La Hagadá predijo lo que pasaría después del 7 de octubre
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El humo se eleva del altar en Jerusalem. Un agricultor está de pie frente a él; su toro más preciado asciende ahora en llamas. Para nuestra sensibilidad moderna, esta escena del antiguo Templo resulta impactante, incluso perturbadora. ¿Por qué un Dios amoroso ordenaría una práctica aparentemente tan bárbara? Y después de haber transcurrido dos mil años desde el último sacrificio, ¿qué pueden enseñarnos hoy estas leyes?
La respuesta comienza con un matiz sutil en el texto de la porción de la Torá de esta semana. La Torá introduce los sacrificios con las palabras: “Cuando un hombre de entre ustedes traiga un sacrificio a Dios…” O al menos así suele traducirse. En realidad, el versículo dice: “Cuando un hombre traiga de ustedes un sacrificio a Dios…”(1) La palabra “mikem” (de ustedes) está curiosamente fuera de lugar. A partir de esta palabra, Rav Shneur Zalman de Liadi, autor del Tania, extrae una verdad profunda: cuando traes una ofrenda, debes ofrecerte a ti mismo —“mikem”, de ti mismo.
¿Qué significa ofrecerse a uno mismo? En un nivel simple, significa sacrificar tus recursos materiales. En la época del Templo, una vaca tenía un valor y utilidad similares a los de un automóvil hoy. Imagina donar tu coche a una causa importante: eso es un sacrificio personal que demuestra verdadera devoción.
En un nivel más profundo, como enseña el Ramban, quien trae un sacrificio debe sentir como si él mismo estuviera siendo ofrecido sobre el altar.
Pero… ¿Por qué Dios querría que nos sacrifiquemos, aunque sea simbólica o metafóricamente?
En el Tania, Rav Shneur Zalman enseña que una persona nace con dos aspectos en su alma: el alma animal (Nefesh HaBehemit) y el alma Divina (Nefesh Elokit). El alma animal nos impulsa hacia los placeres físicos y la autopreservación, mientras que el alma Divina anhela espiritualidad y trascendencia. A través del sacrificio aprendemos a subyugar nuestra naturaleza inferior para alcanzar alturas espirituales. El mensaje parece claro: trascender lo físico para conectarnos con lo divino.
Si fuera así, esperaríamos que el judaísmo promoviera el ascetismo: una vida de aislamiento espiritual y negación del mundo material. Sin embargo, si entras en cualquier comunidad ortodoxa descubrirás rabinos rodeados de familias numerosas, comunidades reuniéndose para abundantes comidas festivas y celebraciones de bodas con siete días de canto y baile.
Este es el singular enfoque judío de la espiritualidad: no rechazar el mundo físico, sino santificarlo. Para entender cómo funciona esto, debemos profundizar en el significado de la palabra hebrea para sacrificio: “korbán”. Esta palabra comparte su raíz con “kiruv” (acercar) y “krovim” (parientes), lo que revela el verdadero propósito del sacrificio: no destruir lo físico, sino acercarlo a lo divino. A través del sacrificio, un animal (que representa el mundo físico) se convierte en el mismo medio mediante el cual nos conectamos con lo espiritual. Esto se ve en los propios sacrificios: la mayoría eran parcialmente consumidos por los sacerdotes o por quienes traían la ofrenda, transformando así un acto físico en una conexión sagrada.
Quizás todavía te estés preguntando por el destino del animal en todo esto. ¿No es injusto, incluso cruel, sacrificar a una criatura inocente para nuestra elevación espiritual?
Para responder a esta pregunta, déjame presentarte una elección: si fueras un animal, ¿cómo querrías vivir tu vida? Considera las posibilidades:
¿No es evidente la elección? La tradición cuenta que en la época del Templo los animales incluso se alineaban para ser sacrificados. Así como un soldado entrega voluntariamente su vida por una causa noble, estos animales participaban en algo mucho más grande que la mera supervivencia. Se convertían en puentes vivientes entre el cielo y la tierra.
Hoy no tenemos un templo ni un altar, pero sí tenemos vidas que podemos dedicar a hacer el bien y a construir el mundo de Dios. No tenemos vacas, cabras ni ovejas para ofrecer, pero sí tenemos tiempo, recursos y habilidades esperando ser ofrecidos para cumplir nuestra misión en la vida y conectar el cielo con la tierra.
Esta semana, examina un área de tu vida, quizás tu rutina matutina, tus habilidades profesionales o incluso cómo usas tu tiempo libre. Pregúntate: ¿Cómo podría este recurso servir a algo más elevado? Luego haz un cambio concreto para elevar ese aspecto de tu vida.
Que nuestras decisiones diarias se conviertan en ofrendas dignas, elevándonos tanto a nosotros como al mundo que nos rodea.
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