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¿Cuál es el propósito de todos estos mandamientos?
Tomado de “Gateway to Judaism: The What, How and Why of Jewish Life”
Una de las críticas más comunes al judaísmo es que presta demasiada atención a los detalles; que está obsesionado con minucias legales y técnicas. A primera vista, la ley judía parece justificar esta afirmación. La Torá contiene 613 mandamientos, divididos en 365 prohibiciones y 248 obligaciones, además de cientos de decretos rabínicos y costumbres que regulan cada aspecto de la vida. Existen volúmenes enteros de directrices detalladas que especifican cómo uno debe vestirse, comer, trabajar e incluso hablar. Por supuesto, ningún judío individual está obligado a cumplir todos los mandamientos, a menos que sea hombre y mujer; soltero, casado y divorciado; cohen, leví e israelita… todo al mismo tiempo.
Esta estructura intrincada puede dar la impresión de que la Torá es excesivamente legalista y que impone demasiadas exigencias al ser humano, sin dejarle suficiente libertad para relajarse y disfrutar de la vida. La aparente obsesión del judaísmo con las leyes y tecnicismos también puede llevarnos a preguntar qué sentido tiene todo esto. ¿Cómo es que no comer langosta convierte a alguien en mejor persona? ¿Por qué encender las velas de Shabat debería acercar a alguien a Dios?
Para comprender por qué los judíos han mantenido fielmente este estilo de vida por casi 3.500 años, debemos entender mejor el propósito de los mandamientos, llamados en hebreo mitzvot (en singular: mitzvá).
Creemos que nuestra obligación principal como seres creados “a imagen de Dios” (Génesis 1:27) es imitar a Dios y “andar en Sus caminos” (Deuteronomio 28:9).
¿Qué significa esto? Los Sabios lo definieron así:
“Así como Él es misericordioso y bondadoso, así también tú debes ser misericordioso y bondadoso. Así como Él vistió al desnudo, tú también debes hacerlo; así como Él visitó a los enfermos, tú también debes hacerlo; así como Él consoló a los dolientes, tú también debes hacerlo; así como Él enterró a los muertos, tú también debes hacerlo” (Talmud – Sotá 14a; Talmud de Jerusalem – Peá 3:1).
Cada una de estas declaraciones se refiere a un momento en la Biblia donde Dios demostró esas cualidades. Los Sabios indican que tal como un padre enseña a un hijo a través de sus actos más que con sus palabras, Dios intencionalmente incluyó estos episodios en la Torá para enseñarnos el comportamiento que espera de nosotros.
Maimónides enumera la obligación de “andar en los caminos de Dios” como uno de los 613 preceptos, pero también se entiende como una razón subyacente para todos ellos. Para tener una relación plena con Dios es necesario ser lo más “semejante a Él” que sea posible. Debemos desarrollar un marco intelectual similar, adoptando los atributos de Dios y actuando como Él actúa.
Imitar al Creador no es una tarea fácil y no siempre es evidente qué significa realmente “ser bueno” en una situación determinada. Puede que quieras ayudar a una persona necesitada, pero ¿cuál es la mejor forma de mostrar esa bondad? ¿Debes darle dinero, un préstamo o un trabajo? ¿Debes dar una suma grande a una sola persona, o pequeñas sumas a muchas? ¿Qué porcentaje de tus propios ingresos es apropiado donar? Para abordar estas complejidades, Dios nos dio la guía suprema para llegar a ser como Él: los 613 mandamientos con todos sus detalles.
El judaísmo acepta como axioma que ni el ser humano ni el mundo son perfectos; ambos fueron diseñados para ser perfeccionados. Tal como este mundo está incompleto y fue diseñado para ser perfeccionado, también el ser humano fue diseñado para aspirar a la perfección. El Midrash (Tanjuma, Tazría 5) relata un debate entre Rabí Akiva y el funcionario romano Turno Rufo. Turno Rufo le preguntó a Rabí Akiva: “¿Qué es mejor, las obras de Dios o las del hombre? Si dices que las del hombre, eres un hereje. Y si dices que las de Dios, ¿por qué circuncidan a sus hijos? Si Dios quisiera que nacieran circuncidados, ¿por qué no los creó así?”
¿Qué es mejor? ¿El trigo crudo o un pastel?
En vez de responderle directamente, Rabí Akiva le mostró a Turno Rufo una espiga de trigo y un pastel, y le preguntó: “¿Qué prefieres, la obra de Dios (el trigo crudo, incomible) o la obra del hombre (el pastel sabroso)?” El romano tuvo que admitir que las obras del hombre eran mejores.
