3 desafíos urgentes que los judíos debemos enfrentar este año


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Lo que Janucá nos enseña sobre el asombro en la era de la IA.
En la Torá hay por lo menos mil cosas que la gente no considera “reales”. La apertura del Mar Rojo. Un burro que habla. Maná que cae del cielo. Ángeles que se ven y actúan como seres humanos. Una escalera hacia el cielo. Bebés nacidos de parejas ancianas. Un universo entero creado en seis días, con un Dios cansado que descansa en el séptimo.
Yo sé lo que es real, dicen. Yo, aquí sentado, escribiendo palabras en mi computadora, mirando por la ventana donde puedo ver nuestro césped, ahora tan verde como un prado irlandés. La semana pasada no era más que pasto marrón y muerto. Luego llegó una lluvia intensa, casi cinco días seguidos, y las semillas de césped que nuestro jardinero había esparcido por el jardín de repente prendieron. Todo cobró vida. Tres días seguidos de sol ayudaron también. Todo eso es normal, innegablemente normal. Nada que ver con las cosas de la Torá.
¿Puede ser que nuestra percepción del césped como algo “real” provenga de cómo la repetición nos ha insensibilizado ante su mera prevalencia, embotando mi imaginación?
¿Y si nunca antes hubiéramos visto crecer el césped? ¿Si solo hubiera piedritas? ¿Nos sorprenderíamos al ver esta alfombra verde y mágica que llamamos césped? Yo creo que sí. Creo que todos nos sorprenderíamos.
Si una mañana el cielo pasara del negro azabache a un estallido de oro solo esa vez, ¿eso transformaría nuestra evaluación despreocupada del amanecer en un asombro radical?
¿Y qué hay del sol? Una bola de fuego que sale solo por el este, se mantiene sobre nosotros cada día para iluminar y calentar el mundo, y se pone solo por el oeste. ¿Y si esto hubiera ocurrido una sola vez? Si una mañana el cielo pasara del negro azabache a un estallido de oro solo esa vez, ¿nuestra evaluación casual se convertiría en asombro radical?
Eso también traería consigo una gran sensación de temor, de emoción y, con su intensa belleza, un placer indescriptible.
¿El sol es real? ¿Es real nuestra conciencia? ¿De verdad no hay nada por lo que entusiasmarse en el césped? ¿Descartaríamos tan fácilmente su supuesta normalidad, su realidad incuestionable, si los estuviéramos viendo y sintiendo por primera vez?
¿Qué hay de la idea de que un ser humano plenamente formado sale del cuerpo de otro ser humano tras nueve meses predecibles en el vientre? ¿Cómo compartimentamos con tanta facilidad el nacimiento y la vida de los seres humanos en la categoría de lo conocido, lo comprendido, lo normal… y luego seguimos adelante? ¿Cómo terminó el nacimiento, de entre todas las cosas, casi en el mismo archivo mental que el “tránsito” y los “bagels del domingo por la mañana”?
¿Hemos perdido algo esencial por haber visto estas cosas tantas veces que dejamos de ver lo evidente? ¿Nos hemos entrenado para salir del asombro?
Tal vez el verdadero problema no sea que la Torá esté llena de historias irreales y que el jardín esté lleno de césped real. Tal vez sea que, una vez que algo se repite lo suficiente, lo exiliamos del ámbito de lo milagroso y lo degradamos a “así son las cosas”. El césped, si apareciera una sola vez, nos haría estallar la mente. El cielo, iluminado una sola vez, nos dejaría sin palabras. El primer nacimiento nos haría caer de rodillas. Pero vistos mil veces, o incluso media docena de veces, se convierten en parte del paisaje.
No hay ocho días de Janucá porque el milagro haya durado ocho días. Solo duró siete. Una vez que el aceite arde, ese primer día ya se da por sentado. Cuando encendemos algo esperamos que haya llama. Pero los sabios insistieron en que el primer día también fue milagroso. No la extensión del aceite, no el espectáculo, sino lo ordinario en sí. El fuego respondiendo a la mecha, sosteniendo la luz, obedeciendo leyes que son, ellas mismas, milagrosas. El milagro comienza incluso antes de extenderse hacia lo inesperado; comienza en el instante mismo en que aparece la llama.
El mundo natural en sí es el milagro, aunque estemos acostumbrados a él.
Bajo esa luz, la Torá empieza a verse un poco diferente. Tal vez no esté intentando ofrecer el relato de un periodista sobre hechos que desafían la física. Tal vez esté intentando describir el mundo tal como realmente es: inexplicable en su núcleo. El punto principal no es tanto hablar de milagros. Es comprender que el mundo natural en sí es el milagro.
La ciencia, la física, las matemáticas, la inteligencia artificial, tan útiles y asombrosas como son, no han estado ni cerca de explicar la naturaleza de la realidad, los fundamentos de la conciencia o el estado del ser. Nos han dado nombres y modelos poderosos, mediciones precisas y predicciones deslumbrantes. Nos han mostrado cómo se desarrollan ciertos procesos. Pero no nos han dicho, de manera definitiva, qué es la existencia, por qué importa o qué nos pide.
