Por qué elijo seguir viviendo en Israel, incluso ahora

23/06/2025

3 min de lectura

Elijo Israel a pesar de todo, porque este es el epicentro del propósito, la conexión y la esperanza judía.

Al ver las noticias estos días, Israel puede parecer aterrador. Suenan las sirenas. Llueven misiles. Se pierden vidas inocentes. La guerra en Gaza parece interminable.

El aeropuerto está cerrado, bloqueado, clausurado.

Para muchos, el caos, el miedo y la incertidumbre parecen insoportables. Sin embargo, elegí y sigo eligiendo vivir aquí.

Nací y crecí en la íntima seguridad de la comunidad judía de Gibraltar. Un enclave tranquilo y unido donde todos se conocen, casi todos los judíos estamos emparentados de alguna forma, y la identidad judía es tan segura y natural como la brisa marina que llega desde el Mediterráneo y el Atlántico. Tenía una carrera, una red familiar y la comodidad del hogar.

Como solía cantar mi abuela en nuestro español coloquial: “No hay nada como mi buen Gibraltar”.

Aun así, a mis veintitantos, hice aliá.

Desde entonces, me han preguntado incontables veces: ¿Por qué dejar la seguridad de Gibraltar por la locura de Medio Oriente? Esa pregunta era común incluso antes de los horrores del 7 de octubre. Ahora, con la guerra con Irán acelerándose hacia un destino aún desconocido y la región temblando de incertidumbre, la pregunta se ha vuelto aún más urgente.

Pero mi respuesta sigue siendo la misma.

Sí, Gibraltar (tranquilo, seguro, familiar) puede parecer un paraíso comparado con la imprevisibilidad de la vida en Israel, pero el destino judío requiere que cambiemos de perspectiva.

Vivir en Israel durante la guerra no es locura, es un privilegio. No es una huida, es un regreso al hogar. No es miedo, es fe.

Somos un pueblo entrenado para tener una visión a largo plazo. No sólo los titulares de hoy, sino los titulares de la historia. Desde el Éxodo hasta los Templos, del exilio al retorno, desde las promesas de los profetas hasta los pogromos y el Holocausto. A la luz de todo eso, vivir en Israel no es locura, es un privilegio. No es una huida, es un regreso al hogar. No es miedo, es fe.

Como judíos, la emuná, la fe, está grabada en nuestro ADN nacional. Fe en Dios. Fe en nuestro retorno a nuestra antigua tierra. Fe en nuestra renovación como pueblo, con Jerusalem siempre en nuestro corazón.

Y con el nacimiento del Estado de Israel —y apenas 19 años después, el triunfo de la Guerra de los Seis Días— esa fe fue reivindicada. ¿Qué otra nación ha regresado a su tierra ancestral después de casi 2.000 años? Y qué regreso tan triunfal. Un desierto transformado en abundancia agrícola. Un pequeño país asediado emergiendo como líder global en tecnología, medicina y defensa.

Hay una fuerza interior profunda e inexplicable que me impulsa a casa, un anhelo que supera la lógica. No puedo ignorarlo. No quiero hacerlo. Todos los caminos conducen a Jerusalem. Todas las señales apuntan a la redención.

Permíteme ofrecer una metáfora.

Un diplomático puede elegir pasar su carrera en un consulado adormecido lejos de la acción, o puede servir en Whitehall, Londres o Washington D.C., en el centro neurálgico de los asuntos globales. La elección no se trata de comodidad. Se trata de propósito.

Y eso es lo que ofrece Israel. No facilidad, sino significado.

La vida aquí no es fácil. No pretenderé lo contrario. Hay peligro, sí. Incertidumbre, constantemente. Pero también hay propósito. Hay conexión. Hay un asiento en primera fila para la historia judía desarrollándose ante nuestros ojos. Lejos del antisemitismo que arde en todo el mundo, aquí estoy en casa, rodeado por mi extensa familia judía.

Nuestro propósito en la vida no es simplemente sobrevivir. Estamos aquí para conectarnos con Dios, no como una abstracción distante, sino como una presencia viva en nuestras vidas. Eso es lo que significa vivir en Jerusalem: ver a Dios no sólo recordado, sino revelado. No sólo estudiado, sino experimentado. Como escribe el salmista: “Bendito sea el Todopoderoso desde Sion, que mora en Jerusalem” (Salmos 35:21).

A pesar del miedo, a pesar de los misiles y de los titulares, levanto mis ojos al cielo no con desesperación, sino con gratitud.

Aquí, Lo vemos todos los días. En el coraje de nuestros soldados. En la unidad de nuestras comunidades. En la asombrosa realidad de que, a pesar de todo, seguimos aquí, desafiantes, florecientes e inquebrantables. Cuando llueven cientos de cohetes y las víctimas son milagrosamente pocas, no vemos sólo supervivencia. Vemos milagros.

Por eso, en la noche del Séder, cuando leemos la Hagadá y recordamos el viaje de nuestros antepasados desde Egipto, nuestras conversaciones cambian. No hablamos sólo de Moshé y el Faraón, hablamos de lo que vemos. De milagros en nuestro tiempo. De una redención que antes parecía lejana, pero que ahora se siente dolorosamente cercana.

Así que sí, a pesar del miedo, a pesar de los misiles y de los titulares, levanto mis ojos al cielo no con desesperación, sino con gratitud.

Porque no importa lo que vea el mundo, nosotros vemos algo más.

Vemos a Dios en acción.

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Jeny Fridman
Jeny Fridman
1 año hace

Excelente artículo!! Me identifico con el autor...toda mi vida la pasé en Latinoamérica y no sentía la conexión que siento actualmente que vivo en Israel. Está en mi ADN, lo vivo,lo siento mio y agradeceré siempre a Hashem haber experimentado este sentimiento.

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