Por qué no toco a los hombres

17/02/2026

4 min de lectura

El contacto físico es sagrado, y mi cuerpo es sagrado. Y las cosas sagradas deben reservarse para momentos sagrados.

Mi lenguaje del amor siempre ha sido el contacto físico. Siempre.

El calor de los brazos de mi madre cuando me protegía de los males del mundo. La seguridad de la mano de mi padre al cruzar calles transitadas.

El contacto significaba más que sólo afecto.

Significaba seguridad. Significaba pertenencia. Significaba que estaba en casa.

Y aún es así.

El roce de unos dedos sobre la piel puede ser algo pequeño; puede no significar nada. Puede ser profesional, útil o platónico.

El roce de unos dedos sobre la piel puede ser algo enorme; puede significar todo. Puede ser reconfortante, terapéutico o sensual.

Para la mayoría de las mujeres, es algo instintivo. Cuando un hombre extiende la mano para estrechar la tuya, lo miras a los ojos y extiendes la mano. Después de todo, así se crían los niños bien educados. Dar la mano no sólo es un acto de cortesía, es la base sobre la que se construyen todas las relaciones.

Dar la mano normalmente se ofrece sin pensarlo. Se acepta sin dudar. Pero en mi caso, hay una leve vacilación:

Porque yo no toco a los hombres.

Así que, por un instante, me quedo allí con incomodidad. ¿Extiendo simplemente la mano y termino con esto? ¿Le digo que soy alérgica al sexo opuesto? ¿O agarro mi falda, hago una ligera reverencia y digo: “Es un absoluto placer conocerlo, pero por motivos religiosos no toco a hombres”?

Sí, soy consciente incluso de algo tan pequeño como un apretón de manos.

Si tengo tiempo y confianza, explico que soy shomer neguiá (literalmente: observante del contacto físico). Que el contacto entre sexos está limitado a familiares o propósitos profesionales. Si tengo tiempo y confianza, explico que he desarrollado una sensibilidad extraordinaria hacia el contacto físico.

Sí, soy consciente incluso de algo tan pequeño como un apretón de manos.

Pero a veces, no tengo tiempo. Y a veces, no tengo la confianza necesaria.

Y sinceramente, a veces sólo quiero dejarme llevar por esa sensación de seguridad y pertenencia.

Por esa sensación de estar en casa.

Porque ser shomer neguiá es una de esas cosas que se vuelven más difícil con el tiempo. Es parte de ser humano. Vivimos en un mundo físico donde el contacto es un componente enorme tanto de la comunicación como de la conexión. Vivimos en un mundo físico donde el contacto es una gran parte del afecto.

Ya sea con compañeros de trabajo, intereses románticos o amistades, el contacto (o su ausencia) tiene un impacto en todas las relaciones.

Y antes (cuando era joven y tenía más energía) solía ser fácil.

Cuando decidí por primera vez ser shomer neguiá, estaba en décimo grado. Como muchas chicas de secundaria, solía tener problemas con los chicos. Pero en mi caso, el problema era su ausencia. Porque mi escuela era de niñas, no había ningún varón.

Vivía mi vida en una ignorancia feliz de lo que significaba intentar impresionar al sexo opuesto. Iba al colegio con colas de caballo desordenadas. Con camisas blancas manchadas. Con horrendas medias hasta la rodilla que se me caían una y otra vez. Y no me importaba.

Cantaba a todo pulmón. Bailaba como loca en los pasillos. Y era feliz. Porque no había absolutamente nadie a quien quisiera impresionar o seducir.

Pero la ausencia de varones y las normas sobre el trato con ellos me molestaban.

Mucho.

Porque, seamos honestos, era una adolescente.

Pero cumplía las normas. No tocaba a los chicos. No salía a escondidas por la noche para reunirme con ellos. Porque quería hacer lo que hacían quienes yo respetaba.

Pero quería hacerlo porque yo misma lo creía. Hacerlo porque me parecía hermoso. Hacerlo porque lo amaba.

Porque el judaísmo no es sólo el judaísmo de mis antepasados, es Mío.

Así que hice lo que mejor sé hacer: formular preguntas.

Fui de rabino en rabino, de rebetzin en rebetzin, de maestra en mentora, y repetí una y otra vez la misma pregunta: “¿Por qué debo ser shomer neguiá? ¿Qué tiene de malo que chicos y chicas se toquen?”

Un día, uno de mis rabinos soltó un suspiro rabínico y respondió:

“El motivo para ser shomer neguiá no es que el contacto sea muy malo. El motivo es que el contacto es muy bueno".

"Porque el contacto es sagrado”.

Y eso fue todo. Adopté la práctica de shomer neguiá.

Lo hice porque el contacto es mágico. Porque con cada contacto piel con piel, una ola de oxitocina inunda el cerebro generando una sensación de confianza y entrega como inducida por una droga.

Y yo quería sentir eso. Quería sensibilizarme a eso. Quería que mi cerebro liberara esas hormonas con el más mínimo aleteo de aire causado por la cercanía.

No quería tener que abrazar para sentir esa sensación de bienestar. Quería reservarlo.

Adopté la práctica de shomer neguiá porque con shomer, ni siquiera necesitas tocar para sentir chispas. