelas de su accidente, Silvers encontró inspiración en sus padres y en su profunda fe judía.

“Tener esta clase de lesión que cambia la vida no es nada divertido ni fácil. Pero no es nada comparado con las experiencias del Holocausto. Miro mi vida a través del prisma de las experiencias de mis padres. Eso me da perspectiva para enfrentar esta situación de la forma más positiva posible”, dijo Silvers.

Los padres de Silvers son sobrevivientes polacos del Holocausto que escaparon del exterminio, soportaron Auschwitz y Dachau, y se reunieron milagrosamente tras marchas de la muerte separadas. Su mera existencia es un testimonio de la perseverancia humana. Sus padres se reencontraron en 1945 en un refugio de la Cruz Roja en Praga y emigraron a los Estados Unidos para asegurarse de que su hijo naciera en tierra libre.

El coraje de sus padres quedó grabado en su alma. Su padre estaba a punto de iniciar la escuela de medicina el mismo día en que los nazis invadieron Polonia. Ese sueño fue destrozado por el genocidio, pero resucitó en Bill, que más tarde se convirtió en médico.

El Dr. Bill Silvers trabaja cada día para recuperarse tras su lesión medular. Aquí realiza el arduo trabajo de pasar de estar sentado a ponerse de pie. Foto de Cyrus McCrimmon para UCHealth.

Por supuesto, hay momentos de frustración y de profunda pérdida, pero Silvers está decidido a ser un “mensch”, una palabra en ídish que significa ser una persona íntegra, digna y moral.

“Dios debe haber tenido un plan para mí”, dijo.

Mientras lucha por recuperar la mayor movilidad posible y aprende lecciones de su accidente, Silvers se concentra incansablemente en apreciar la belleza de la vida, servir a los demás y animar a otros a hacer lo mismo.

“Mientras respires, tienes la oportunidad de hacer el bien en tu vida. Mientras estés vivo, tienes el potencial de crecer, de ayudar a otros y de ser la mejor persona que puedas ser”, dijo Silvers con su voz profunda y serena.

“Tengo malos momentos. Pero nunca tengo malos días”.

A pesar del impacto de la parálisis, Silvers se negó a caer en la desesperanza. En cambio, encontró consuelo en su fe judía y en su identidad cultural. “Esto no es Auschwitz”, se recordaba. El dolor era real, pero no era aniquilación. La parálisis era formidable, pero su alma permanecía intacta.

Encontrar manos seguras y vínculos sagrados

La Providencia se unió a la preparación en la sala de emergencias. El médico que sostenía la cabeza de Silvers era el Dr. Jeff Druck, amigo y colega del Centro de Bioética y Humanidades. Druck había colaborado con Silvers en el Programa de Bioética Contemporánea sobre el Holocausto y el Genocidio, una iniciativa que enseña a todos los estudiantes de ciencias de la salud sobre la complicidad médica durante el Holocausto.

“Desde el momento en que mi cabeza estuvo en sus manos, supe que estaba a salvo”, recordó Silvers con lágrimas. La lesión, aunque devastadora, fue afortunadamente un moretón grave y no un corte total. Había esperanza.

En 24 horas, Silvers pudo mover los dedos de los pies y encogerse de hombros. Comenzaban los destellos de recuperación.

El testamento ético: una tradición judía de sabiduría

Mientras esperaba una cirugía que le salvaría la vida (que se retrasó por peligrosos coágulos de sangre), Silvers recurrió a su legado espiritual. Había comenzado a redactar un “testamento ético”, una tradición judía en la que se legan valores, no bienes materiales, a la siguiente generación.

Lo completó con la ayuda de la asesora Nancy Sharp. En él escribió: “A aquellos cuyas vidas pude haber tocado: he tratado de ser un mensch y vivir una vida significativa como médico dedicado, hijo de sobrevivientes del Holocausto y judío comprometido. He recibido muchas bendiciones, algunas que no aprecié en su momento, pero que, dada una larga vida, ahora sí valoro.

“He sufrido, luchado y perseverado. He amado, perdido, y salvo por no tener hijos, más allá de una hija adoptiva, he hecho todo lo posible por vivir con integridad y dejar un legado, por ayudar a quienes he podido y por hacer del mundo un lugar mejor”.

Silvers continuó escribiendo sobre cómo se vio motivado por el valor de sus padres y su extraordinaria supervivencia durante la Segunda Guerra Mundial.