Rabí Akiva le enseñó que, así como el trigo necesita ser refinado para convertirse en pan o pastel, el ser humano también necesita perfeccionarse física, moral y espiritualmente. Precisamente, el propósito de los mandamientos es refinar y elevar al ser humano.
Varias ideas relacionadas con este proceso se expresan en un versículo aparentemente simple de Proverbios (30:5): "Todos los mandamientos de Dios son tzerufá (refinados)".
El Midrash explica que el propósito de los mandamientos es el proceso llamado tziruf. (Midrash Rabá, Génesis 44:1). La palabra hebrea tzerufá (de la cual deriva tziruf gramaticalmente) tiene dos explicaciones opuestas. Dependiendo del contexto, puede significar fundido, como en el método usado para separar el mineral del metal mediante la aplicación de calor. Alternativamente, puede significar unión, como en la soldadura, donde se utiliza calor para unir metales.
En el versículo citado, estas dos explicaciones deben entenderse en sentido metafórico: es decir, los mandamientos de Dios representan la fuente de calor, y la persona representa el metal. Así como el calor quema las impurezas, Dios nos dio 365 prohibiciones (“no harás”) para ayudar a eliminar los rasgos negativos de carácter contenidos en una persona. Y así como el calor tiene el poder de unir metales, Dios nos dio 248 obligaciones (“harás”) para consolidar los rasgos positivos y conectar al ser humano con un nivel superior de conciencia.
Que los seres humanos necesitan refinamiento no es un concepto nuevo. Mira a cualquier bebé: ¿acaso es un producto terminado? En nuestra sociedad, los niños reciben 13 años de escolarización antes de que se espere que enfrenten los desafíos de la vida. El judaísmo cree que aprender a perfeccionarse a uno mismo (y a perfeccionar el mundo) lleva aún más tiempo: toda una vida de entrenamiento.
Todos conocemos adultos que todavía no han hecho la transición de la infancia a la adultez. Sus acciones están gobernadas por los instintos de un recién nacido. Si piensan que un objeto, una posición o un título les pertenece, entonces, por definición, debe ser suyo, y no se detendrán ante nada para obtenerlo. Este código de conducta adulta, “las reglas infantiles de la propiedad”, se emplea generosamente en todos los niveles de nuestra sociedad.
Cuando un niño pequeño se despierta en las primeras horas de la mañana con sed, no puede ver más allá de sus instintos humanos básicos, que le dicen: “sed — agua — beber”. No piensa en sus padres agotados arrastrándose desde un sueño profundo para traerle un vaso de agua (sin el cual él podría sobrevivir unas horas más). La compasión y la consideración por los demás no son un instinto humano innato; deben ser aprendidas e interiorizadas. Como cualquier otra habilidad compleja, la única manera de dominarla es mediante un entrenamiento intenso y la autotransformación. Pero, ¿dónde puede una persona tomar un curso sobre la compasión?
Ahí es donde entran en juego las mitzvot de la Torá. Ellas son herramientas dadas por Dios para el refinamiento.
Las prohibiciones permiten a las personas identificar sus instintos negativos y alejarse de ellos, mientras que las obligaciones ayudan a canalizar los instintos positivos para convertirnos en mejores personas.
Otro propósito de las mitzvot es entrenar al ser humano para actuar de manera consciente, no automática. Dios quiere que lo sirvamos como seres pensantes, no como robots. Esta es una explicación de lo que parece ser una declaración extraña de Rabí Shimón ben Gamliel: una persona no debería decir: “No me gustan las mezclas de carne y leche...”. Más bien, debería decir: “Me gustarían, pero ¿qué puedo hacer? Mi Padre en el Cielo ha decretado que no las consuma”.
El Talmud (Julín 109b) explica que los judíos se abstienen de comer cerdo o mezclas de carne y leche, no porque tales platos les resulten ofensivos o desagradables, sino porque Dios les prohibió consumir esos alimentos. El Talmud sugiere que un judío debería pensar: “El cerdo probablemente tenga un gusto excelente; sin embargo, Dios me ha prohibido comerlo”.
La primera vez que leo a mis hijos el libro de Dr. Seuss Huevos verdes con jamón, ellos siempre me preguntas: “Aba, ¿qué es jamón?” (Por alguna razón, la mente del niño no se inquieta por los huevos verdes; probablemente la cafetería de la escuela tiene algo que ver con esto). Les respondo que el jamón es la carne de cerdo. Su reacción suele ser: “¡Aggh, qué asco!”. En ese momento les digo que el jamón probablemente sabe muy bien y que miles de millones de personas lo comen todo el tiempo. Trato de enfatizar que la razón por la que no lo comemos no es por su “mal” sabor, sino porque Dios nos lo prohibió.
