3 desafíos urgentes que los judíos debemos enfrentar este año


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Janucá revela la esencia de la verdadera belleza.
Suelen decir que cada festividad judía se puede resumir como: “Intentaron matarnos, ganamos, ¡vamos a comer!” Sin embargo, esto no es cierto con Janucá. A diferencia del faraón de Egipto, o de Hamán de la historia de Purim (o incluso de los antisemitas que hoy esparcen odio en universidades, en Europa y en el mundo), los sirio griegos durante el período del Segundo Templo no querían erradicar a los judíos. Querían erradicar el judaísmo.
¿Por qué el judaísmo representaba una amenaza tan grande para la antigua Grecia? ¿Por qué podían tolerarnos vivos, pero no podían soportar nuestra forma de vida?
La respuesta radica en una disputa filosófica fundamental. Los valores griegos provienen de una obsesión con la belleza externa. Rabí Iehudá HaLevi advirtió: “Cuídate de la sabiduría de Grecia, porque no tiene fruto, solo flores”. El fruto da sustento, mientras que las flores ofrecen solo belleza estética. El fruto tiene propósito nutritivo; las flores tienen superficialidad temporal.
La sociedad griega valoraba lo externo, lo superficial. Creían que solo las experiencias sensoriales son reales, limitadas a lo que podemos saborear, tocar o comprender intelectualmente. Esto es la antítesis del pensamiento de la Torá, que cree que hay mucho más bajo la superficie: un mundo de infinita profundidad más allá de lo que el ojo ve.
Entonces, ¿qué es la verdadera belleza? La belleza es armonía: la fusión de opuestos en complemento y coexistencia. La belleza sinfónica es cuando diferentes instrumentos tocan diferentes notas, todos juntos. La impactante belleza de una cordillera proviene de las alturas majestuosas de los picos en relación con los valles debajo. En música, un acorde en la música es una armonía de notas variadas.
La belleza suprema, por lo tanto, se define como opuestos polares que se unen. ¿Y qué dos cosas están más distantes que lo físico y lo espiritual? Cuando coexisten armoniosamente, eso es verdadera belleza. Por el contrario, cuando lo físico contradice o eclipsa lo espiritual, el resultado es la fealdad.
El Talmud dice que 10 medidas de belleza descendieron al mundo, y Jerusalem tomó nueve. Jerusalem es conocida como la ciudad de la conexión, donde el Cielo y la Tierra se encuentran. El Templo Sagrado en Jerusalem era una estructura hermosa en el mundo físico que encarnaba lo espiritual, y de él emanaba toda la belleza. Por eso los griegos irrumpieron en el Templo, lo profanaron y ofrecieron cerdos en su altar.
Cuando los macabeos recuperaron el Templo, no encontraron aceite puro accesible, y muchos de los utensilios del Templo habían sido saqueados, incluida la Menorá. Cuando finalmente encontraron una pequeña vasija de aceite sin profanar, armaron con sus lanzas una menorá improvisada y encendieron el aceite, que era suficiente para arder solo un día. Dios hizo un milagro increíble, y el aceite ardió durante ocho días.
¿Por qué el milagro vino a través del aceite? ¿Por qué no crear milagrosamente una nueva Menorá? Janucá trata de recordar la esencia oculta, la belleza que se encuentra en lo interno, no en la fachada externa. Por eso el milagro ocurrió con el aceite, no con la Menorá misma. Había mucho aceite alrededor, pero lo que faltaba era aceite espiritualmente puro.
Cada momento de la vida contiene dimensiones tanto físicas como espirituales. Decidir cuál enfatizar es un desafío de por vida. El milagro del aceite nos muestra que, aunque lo físico es importante, no es la esencia última.
Encender la menorá en Janucá nos recuerda que nuestra luz, nuestros valores y nuestro legado espiritual son lo que perdura, mucho más allá de las luces y exhibiciones físicas de cualquier temporada.
En el mundo actual, el mensaje atemporal de Janucá (celebrar la victoria de la resistencia espiritual sobre la superficialidad) adquiere un significado renovado a medida que resurgen actitudes antisemitas y las comunidades judías se mantienen firmes con orgullo. Janucá nos invita a ver más allá de lo superficial y a mirar hacia el núcleo de quiénes somos como judíos.
La persistencia del orgullo y la resiliencia judía, a pesar de estos desafíos, se ha convertido en un inspirador milagro moderno. La imagen de menorot en las ventanas de los hogares judíos alrededor del mundo ahora tiene un peso adicional. Brillan no solo como símbolos de Janucá, sino como faros de unidad, fe y el compromiso eterno con la identidad judía.
Para muchos, encender la menorá este año se siente como algo más que un ritual; es una declaración que reafirma su herencia, sus valores y su conexión constante con el pueblo judío.
Al encender la menorá, recordamos la historia de la pequeña vasija de aceite puro que mantuvo viva la llama durante ocho días, reflejando cómo las comunidades judías, a pesar de enfrentar presiones externas, continúan preservando intacta y fuerte su singular esencia espiritual.
Es un recordatorio de que la verdadera belleza, de acuerdo con el entendimiento judío, no surge de fachadas externas sino de la integridad y pureza internas. Un mensaje tan relevante ahora como siempre.
Al celebrar Janucá este año, aférrate a la fortaleza que proviene de la unidad y la fe que sigue brillando intensamente. Aunque siga creciendo el antisemitismo y la oposición, el resplandor de la menorá nos recuerda que, tal como ha ocurrido durante miles de años, el espíritu del judaísmo sigue siendo indomable, una luz que se niega a extinguirse.
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