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Política o espiritualidad: ¿Cuál es el antídoto contra el suicidio juvenil?

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26/12/2021 | por Sara Yoheved Rigler

Jamie es uno de los más destacados miembros del congreso de los Estados Unidos, representando a Maryland. Él fue quien dirigió el segundo juicio político del presidente Donald Trump, y es miembro del comité selecto para investigar el ataque del 6 de enero al Capitolio de los Estados Unidos. Sin embargo, su carrera política se vio ensombrecida por el trágico suicidio de su amado hijo Tommy en la mañana de la víspera de año nuevo el año pasado.

A mí me inquietó una reciente entrevista con Raskin publicada en The New Yorker.

Su descripción de su hijo Tommy de 25 años como alguien que tenía "un corazón perfecto, un alma perfecta, un sentido del humor desenfrenado e implacable y una mente radiante y deslumbrante" llevan a que la trágica desaparición e Tommy sea todavía más desgarradora.

Tommy Raskin, de bendita memoria.

Quizás yo estaba más vulnerable a sentir empatía hacia el dolor de Raskin porque unos pocos días antes había visitado la tumba de Ofer, el hijo de mis primos, quien también puso fin a su vida a los 30 años. Ofer, como Tommy, era brillante y tenía una personalidad increíble. Ofer, como Tommy, estaba cerca de sus padres y de sus dos hermanos. Ofer, como Tommy, tenía un padre famoso y homenajeado (el padre de Ofer es uno de los más importantes economistas de Israel) que se dedica a causas políticas liberales.

El suicidio es la cuarta causa de muerte entre los jóvenes de 15 a 19 años.

A diferencia de Tommy, que sufría de depresión clínica, Ofer sufría una enfermedad física: esclerosis múltiple. Como sus dos padres fueron kibutznikim, él fue educado con la ética de la productividad y la independencia. A medida que su enfermedad degenerativa lo volvía cada vez más dependiente, Ofer perdió las esperanzas de tener una vida significativa. En su nota de suicidio escribió que no quería convertirse en una carga para su familia.

La nota final de Tommy también fue para su familia: "Por favor, cuídense unos a otros, a los animales y a los pobres del mundo por mí". Lamentablemente, el flagelo de los adultos jóvenes que se suicidan es un problema mucho más vasto que el de la familia de Raskin y de la mía.

La entrevista anuncia la próxima publicación del nuevo libro de Raskin: “Unthinkable: Trauma, Truth, and the Trials of American Democracy” (Lo impensable: el trauma, la verdad y las pruebas de la democracia norteamericana). Raskin, miembro del congreso de los Estados Unidos, vive en medio del mundo de la política y la acción social. Sin embargo, a mí me sorprendió el final de la entrevista, en la que presenta la acción política como un antídoto contra la depresión que se apoderó de Tommy y que amenaza a tantos otros:

Hay millones de personas que sufren en el país. Hemos perdido a más de ochocientas mil personas a causa del Covid, lo que implica que hay ochocientas mil familias en duelo. Hay cifras comparables por crisis con opioides, la epidemia de abuso de alcohol y drogas, y una terrible crisis de salud mental. Tenemos que dar un poco de esperanza a la gente. Tenemos que dejar claro que parte de la solución al abatimiento es participar en política y luchar.

Sin embargo, Tommy participaba en política. Incluso era un atareado estudiante de derecho en la Universidad de Harvard y un profesor asistente, participaba en actividades contra la guerra, luchaba contra la crueldad con los animales, y se dedicaba a una amplia gama de causas progresistas. Como escribieron elocuentemente sus padres tras la muerte de Tommy:

No satisfecho con donar la mitad de su salario como profesor para salvar a las personas de la malaria comprando redes mosquiteras con caridades globales, tras terminar el semestre y recibir elevadas calificaciones, y cuando todos sus estudiantes habían sido evaluados, hizo donaciones individuales en nombre de cada uno de sus estudiantes a Oxfam, Give Directly y otros grupos que ayudan a aliviar el hambre en el mundo.

La política nunca es un antídoto para la depresión, tal como aprendí durante mis días como activista contra la guerra en Vietnam. Como miembro de la izquierda radical, vi en mis compañeros furia, frustración y odio, pero nunca nada que se asemejara a una alegría profunda o a paz interior. ¿Y cómo podría ser de otra forma? Tratar de "salvar el mundo", a pesar de ser una misión muy virtuosa, puede registrar algunas victorias (ganar una elección, lograr que se apruebe una legislación), pero nunca verá su visión idealista completamente satisfecha, porque siempre hay otra guerra, otra hambruna, otro dictador sediento de poder provocando desastres.

