Una "luz para las naciones", la misión del pueblo judío


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El antisemitismo no es algo casual ni nuevo. Comprenderlo puede transformar el miedo en fortaleza.
Los judíos de todo el mundo se enfrentan a una ola de odio, difamación, intimidación, doble estándar y confusión moral. Se acusa a Israel de los crímenes que se cometen contra él. A los judíos se les dice que su historia es falsa, que su patria es ilegítima, que su derecho a defenderse constituye una agresión y que su mera existencia es una provocación.
Esta situación genera miedo, confusión y, en ocasiones, vergüenza.
Pero existe otra manera de entender este momento.
El odio dirigido contra el pueblo judío no es casual ni nuevo. Forma parte de la historia más antigua del mundo. Si comprendemos por qué sucede esto, podemos extraer fuerza de ello y afrontar este momento con esperanza, resiliencia y orgullo.
La ola de antisemitismo que hoy golpea a los judíos es una prueba dolorosa de que el mundo sigue percibiendo quiénes están llamados a ser.
El Talmud afirma que el nombre del Monte Sinaí, donde el pueblo judío recibió la Torá, proviene de la palabra hebrea siná (odio). Cuando la nación recibió la misión de llevar al mundo la visión moral de Dios a través de la Torá, el odio descendió junto con esa misión.
La Torá exige responsabilidad moral. Enseña que el poder no basta, que el deseo no basta, que la conquista no basta y que el éxito no basta. Los seres humanos fueron creados a imagen de Dios y, por ello, están llamados a vivir con justicia, santidad, compasión, moderación y responsabilidad.
Ese mensaje es hermoso y ennoblecedor. Pero también resulta amenazante.
El cuerpo se resiste al alma. El poder se resiste a la responsabilidad y a rendir cuentas. La parte inmoral de la humanidad se resiste a la exigencia de volverse moral.
Y el pueblo judío, al cargar con la misión de la Torá, siempre ha estado en el centro de esa lucha.
Por eso, la oposición al pueblo judío comenzó mucho antes de la política moderna. No se trata de 1948 ni de 1967. En última instancia, tampoco se trata de fronteras o asentamientos. El patrón de este antiguo odio comienza en la propia Torá.
Mientras el pueblo judío avanzaba hacia la Tierra de Israel, surgió la oposición. Amalec los atacó en el desierto. Edom les negó el paso. Sijón y Og les bloquearon el camino. El mensaje es claro: no avancen, no entren en la tierra, no lleguen a convertirse en el pueblo que están destinados a ser.
Cuando la fuerza física fracasa, la estrategia cambia. Balak recurrió a Bilam, no para derrotar militarmente a Israel, sino para maldecirlo espiritualmente. Bilam intenta deslegitimar a los judíos convirtiendo su propia identidad en una maldición. También eso fracasa.
Entonces los enemigos de Israel prueban otra estrategia. Intentan seducir al pueblo judío hacia la inmoralidad y la idolatría, para apartarlo de Dios y de su pacto.
Este ha sido el patrón recurrente de la historia judía.
Primero intentan matar y destruir a los judíos.
Cuando eso fracasa, intentan maldecirlos, convertirlos o asimilarlos.
Y si eso tampoco funciona, intentan desmoralizarlos y hacer que olviden quiénes son.
Rashi, al comentar el versículo de la Torá que ordena a los judíos enfrentarse a la nación de Midián, hace una afirmación sorprendente: quien se enfrenta a Israel, en realidad, se enfrenta a Dios.
Esa es la esencia del antisemitismo, les guste o no admitirlo.
El antisemitismo no consiste simplemente en sentir antipatía hacia los judíos. No es solo racismo ni hostilidad política. En su núcleo, es una rebelión contra la misión del pueblo judío; una rebelión contra la idea de que existe un Dios que se preocupa por el comportamiento humano, de que la moral es objetiva y de que el pueblo judío tiene un papel en llevar esa verdad al mundo.
Por eso el antisemitismo resulta tan irracional y sus justificaciones cambian con cada generación. Se ha odiado a los judíos por ser demasiado religiosos y luego demasiado seculares; demasiado capitalistas y demasiado comunistas; demasiado débiles y demasiado poderosos; demasiado aislados y demasiado influyentes. Y ahora, se les acusa de ser asesinos genocidas de niños y opresores coloniales. Las acusaciones cambian. El odio permanece.
Antes del Holocausto, cuando el pueblo judío comenzó a regresar en gran número a la Tierra de Israel y a reconstruir su soberanía, esa misma lucha ancestral entró en una nueva etapa.
El genocidio asesinó a un tercio del pueblo judío. Pero no logró su objetivo final.
Después, los intentos de destruir a Israel en el campo de batalla fracasaron una y otra vez. En 1948, 1967, 1973 y posteriormente, Israel sobrevivió.
Si Israel no puede ser destruido físicamente, se lo debe atacar en el plano moral.
La lucha pasó progresivamente del campo de batalla al terreno del relato. Si Israel no puede ser destruido físicamente, se lo debe acusar de racismo, colonialismo, apartheid, genocidio y de todos los demás pecados capitales del vocabulario moral contemporáneo. El pueblo judío, originario de la Tierra de Israel, es presentado como un ocupante extranjero. Las víctimas del odio genocida son llamadas genocidas. Quienes se defienden del terrorismo son acusados de agresión.
Esta es la versión moderna de Bilam. Un intento de maldecir al pueblo judío ante los ojos del mundo y de hacer que los propios judíos pierdan la confianza en la justicia de su causa. Es un intento de separarlos de su historia y de su misión.
Y está funcionando.
Cuando el odio proviene del exterior, duele. Pero cuando ese odio penetra en la mente y el corazón de los propios judíos, cuando comienzan a preguntarse si tal vez sus enemigos tienen razón o si quizá su propia existencia es el problema, entonces el peligro es aún mayor.
Por eso la claridad resulta tan importante en este momento.
Los judíos son un pueblo antiguo que porta una misión antigua. Desde el principio se les dijo que esa misión despertaría oposición, que serían pocos en número, vulnerables, incomprendidos y, con frecuencia, estarían solos.
Pero también se les reveló el final de la historia.
No termina en el aislamiento ni en la persecución. Termina con las naciones reconociendo a Dios, con el pueblo judío prosperando en su tierra —como ya está ocurriendo—, con Jerusalem convirtiéndose en una fuente de luz y con la humanidad viviendo finalmente en paz.
Eso no es un optimismo ingenuo; es uno de los pilares fundamentales de la fe judía.
A pesar del dolor y del peligro, los judíos viven uno de los momentos más extraordinarios de su historia. Después de miles de años, el pueblo judío ha regresado a la Tierra de Israel. Jerusalem ha recuperado la vida judía. Profecías que durante siglos parecían imposibles se estan cumpliendo ante nuestros ojos.
Y precisamente porque el fin de la historia está cerca, la oposición se vuelve más intensa.
Para resistir la desmoralización que se les intenta imponer deliberadamente, los judíos necesitan comprender quiénes son y por qué tienen una patria. Necesitan conocer su historia y su sabiduría, y mantener un vínculo con sus textos antiguos.
Con una resiliencia nacida del conocimiento y la sabiduría, los judíos podrán mantenerse firmes con valentía, orgullo y esperanza.
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