Creo que Rabí Shimón ben Gamliel aprobaría mi respuesta. Podríamos condicionar a nuestros hijos a sentirse repelidos por el jamón (“¡qué asco, repugnante!”), pero entonces no tendríamos más que robots kósher o máquinas de mitzvot. Esto está muy lejos del ideal de la Torá, que es formar pensadores que tomen decisiones sobre qué hacer o no hacer basándose en compromisos morales, y no en sentimientos viscerales. Los mandamientos están diseñados para desarrollar la capacidad de las personas de servir a Dios de manera consciente, alentándonos a no depender del instinto, sino a ejercitar nuestro poder de libre albedrío.
Una vez conocí a un estudiante en California cuya especialidad en la universidad era “Revelación”. El objetivo de tal título era un misterio para mí, al igual que el plan de estudios. Después de hablar con el estudiante sobre el curso, siguió siendo un misterio. Mentalmente lo archivaba en una larga lista de cursos universitarios inútiles, como “Empoderar a las mujeres con trastornos alimenticios a través de los cuentos de hadas y la terapia de movimiento de danza nativa americana”. El fundador del movimiento jasídico, el Baal Shem Tov, solía decir que uno tiene la obligación de aprender de todo y de todos, así que traté de aprender algo de este encuentro. Tras cierta reflexión, se me ocurrió que, en realidad, todo judío se especializa en revelación: nuestro objetivo es revelar la presencia de Dios en este mundo de ocultamiento.
El proceso de revelación es, en efecto, una meta primordial de los mandamientos. En un nivel místico, cuando cumplimos estos mandamientos revelamos los atributos y la presencia de Dios en cada aspecto del espacio y del tiempo. Por ejemplo, al realizar un acto altruista, introducimos en el mundo un aspecto de la imagen de Dios que antes estaba oculto. Por ejemplo, cuando una persona da desinteresadamente a otro, está demostrando que tiene un alma (que imita a su Creador) y que no es meramente un ser físico preocupado sólo por su propia supervivencia. Al encontrarse con un individuo verdaderamente justo, uno reconoce que esta persona no es simplemente un “simio desnudo”, sino un ser creado “a imagen de Dios”.
La mesa no es un comedero, sino un vehículo para la santidad.
De manera similar, cuando usamos un objeto físico para cumplir una mitzvá, revelamos la chispa oculta de divinidad que contiene ese objeto. Cuando un árbol se utiliza para producir papel destinado a un libro que inspira a alguien a alcanzar niveles espirituales y morales más elevados, el propósito último de ese árbol (su “chispa de divinidad”) se vuelve evidente para nosotros. Cuando una mesa de comedor se usa como lugar de hospitalidad, bondad y palabras de Torá, la “chispa de divinidad” en esa mesa se hace más evidente. Ya no es simplemente un utensilio para comer (una especie de comedero), sino un vehículo para la santidad.
A veces, al mostrar que todo en la creación tiene un propósito y una meta comunes en su existencia, podemos revelar la idea de que este todo unificado y armonioso fue creado por un Ser único. Así, cada mitzvá que una persona cumple revela otra faceta de la existencia de Dios e introduce esa faceta en el plano humano de la conciencia.
Por el contrario, si una persona actúa de manera egoísta, hedonista, siguiendo ciegamente sus instintos más bajos, su comportamiento oculta la imagen de Dios y enfatiza el componente animal del ser humano. Un político estadounidense contemporáneo es conocido por el apodo de “El Cuerpo”. Esta persona, para mi sorpresa, fue realmente elegida gobernador de un estado, a pesar de que las cualidades de un líder probablemente se hallarían mejor en alguien cuyo apodo fuera “El Cerebro”, “El Alma” o “El Corazón”, en vez de “El Cuerpo”. Nuestra obligación en la vida es actuar de tal modo que merezcamos ser apodados “El Alma”, y no meramente “El Cuerpo”.
La manera principal en que enfatizamos el componente espiritual de la humanidad, el tiempo y el espacio es cumpliendo los mandamientos. A través de las mitzvot participamos en el proceso de revelación, de descubrir elementos de divinidad en el mundo y la imagen de Dios dentro de nosotros mismos.
En resumen, el propósito de los mandamientos es:
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