Si vemos el césped solo como un producto de la biología y la química, —cosas que nos dan pistas sobre sus propiedades, su crecimiento, sus capacidades reproductivas— tal vez hayamos perdido algo profundo: un sentido de asombro ante el mundo. Puede que no logremos escapar de una aprehensión puramente mecánica de las vastas formas y fenómenos del universo, y de nuestro propio universo interior: la mente. Al estrechar el marco a lo que puede medirse, corremos el riesgo de desconectarnos de lo que solo puede maravillarnos. Al insistir en que “real” significa “completamente explicado”, encogemos la realidad para que encaje en el tamaño de nuestras explicaciones.
Estamos construyendo máquinas cuyo propósito entero es hacer que todo sea mucho más accesible y, por lo tanto, más común.
Y así como estamos olvidando cómo asombrarnos, estamos construyendo máquinas cuyo propósito entero es hacer que todo sea mucho más accesible y, por lo tanto, más común. Sistemas de inteligencia artificial que pueden predecir lo que diremos, lo que compraremos, lo que temeremos, qué y en quién confiaremos, antes incluso de que seamos conscientes de decidirlo. Analizan nuestras palabras, nuestros patrones, nuestras vacilaciones. Responden nuestras preguntas. Terminan nuestras frases.
En cierto sentido, son una clase de milagros. En otro sentido, son el triunfo final de la repetición que reduce el misterio. Si el césped es “solo biología”, el sol es “solo astrofísica” y una vida humana es “solo química más tiempo”, entonces la IA se convierte en “solo computación”. El mundo se vuelve más manejable y menos enigmático al mismo tiempo. Todo puede modelarse, predecirse, optimizarse… y no queda nada que tenga permitido ser sagrado.
La Torá tiene una palabra para la verdad, emet, que he empezado a escuchar de otra manera. No es una verificación estrecha de hechos, una pequeña insignia verde que anuncia “correcto”. Sugiere algo más parecido a la confiabilidad de una historia completa, de principio a fin: de alef, la primera letra del alfabeto hebreo, mem, la del medio, y taf, la última. Emet no es simplemente: “¿Esto ocurrió?”. Es: “¿En qué clase de mundo vivimos? ¿Se puede confiar en él? ¿Hay una coherencia profunda bajo todo este aparente caos?”. Y si es así, ¿podríamos incluso llegar a pensar en Dios como esa coherencia?
Nuestras ciencias y nuestras máquinas seguirán nombrando cosas. Serán cada vez mejores diciéndonos cómo. Emet, la verdad, pregunta por qué. ¿Por qué este césped? ¿Por qué este sol? ¿Por qué este niño, esta vida, este amor, esta muerte? ¿Por qué esta conciencia breve y titilante que es únicamente mía… y no tuya? Habiendo nacido, ¿cuál es entonces nuestro papel?
Imagina, por un momento, que logramos algunas de las cosas que nuestra época promete una y otra vez. Curamos muchas de las enfermedades temidas. Alimentamos a muchas más personas. Les damos vivienda. Las mantenemos más seguras que cualquier generación anterior. Nuestras máquinas nos ayudan a coordinar todo esto. Los bordes más ásperos de la existencia se suavizan.
Si, en un mundo así, seguimos pasando junto al césped sin verlo, seguimos mirando el amanecer sin sentir nada, seguimos tratando nuestros asuntos cotidianos como ítems en un calendario, entonces todas nuestras explicaciones y éxitos, en efecto, habrán logrado mucho. Aliviarán el sufrimiento, alimentarán a los hambrientos, curarán enfermedades y darán refugio a quienes lo necesiten. Pero no nos acercarán, por sí solos, a un sentido más profundo de la vida, a una sensación de significado y propósito que haga que vivir valga la pena. Sin eso, incluso nuestros mayores logros pueden sonar huecos. Tendremos información sin emet.
Estamos de pie en un umbral. Los cambios que se acercan (mediante la medicina, la tecnología, la IA) van mucho más allá de lo que incluso hace apenas unos años podríamos haber imaginado. No están a décadas de distancia; en términos históricos, están a instantes. Pronto podríamos vivir en un mundo que sea, paradójicamente y según muchas medidas, más controlado, más predecible, más “ordinario” que cualquiera que haya existido antes.
La pregunta es qué llevaremos con nosotros al cruzar ese umbral: un mayor entumecimiento de nuestro sentido del misterio, un reflejo de llamar ficción a la Torá y realidad al césped y dejarlo ahí… o la disposición a ver que todo lo que alguna vez llamamos ordinario es, en verdad, extraordinario.
Curar enfermedades, acabar con el hambre, proporcionar refugio y seguridad, construir máquinas asombrosas… todo esto puede ser el preludio. Emet es otra cosa. Tiene que ver con la calidad de nuestra percepción, con si nos permitimos reconocer que el césped y el Mar Rojo y los recién nacidos y los algoritmos penden todos de un hilo que no creamos. Si podemos recuperar aunque sea una dosis homeopática de esa conciencia, tal vez el mundo hacia el que nos precipitamos no solo funcione mejor, sino que también se sienta como si hubiéramos recuperado algo del misterio y la belleza que nos rodeaban cuando éramos jóvenes.
Y en ese misterio, en esa belleza, reside todo.
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