La Hagadá predijo lo que pasaría después del 7 de octubre


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En mi familia hubiéramos podido decir “te amo” en cinco idiomas, pero el lenguaje del amor nos resultaba difícil.
Entre las cinco personas que formaban mi familia hablábamos cinco idiomas diferentes. Hubiéramos podido decir "te amo" en cualquiera de esos idiomas, pero el lenguaje del amor nos resultaba difícil.
En la tierna escena del musical El Violinista sobre el Tejado, Tevye, el lechero, le pregunta a su esposa, Golde: “¿Me amas?”, y ella responde: “¿Te qué…?”. Ella evade la pregunta, y en cambio enumera todo lo que han compartido durante sus 25 años de matrimonio.
Pero Tevye insiste: “Pero… ¿me amas?”. Y entre miradas tímidas y empujones con los hombros, Golde finalmente admite que lo ama. Tevye, avergonzado, responde: “Y supongo que yo también te amo”.
Es muy fácil identificarse con esta escena tan tierna. Sospecho que muchas personas son como mi familia y tienen dificultades para decir esas palabras.
Mi padre era húngaro. Él señalaba con el tenedor las bandejas que había sobre la mesa y decía: “Come, come. Toma otra porción”. Esa era su manera de decir: “Te amo”.
Mi madre nació en Francia, pero no adoptó las desenfrenadas ideas románticas de los franceses. Su amor se medía en incontables actos de entrega como una madre judía. Sin embargo, en raras ocasiones se hundía en el sillón reclinable de terciopelo rojo del salón, cerraba los ojos y murmuraba al compás de La Vie en Rose de Edith Piaf. Nos sentábamos en nuestra sala de Brooklyn a mirar girar el disco de 45 revoluciones bajo la aguja del tocadiscos, mientras ella se transportaba a otro lugar. Le rogamos que nos enseñara algunas palabras en su hermoso y exótico idioma y ella nos enseñó canciones como Alouette, Gentille Alouette. Practicábamos decir “te amo” en francés, Je t’aime, frente al gran espejo ornamentado sobre el tocador de mis padres, junto con bonjour y ooh la la, sólo para saborear las palabras en la boca y fingir que éramos parisinos sofisticados y atrevidos.
Cuando mi madre preparaba alcachofas, lo llevábamos al máximo. Disfrutábamos, más que el sabor, el saber que ninguna de nuestras amigas tenía una madre que preparara ese plato. Nos colocábamos boinas invisibles en la cabeza, mojábamos suavemente los pétalos en aceite con el meñique levantado, decíamos la bendición boré pri haadamá y mordisqueábamos alrededor del corazón. Nuestra exótica verdura francesa tenía corazón. ¡Qué romántico! Luego practicábamos entre nosotros y estallábamos en carcajadas. Bon appétit. Ooh la la. ¡Je t’aime! Pero nunca lo decíamos cuando lo sentíamos de verdad.
Mi hermana, mi hermano y yo nacimos en los Estados Unidos, y las palabras “I love you” se nos atascaban en la garganta como el ptcha (gelatina de huesos de ternera) que mi madre preparaba para la cena de Shabat y que no nos atrevíamos a tragar. Mi padre se relamía al comer ese manjar europeo, y mi madre lo complacía preparando ese plato gelatinoso junto con todos sus favoritos: sopa de pollo y cholent. Esa era su forma de decir: “Te amo”.
Nos costaba expresar el amor en cualquier idioma. Aunque no podíamos pronunciar esas dos palabras, sin duda las sentíamos.
Mientras mi madre seguía con sus quehaceres en la cocina, mi padre nos decía lo sabroso que estaba la comida. Le pedíamos que se lo dijera a ella, y cuando volvía al comedor con otra fuente humeante y se volvía hacia él con expectativa, no le decía nada. Entonces lo empujábamos: “Papi quiere decirte algo”.
Él se sonrojaba como un niño en su primera cita y decía: “El ptcha…”, carraspeaba, “eh… me recuerda a Europa. Mi madre siempre preparaba esto en Europa”.
Esa era su forma de decir: “Te amo”.
Nos resultaba más fácil decir “te amo” haciendo tarjetas de cumpleaños con papel de colores o ramos de flores con papel de seda. O nos lanzábamos sobre nuestros padres, les rodeábamos el cuerpo con las piernas y escondíamos la cara en su cuello, demasiado tímidos para mirarlos a los ojos y decir lo que sentíamos. “Te amo” nos resultaba demasiado íntimo. Sonaba artificial. El inglés era nuestro idioma “fuera de casa”.
El cuarto idioma en nuestra casa era el hebreo. Rezábamos en hebreo bíblico, pero Ani ohev otaj (“te amo” en hebreo) no aparece citado en ningún lugar de la Biblia. Tal vez nuestros patriarcas y matriarcas lo susurraban en la privacidad de sus tiendas. De algún modo, usar la lengua sagrada para hablar de sentimientos no parecía apropiado, rozaba lo blasfemo. Ese idioma era sólo para hablar con Dios.
Finalmente, nuestro idioma “de casa” era el ídish. Ijh hob dir lib sonaba gutural y completamente mal. Además, nuestra familia hablaba ínglish, una mezcla de ídish e inglés. Si alguna vez nos hubiésemos atrevido a decirlo, probablemente habríamos dicho Ij love dir, lo cual suena todavía peor.
Nos costaba expresar el amor en cualquier idioma. Durante toda la semana, cada uno andaba en lo suyo, pero cuando llegaba el viernes por la noche, nuestro hogar se envolvía en paz. Nos reuníamos alrededor de la mesa para recibir a los ángeles del Shabat cantando “Shalom Aleiem”. Nos mirábamos con timidez a través de la mesa mientras cantábamos, con los ojos brillando a la luz de las velas que había encendido mamá. Anticipábamos el kidush de nuestro padre y la deliciosa comida sobre la mesa bellamente dispuesta. Estábamos juntos, y aunque no podíamos decir esas dos palabras, sin duda las sentíamos.
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He tenido un padre amoroso que me decía esas palabras, mi madre un poco menos expresiva y yo lo digo con la frecuencia que puedo viviendo cada día como si fuese el último. Muy hermoso texto. Mil gracias.
Bello , muy reflexivo …. Son solo 2 palabras que ahora podré decirlas con mas facilidad . Gracias