La Hagadá predijo lo que pasaría después del 7 de octubre


5 min de lectura
La pregunta que nadie formula.
Pésaj es una fiesta de preguntas, pero hay una que no hacemos, y es significativa. ¿Por qué hubo un Pésaj en primer lugar? ¿Por qué los años de sufrimiento y esclavitud? Israel recuperó su libertad. Regresó a la tierra que había sido prometida a sus antepasados siglos antes. Pero ¿por qué fue necesario el exilio? ¿Por qué Dios no dispuso simplemente que Abraham, Itzjak o Iaakov simplemente heredaran la tierra de Canaán? Si los israelitas no hubieran bajado a Egipto en los días de Iosef, no habría habido sufrimiento ni necesidad de redención.
¿Por qué Pésaj?
La pregunta es inevitable, dados los términos de la narrativa bíblica. La Torá indica que no hubo nada accidental en los acontecimientos que condujeron a Pésaj. Siglos antes, Dios le había dicho a Abraham en el “pacto entre las partes”: “Ten por cierto que tus descendientes serán extranjeros en una tierra que no es suya, y serán esclavizados y maltratados durante cuatrocientos años.” (Génesis 15:13) En la Hagadá recordamos repetidamente que toda la secuencia de acontecimientos era parte de un plan preestablecido. Dios “ya había calculado el final” del sufrimiento. Cuando Iaakov bajó a Egipto, decimos que fue anus al pi ha-dibur, “forzado por decreto divino”.
Dios mismo le dijo a Iaakov: “No temas descender a Egipto, porque allí te convertiré en una gran nación” (Génesis 46:3), sin insinuarle los sufrimientos que sus hijos soportarían. Los sabios dicen que al final de la vida de Iaakov, cuando quiso revelarles a sus hijos lo que sucedería “al final de los días”, el don de la profecía le fue retirado. Sin saberlo, los israelitas formaban parte de una historia escrita mucho antes.
Un Midrash, uno de los pocos lugares donde los sabios expresaron su inquietud ante esta extraña estrategia de la providencia, formula el problema con gran claridad:
El Santo Bendito sea quiso cumplir el decreto que había anunciado a Abraham, que sus descendientes serían extranjeros en una tierra que no era suya. Entonces dispuso que Iaakov amara a Iosef más que a sus otros hijos; que los hermanos sintieran celos y odio hacia él; que lo vendieran a los ishmaelitas que lo llevarían a Egipto; y que Iaakov supiera después que Iosef vivía allí. El resultado fue que Iaakov y las tribus bajaron a Egipto y fueron esclavizados.
Rabí Tanjuma dijo: ¿A qué se parece esto? A un ganadero que quiere poner el yugo a una vaca, pero la vaca se niega. Entonces él toma el ternero de la vaca y lo lleva al campo donde se va a arar. El ternero comienza a llorar por su madre. La vaca, al oírlo, corre al campo, y allí, mientras está distraída pensando en su hijo, el ganadero coloca el yugo sobre ella. (Tanjuma, Vaieshev, 4)
El guion que Dios escribe para Su pueblo a veces es indirecto y aterrador. Los sabios aplicaron a esto la frase: “¡Qué impresionante es Dios en Sus actos con la humanidad!” (Salmos 66:5)
¿Por qué quiso que Su pueblo experimentara la esclavitud? ¿Por qué el exilio en Egipto fue el preludio necesario para su vida como nación soberana en la Tierra Prometida?
