Masacre en un evento de Janucá en Australia


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La lucha de Israel por recuperar los cuerpos de sus caídos es más que un esfuerzo militar: es un imperativo moral y espiritual arraigado en la fe y la familia.
Incluso en medio de la alegría nacional por el regreso de 20 rehenes vivos desde Gaza, el cierre sigue siendo esquivo, ya que Israel enfrenta la misión de traer para su entierro los cuerpos de quienes aún se encuentran retenidos en Gaza.
Esta semana, esa misión tomó una forma dolorosa cuando los cuerpos de Omer Neutra e Itay Chen, dos soldados israelíes-estadounidenses muertos en sus tanques el 7 de octubre, finalmente pudieron ser enterrados, junto a Hadar Goldin, cuyos restos estuvieron en poder de Hamás durante once largos años.
Itay Chen
Estos funerales, acompañados de un desbordante dolor y solidaridad, se convirtieron en momentos nacionales de unidad, recordando que cada soldado, cada alma, es parte de la familia. Sin embargo, la lucha continúa. Hamás todavía retiene los cuerpos de tres israelíes y un ciudadano tailandés, explotando su memoria como una grotesca ficha de negociación en su cruel guerra psicológica.
¿Por qué es tan importante para el pueblo judío recuperar los cuerpos y enterrarlos en Israel, religiosa, emocional y colectivamente? La respuesta revela cuatro lecciones esenciales sobre la vida misma:
El cuerpo es más que un simple envoltorio físico; es un socio para el alma Divina, un recipiente sagrado a través del cual cumplimos nuestra misión en este mundo. Sin el cuerpo, el alma no puede cumplir su propósito terrenal.
Incluso después de la muerte, el cuerpo conserva su santidad y debe ser cuidado con dignidad. Por ello, la ley judía insiste en la dignidad del difunto, prohibiendo la cremación, retrasar el entierro o la exhibición pública.
Al morir, el alma pasa por un proceso de separación del cuerpo, regresando a su lugar destinado en el mundo espiritual. El entierro permite que el alma se desligue del plano físico y encuentre paz en el reino espiritual.
El axioma bíblico —“Porque polvo eres, y al polvo volverás”— exige que el cuerpo regrese suavemente a la tierra, confiado de nuevo a su Fuente, completando un ciclo sagrado.
Sin embargo, hasta el entierro adecuado, el alma permanece en un estado de suspensión, pendiente entre dos mundos, sin poder descansar plenamente. Dejar un cuerpo sin enterrar es dejar incompleto el viaje del alma.
Como relata la parashá de esta semana (Génesis 23), cuando murió Sará, Abraham compró un terreno para enterrar a la familia en Jebrón. Desde entonces, los judíos han deseado ser enterrados en la Tierra de Israel. Iaakov, al ver que se acercaba su muerte mientras estaba en Egipto, obtuvo la promesa de su hijo Iosef de que llevarían su cuerpo de regreso a Israel para su entierro (Génesis 47:29).
El Prof. Simja Goldin, padre de Hadar, dijo en el funeral: “En el momento de la redención de la esclavitud en Egipto, Moshé llevó los restos de Iosef para enterrarlo en Israel. Lo hizo por la promesa hecha generaciones atrás”.
Las generaciones siguientes reflejan ese valor. Hasta el día de hoy, cuando los judíos son enterrados en el extranjero, es costumbre esparcir un poco de tierra de Israel en la tumba, manteniendo un vínculo ininterrumpido con nuestra patria eterna.
Omer Neutra
Para Omer Neutra e Itay Chen, ser enterrados en Israel tiene un significado especial. Habiendo dejado la comodidad de Estados Unidos para defender al pueblo judío y a la Tierra de Israel, ahora descansan en su suelo.
Al recuperar el cuerpo de Omer Neutra, su padre Ronen citó la profecía bíblica: “Hay esperanza para tu futuro, dice Dios, y los hijos volverán a su tierra” (Jeremías 31:17).
Enterrar a los muertos se llama jesed shel emet — “verdadera bondad”, porque nunca puede ser retribuida. Pero más allá de la bondad hacia el difunto, el entierro proporciona restauración psicológica y emocional para los vivos.
Cuando el cuerpo de un ser querido está cautivo, la mente no puede aceptar plenamente la certeza de la muerte. Incapaz de llorar y sanar por completo, la familia permanece en una pesadilla perpetua.
En las palabras del padre de Itay, Ruby Chen, durante esos dos años de espera, la familia estuvo emocionalmente cautiva en Gaza: “Atrapados, nuestro dolor eternamente suspendido, nuestras heridas emocionales sangrando, nuestro luto estancado en el limbo”.
La tumba proporciona un ancla física vital: un lugar para llorar, recordar e integrar la memoria del fallecido en la narrativa continua de la vida.
El pueblo judío es una sola familia, conectada con el dolor de todos los que desean enterrar a sus seres queridos. El regreso de los cuerpos desde Gaza es una misión espiritual que restaura el equilibrio en la conciencia colectiva de Israel, una declaración de que cada vida cuenta y cada historia es honrada.
Este pacto de responsabilidad mutua se basa en la antigua promesa: “Kol Israel arevim zé bazé” —todos los judíos son responsables unos de otros. De ello surge la promesa nacional de que “nadie queda atrás”, ni en el campo de batalla, ni en la memoria.
En un mundo que a menudo trata la vida como desechable, la insistencia de Israel en traer a casa a sus muertos es también un Kidush Hashem, una santificación del nombre de Dios, que demuestra al mundo el valor de la vida.
Hadar Goldin, un artista destacado y un prometedor erudito talmúdica, escribió:
“En el transcurso de nuestra vida diaria, nos enfocamos principalmente en el mundo exterior y sentimos el impacto de nuestro entorno, pero rara vez vislumbramos nuestra propia alma... Si elijo perseguir placeres fugaces y emociones pasajeras, pierdo la oportunidad de descubrir la fuente de alegría continua: mi propia alma”.
Mientras un solo mártir judío permanezca sin enterrar, nuestra misión está incompleta. Aquellos que dieron sus vidas el 7 de octubre son amados símbolos nacionales. Que su memoria sea bendecida.
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