Bashert: un amor que sostiene

En todo este proceso, Silvers no estuvo solo. Su pareja, Sara Jo Fischer, había sido descrita como su “bashert”, un alma gemela destinada por Dios. Su vínculo se había visto fortalecido a través de previos retos de salud y valores compartidos.

Antes del accidente, el Dr. Bill Silvers y su pareja, Sara Jo Fischer, disfrutaban de aventuras por todo el mundo, incluyendo un viaje a Machu Pichu.

Tras el accidente, Fischer se convirtió en su defensora y cuidadora incondicional. Con experiencia en yoga y sanación, ella recurrió a sus conocimientos y a su alma para apoyarlo en días oscuros e inciertos. “Mis habilidades y mi alma han crecido”, dijo Fischer.

Nace SuperMenschMan

Durante su agotadora recuperación, Fischer comenzó a informar a sus seres queridos a través de CaringBridge. Un mensaje, escrito durante una batalla contra una sepsis, introdujo un nuevo apodo: SuperMenschMan. Y quedó. Sus amigos hicieron camisetas y pulseras verdes (su color favorito) con las palabras “Be a Mensch” (“Sé un mensch”).

El Dr. Bill Silvers no podía mover nada por debajo del mentón después de sufrir una lesión medular jugando pickleball. Ha estado trabajando para recuperar el movimiento. Ahora puede chocar los puños con las visitas. Sus amigos hicieron camisetas y pulseras resaltando su determinación de vivir una buena vida y ser un mensch. Foto de Cyrus McCrimmon para UCHealth.

El símbolo de superhéroe capturaba no sólo su resiliencia, sino su incansable búsqueda del bien.

Reaprender a vivir, renovar el propósito

Silvers pasó meses en el Hospital Craig, uno de los principales centros de rehabilitación de lesiones medulares en los Estados Unidos. Allí aprendió a usar una silla de ruedas motorizada, practicó fisioterapia a diario y, con el tiempo, volvió a ponerse de pie y a dar pasos.

El Dr. Jeff Berliner, un judío que es especialista en rehabilitación del Craig Hospital, describió a Silvers como “notablemente positivo, perspicaz y amable”. Sus conversaciones a menudo trataban sobre la memoria del Holocausto, la sanación y el significado espiritual.

Silvers se maravilló de la compasión de sus cuidadores. “Lo que aprendí en Craig fue cómo vivir con mis lesiones, cómo cuidarme a mí mismo y cómo seguir sirviendo a la comunidad”.

Educar a los sanadores del mañana

El legado de Silvers se ve quizás con mayor fuerza en el Programa de Bioética del Holocausto que ayudó a fundar en el Campus Médico de Anschutz. Es uno de los pocos en el mundo que forma a futuros profesionales de la salud en las lecciones de los crímenes médicos nazis.

“El personal médico no sólo fue cómplice. Fueron líderes de estas atrocidades”, dijo el Dr. Matt Wynia, director del programa. “Bill está increíblemente enfocado en asegurar que las generaciones futuras comprendan la importancia de esta historia”.

Incluso después de su accidente, Silvers volvió a los seminarios, interactuando con becarios de bioética y contando su historia, y la de sus padres, a estudiantes que salían inspirados.

Reflexiones matutinas y esperanza eterna

Cada mañana, el peso de la realidad golpea de nuevo. “Me despierto y no puedo moverme”, admitió Silvers. En esos momentos, recurre a su Rabino, Iaakov Meyer, de Aish de los Rockies.

“¿Por qué me pasó esto?”, le preguntó Silvers una vez.

“Porque cuando el cuerpo falla, el alma puede florecer”, respondió Rav Meyer. “Puedes llegar a ser una persona más grande”.

Entonces Silvers piensa en sus padres. En su padre levantando a su madre por encima de un muro del gueto. En ondear la bandera estadounidense cuando era niño, orgulloso de su nueva ciudadanía. En el sagrado regalo de la libertad.

Mira por la ventana de su dormitorio hacia las Montañas Rocosas y luego usa todas sus fuerzas para levantar su cuerpo de la silla de ruedas. Recuerda el poder del agua: cómo sus padres alguna vez sanaron en las aguas termales de Glenwood Springs. “El agua sana el cuerpo y el alma”, dijo.

Ahora, él vuelve a flotar. Y en esa agua cálida, con los brazos abiertos y el corazón elevado, no está paralizado. Está nadando. Está volando.

Es SuperMenschMan.

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