El libro de Ioná cuenta una historia extraña. Dios envía al profeta Ioná a advertir a la ciudad de Nínive. Sus caminos son corruptos; la ciudad será destruida a menos que se arrepientan. Ioná huye de su misión, y a lo largo del libro descubrimos por qué. Él dice que sabía que los habitantes de Nínive, al escuchar las palabras del profeta, se arrepentirían y serían perdonados. Para Ioná esto era injusto. Cuando las personas hacen el mal, deben sufrir las consecuencias y ser castigadas. Esto era aún más cierto en el caso de Nínive, una ciudad de los asirios que llegarían a causar tanto sufrimiento a Israel. El perdón de Dios entraba en conflicto con el sentido de justicia retributiva de Ioná. Entonces Dios decide enseñarle una lección moral. Hace crecer una planta (una calabacera) para darle sombra del sol abrasador. Al día siguiente envía un gusano que hace que la planta se marchite y muera. Ioná cae en una profunda depresión, hasta desear la muerte. Entonces Dios le dice:
“Te preocupas por la planta que no cultivaste ni hiciste crecer. Surgió en una noche y en una noche pereció. ¿Y no habría Yo de preocuparme por Nínive, esa gran ciudad con más de ciento veinte mil personas?” (Ioná 4:10-11)
Dios enseña a Ioná a apreciar algo dándoselo y luego quitándoselo. La pérdida nos enseña a valorar las cosas, aunque a menudo demasiado tarde. Lo que tenemos y luego perdemos no lo damos por sentado. La visión religiosa no consiste en ver cosas que no están ahí. Consiste en ver las cosas que están ahí y siempre estuvieron, pero que nunca habíamos notado ni a las que habíamos prestado atención. La fe es una forma de atención. Es una meditación sostenida sobre lo milagroso de lo que existe, porque podría no haber existido. Aquello que perdemos y luego nos es devuelto aprendemos a apreciarlo de una manera que no lo habríamos hecho si nunca lo hubiéramos perdido. La fe consiste en no dar las cosas por sentadas.
Esta es la clave para entender toda una serie de relatos en el libro del Génesis. Sará, Rivká y Rajel anhelan tener hijos, pero descubren que son estériles. Solo mediante la intervención de Dios logran concebir. Abraham pasa por la prueba del sacrificio de Itzjak, solo para descubrir que Dios, quien le había pedido que sacrificara a su hijo, a último momento le dice “¡Detente!”. Así es como la familia del pacto aprende que tener hijos no es algo que simplemente ocurre. Así es como el pueblo de Israel aprendió, en el amanecer de su historia, a no dar nunca por sentado a los hijos. La continuidad judía, educar nuevas generaciones de judíos, no es algo natural ni inevitable, ni un proceso que se sostenga por sí solo. Requiere constante esfuerzo y atención. Lo mismo ocurre con la libertad.
Israel tuvo que perder su libertad antes de poder apreciarla. Que nunca vuelva a perderla.
La libertad, en el sentido bíblico (la autodisciplina responsable) no es algo natural. En el orden natural de las sociedades humanas, como en el reino animal, los fuertes dominan a los débiles. Nada es más raro o difícil que una sociedad donde todos tengan igual dignidad. Incluso concebir una sociedad así requiere un enorme desprendimiento de lo que es natural. La Torá nos explica cómo se logró esto: a través de la experiencia histórica de un pueblo que, desde entonces, sería portador del mensaje de Dios para la humanidad.
Israel tuvo que perder su libertad antes de poder apreciarla. Solo a aquello que perdemos le prestamos verdadera atención. Israel tuvo que sufrir la experiencia de la esclavitud y la degradación antes de poder aprender, saber y sentir intuitivamente que hay algo moralmente incorrecto en la opresión. Tampoco podría Israel (ni ningún otro pueblo) transmitir este mensaje de manera permanente sin revivirlo cada año, probando el áspero sabor del pan de la aflicción y la amargura de la esclavitud. Así se creó, en el nacimiento de la nación, un anhelo de libertad que quedó en el corazón mismo de su memoria y de su identidad.
Si Israel hubiera alcanzado inmediatamente la condición de nación en la época de los patriarcas, sin la experiencia del exilio y la persecución, habría (como tantas otras naciones en la historia) dado la libertad por sentada; y cuando la libertad se da por sentada, ya ha comenzado a perderse. Israel se convirtió en el pueblo concebido en la esclavitud para que nunca dejara de anhelar la libertad y para que supiera que la libertad no es en absoluto algo natural. Requiere vigilancia constante y una lucha moral incesante.
Israel descubrió la libertad al perderla. Que nunca vuelva a perderla.
(Extracto de "The Jonathan Sacks Haggada")
Nuestro newsletter está repleto de ideas interesantes y relevantes sobre historia judía, recetas judías, filosofía, actualidad, festividades y más.