Por qué el Mesías nacerá en el día más oscuro del año

06/08/2026

5 min de lectura

Desde Egipto hasta el Holocausto, la historia judía sigue un patrón: las semillas de la redención se siembran en medio de la destrucción.

Tishá BeAv, el Nueve de Av, el día más triste del calendario judío, acaba de pasar. Los Sabios hacen una afirmación sorprendente: el Mashíaj nacerá en Tishá BeAv (Eijá Rabá 1:51).

Esa fecha tiene un peso enorme. Según el Libro de Números, fue el día en que los espías enviados a explorar la Tierra de Israel regresaron con un informe difamatorio que quebró la fe de la nación, un momento de colapso nacional. Desde entonces, Tishá BeAv se ha convertido en un imán para las catástrofes: la destrucción del Primer Templo, luego la del Segundo, y una larga lista de tragedias que, a lo largo de los siglos, se concentran alrededor de esta fecha.

¿Por qué el Mashíaj habría de nacer precisamente en el día más oscuro del año?

Porque esto nos enseña una importante lección sobre la estructura misma de la historia judía: la semilla de la redención se planta en el mismo momento de la destrucción. Aunque no podamos verla, la luz ya está allí, creciendo silenciosamente, esperando su momento.

El patrón se repite

Si tomamos distancia y observamos la historia judía, podemos ver que este es un patrón recurrente.

Comencemos por el inicio de nuestra historia nacional. Los israelitas son esclavizados en Egipto: generaciones de trabajos forzados, infanticidio, desesperación, sin ninguna salida a la vista. Sin embargo, precisamente de ese horno de sufrimiento surge el Éxodo y, con él, el Monte Sinaí, el momento en que el pueblo judío recibe la Torá (los Cinco Libros de Moshé) y se convierte en una nación con una misión. La esclavitud no fue un desvío del destino del pueblo judío. Fue el camino hacia él. (Incluso Moshé, el redentor del pueblo judío, fue criado en el palacio del faraón).

La esclavitud no fue un desvío del destino del pueblo judío. Fue el camino hacia él.

Siglos después, en Persia, Hamán, el villano de la historia de Purim, organiza un intento de genocidio: un plan para exterminar a todos los judíos, jóvenes y ancianos, en un solo día, simplemente porque Mordejai se negó a inclinarse ante él. El Libro de Ester parece una cuenta regresiva hacia la catástrofe. Pero termina con el triunfo del pueblo judío y con el impulso político y espiritual que permitió a los judíos regresar a su tierra y reconstruir el Segundo Templo. La casi aniquilación se convirtió en el preludio de la restauración.

Avancemos hasta el 31 de julio de 1492, el 9 de Av, cuando los judíos de España, la comunidad judía más grande y próspera del mundo, reciben un ultimátum: convertirse al cristianismo o marcharse. Las familias se dispersan y toda una edad de oro se extingue prácticamente de la noche a la mañana.

Tres días después, el 3 de agosto, una flota zarpa con la bandera del mismo reino que los había expulsado, buscando una ruta hacia el Lejano Oriente. Cristóbal Colón tropieza, por accidente, con un hemisferio cuya existencia ninguna potencia europea conocía aún. Harían falta siglos para que esa conexión se desarrollara plenamente, pero ese descubrimiento accidental terminó abriendo la puerta a los Estados Unidos: el gran refugio de la diáspora judía, una nación que ofreció a los judíos algo casi sin precedentes en dos mil años de exilio: un lugar donde construir una vida y vivir abiertamente como judíos.

Mientras una puerta se cerraba de golpe en la historia judía, otra comenzaba a abrirse.

El Holocausto

Luego llegó el capítulo más oscuro de todos. El Holocausto: seis millones de almas judías, un tercio de la población judía mundial, asesinadas en un genocidio de escala industrial y de un horror inimaginable. Ninguna explicación basada en "aspectos positivos" puede ni debe minimizar esa oscuridad o insinuar que valió la pena pagar semejante precio. Pero la historia registra lo que sucedió después: el mundo, enfrentado a lo que había permitido que ocurriera, ya no pudo seguir mirando hacia otro lado. El 29 de noviembre de 1947, las Naciones Unidas votaron a favor de la partición de Palestina, allanando el camino para un estado judío después de dos mil años de exilio.

Menos de seis meses después, por primera vez en dos milenios, la soberanía judía regresó a la patria judía. La sangre de los seis millones no creó ninguna justificación (nada podría hacerlo), pero sí desempeñó un papel central para impulsar al mundo hacia aquello por lo que los judíos habían rezado en cada generación: el regreso al hogar.

Estos son solo tres ejemplos. Hay muchos más.

La partida de un Gran Maestro

¿Qué hacemos con un patrón como este? Imaginemos a un gran maestro de ajedrez. Él puede ver decenas de jugadas por adelantado, permitiéndose sacrificios que, para un observador inexperto, parecen errores catastróficos (como entregar la reina, una posición que parece llevar al colapso) porque él ya sabe hacia dónde se dirige la partida.

Lo que parece la derrota, puede ser simplemente una jugada dentro de una estrategia mucho más amplia, dirigida por un Poder Superior que contempla el tablero completo de la historia.

Nosotros solo podemos ver la casilla sobre la que estamos parados. Lo que parece caos, o incluso derrota, puede ser simplemente una jugada dentro de una estrategia mucho más amplia, dirigida por un Poder Superior que contempla el tablero completo de la historia.

Esto no es fatalismo. La teología judía exige algo más activo que esperar a que Dios mueva las piezas por nosotros. La historia se desarrolla mediante una interacción constante entre el poder de Dios y el auténtico libre albedrío que cada uno de nosotros posee, tanto como individuos y como nación, para elegir nuestro propio camino.

El destino nunca está en duda. La tradición judía enseña que, colectivamente, avanzamos hacia la redención, hacia un mundo reparado. Pero el camino que tomamos, cuánto tarda el recorrido y cuánto sufrimiento encontramos en él dependen, en gran medida, de nosotros. Todos los caminos conducen al mismo destino. La rapidez y la dificultad del viaje dependen de nuestras decisiones.

En medio de la oscuridad

Es mucho más fácil reconocer este patrón al mirar la historia hacia atrás que mientras la estamos viviendo. Cuando los judíos eran esclavos en Egipto, no sabían que los esperaba el Sinaí. Cuando el decreto de Hamán fue sellado, no sabían que la historia tendría un segundo acto. Quienes abordaron un barco para abandonar España sin nada no podían imaginar una democracia al otro lado de un océano que todavía no aparecía en ningún mapa. Y cuando seis millones estaban siendo asesinados, no existían palabras capaces de explicar qué clase de redención podría surgir después.

La tradición que afirma que el Mashíaj nace en Tishá BeAv es una promesa de que la oscuridad nunca tiene la última palabra.

El mayor desafío consiste en aferrarse a la posibilidad de que exista un rayo de esperanza mientras aún estamos dentro de la nube, eligiendo una y otra vez avanzar en la dirección correcta. Construir en lugar de desesperar, sostener al mismo tiempo la fe y la responsabilidad.

La tradición que afirma que el Mashíaj nace en Tishá BeAv no promete que la oscuridad no duela ni que la catástrofe sea en secreto algo bueno. Promete que la oscuridad nunca tiene la última palabra.

En algún lugar, dentro de cada tragedia, ya ha sido plantada una semilla. Nuestra tarea no es esperar a que crezca por sí sola. Nuestra tarea es cultivarla, confiando en que, por más difícil que sea el camino, la redención ya está en marcha.

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