Estados Unidos cumple 250 años


3 min de lectura
Al amasar y trenzar jalá, reduzco el ritmo y vuelvo a conectarme con mi cuerpo, con mi fe y con mi pueblo.
Hay días en los que la vida parece ser demasiado. Las noticias pesan, el trabajo es implacable, el mundo se siente inestable y mi mente sufre.
Por eso es que casi todas las semanas regreso a una práctica que me ayuda a reconectarme conmigo misma: hacer jalá.
No comenzó como una práctica espiritual sino por necesidad. Como estudiante de posgrado en la Universidad, empecé a observar Shabat y quería jalá fresca, pero no la vendían en la zona. Así que aprendí a hacerla yo misma. Ahora vivo en una zona con panaderías kósher por todas partes, pero aun así sigo horneando jalá porque es mi ancla.
Hay un momento en el que el ruido en mi mente se aquieta. Ocurre cuando coloco la levadura fresca en un bol, vierto agua tibia y espolvoreo azúcar sobre la superficie. entonces la observo florecer.
En el pensamiento judío, el agua es un símbolo de la vida misma: fluye, se renueva, es esencial. Al ver cómo la levadura despierta en el agua, siento que también despierta algo dentro de mí. Suben diminutas burbujas, aparece un leve dulzor y algo en mí se ablanda.
La levadura no se apresura. Simplemente hace aquello para lo que fue creada, lenta, constante y silenciosamente. Al observarla, recuerdo que yo también puedo desacelerar y respirar.
En psicología hablamos de anclas somáticas. Son acciones físicas que nos devuelven a nuestro cuerpo cuando la mente se siente desbordada. Para mí, la jalá es un ancla somática judía. Me conecta con la realidad porque es física, rítmica y ritual.
Una vez que la masa se integra, amaso. Y luego amaso un poco más. Esta es la parte que es casi como una meditación.
Hay algo inspirador en presionar las manos sobre una masa que se convertirá en el pan que bendecimos en Shabat. El movimiento repetitivo (empujar, doblar, girar, golpear) se transforma en una meditación. Mi respiración se desacelera, los hombros se relajan y los pensamientos se aquietan.
En el pensamiento judío, la harina representa el esfuerzo y el sustento; el trabajo que ponemos y el alimento que surge de él. Amasar me recuerda que la resiliencia es algo que construimos con nuestras manos, con nuestras decisiones, con nuestras pequeñas acciones cotidianas.
Nuestros sabios enseñan que separar jalá es un momento de santidad en lo cotidiano. Cuando pellizco ese pequeño trozo de masa y digo la bendición, hago una pausa. Pido sanación, claridad, por alguien a quien amo. Me recuerda que puedo crear algo cálido, algo nutritivo, algo íntegro.
Trenzar la jalá es una metáfora de la interconexión.
Hay semanas en las que mi vida se siente como una sola hebra, estirada al límite, irregular, deshilachada en los bordes. Pero cuando trenzó la masa, recuerdo que la vida es más que aquello en lo que mi mente se fija en ese momento. Son muchas hebras entrelazadas: familia y amigos, fe y esperanza, trabajo y descanso, alegría y duelo. Por sí sola, cada hebra puede sentirse vulnerable. Cuando se trenzan juntas, se vuelven resistentes.
Las enseñanzas judías describen la trenza de la jalá como una representación de la unidad, el entretejido de lo físico y lo espiritual, de lo cotidiano y lo sagrado. Cuando trenzó mi jalá, siento esa fuerza en mis manos. Siento que vuelvo a integrarme.
En un mundo que nunca se detiene, Shabat parece casi radical. Hornear jalá es la puerta de entrada a esa pausa. Es el momento en que pasamos de hacer a ser, de esforzarnos a recibir, de correr a descansar.
Desde lo psicológico, los rituales crean seguridad. Le dan a nuestro sistema nervioso un ritmo predecible. Le dicen al cuerpo: ahora puedes exhalar. La vida judía está llena de estos ritmos, pero la jalá es el que le habla a mis manos, a mis sentidos, a mi mente.
Cuando la jalá entra al horno, la casa se llena de un aroma que da sensación de hogar y esperanza. Es el olor del Shabat acercándose; el olor de soltar, el olor que me conecta con lo atemporal mientras me devuelve al presente.
Hornear jalá no resuelve mis problemas, pero me devuelve a mí misma, a una sensación de arraigo que es más sólida que cualquier cosa que esté ocurriendo en ese momento.
Me recuerda que soy parte de un pueblo que ha hecho jalá durante generaciones, en la alegría y en el dolor, en la calma y en el caos.
Y quizá este sea el verdadero regalo de la jalá: un recordatorio semanal de que incluso en un mundo caótico, hay algo firme y significativo a lo que siempre podemos volver.
Nuestro newsletter está repleto de ideas interesantes y relevantes sobre historia judía, recetas judías, filosofía, actualidad, festividades y más.
que belleza de articulo, casi crei escuchar tu voz en el. Gracias porcompartirlo!!!
Interesante, descriptivo, sencillo y profundo a la vez... Maravilloso.