De hecho, la angustia existencial puede verse agravada al identificarse demasiado profundamente con el sufrimiento de la humanidad. Como dijo Raskin en la entrevista del The New Yorker: "Tommy era alguien que sentía el dolor de los demás. Él podía pasarse toda la noche en vela preocupado por los niños que estaban atrapados en medio de la guerra civil en Yemen. O por los niños que eran separados de sus padres en la frontera. O por las victimas de la violencia armada". Tratar de resolver los problemas del mundo es muy noble y necesario, pero puede brindarnos una satisfacción duradera tanto como la comida de ayer puede saciar el hambre de hoy.

Si el compromiso político no es una solución para la depresión que agobia a millones de jóvenes, ¿qué puede serlo?

Una relación activa con la espiritualidad

La respuesta, verificada por los últimos estudios científicos, es la espiritualidad. Lisa Miller, de la universidad de Columbia, dirigió una investigación que demostró que los adolescentes que tienen una relación positiva y activa con la espiritualidad, tienen un 40 por ciento menos de probabilidades de usar y abusar de drogas y un 60 por ciento menos probabilidades de estar deprimidos.

La profesora Miller, basada en un estudio histórico del epidemiólogo genético psiquiátrico Kenneth Kendler publicado en la Revista norteamericana de Psiquiatría, define la espiritualidad como "un sentido de una relación cercana con Dios (o con la naturaleza, el universo o cualquier término que cada persona use para referirse a un poder superior), y una fuente vital de guía diaria".1

Los adolescentes que tienen una relación positiva y activa con la espiritualidad, tienen un 40 por ciento menos de probabilidades de usar y abusar de drogas y un 60 por ciento menos probabilidades de estar deprimidos.

Esta relación con un Dios que lo sabe todo y ama plenamente, les permite a los jóvenes navegar los complejos desafíos de la vida. Como escribió Miller en su libro The Spiritual Child: "En un estudio de individuación espiritual publicado en la Revista de la Academia norteamericana de psiquiatría infantil y juvenil, encontramos que desarrollar una relación personal con Dios (expresada en comentarios tales como: 'Me dirijo a Dios buscando que me guíe en momentos de dificultad' o 'Cuando tengo que tomar una decisión, consulto con Dios qué debo hacer'), protege de caer en la experimentación del alcohol y las drogas".2

Miller señala que a medida que la religiosidad disminuyó en los Estados Unidos, se fueron incrementando las tasas de depresión. Además, uno de los descubrimientos más asombrosos es que la espiritualidad intergeneracional (un vínculo religioso compartido entre los niños y sus padres o abuelos), protege contra la predisposición genética a la depresión.

Entre los hijos de madres deprimidas, una espiritualidad compartida protege entre tres y siete veces más que cualquier otra fuente de resiliencia contra la depresión conocida por las ciencias médicas o sociales. Protege cuatro veces más que las características demográficas conocidas como clase social privilegiada o educación, y dos veces más que una familia funcional y favorable o que el estilo de paternidad. Ni la biología ni las relaciones, la educación, las situaciones socioeconómicas, las pastillas ni los suplementos vitamínicos pueden compararse con esto. Nada redujo radicalmente el riesgo de depresión como una espiritualidad compartida.3

Si queremos proteger a nuestros hijos de hundirse en la depresión, el mejor servicio que podemos brindarles, más que un ejemplo de acción política, es desarrollar y compartir con ellos una perspectiva del mundo orientada hacia Dios. Esta es una lección particularmente importante para los judíos norteamericanos, quienes en las últimas dos generaciones enfatizaron un judaísmo de acción social más que un judaísmo de relación con Dios.

Tiene sentido que los estudios revelen que una relación con Dios protege de la depresión. La persona que vive en un universo carente de Dios cree que está a la merced de fuerzas azarosas y se encuentra en una lucha perpetua contra los instintos humanos alimentados por un deseo insaciable de poder y riqueza.

La persona que tiene una relación con Dios, por otro lado, confía que a pesar de que el plan de Dios es insondable, Dios dirige el mundo con sabiduría y amor. La persona que tiene una relación con Dios se ve inspirada a hacer su parte para mejorar el mundo, pero sabe que la carga de resolver los problemas mundiales no se encuentra sólo sobre los frágiles hombros de los mortales. Esta persona trabaja con y para Dios, conectada a una fuerza trascendente que imbuye las vidas individuales con paz interna en medio del desequilibrio externo.

Hubiera deseado que Tommy y Ofer tuvieran esta clase de conexión. Mi corazón acompaña a ambas familias.

Dedicado para la aliat neshamá de Ofer ben Asaf.

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NOTAS:

  1. Lisa Miller, The Spiritual Child (St. Martin’s Press, New York, 2015) pág. 7
  2. Ibid., pág. 43
  3. Ibid., págs. 87-88




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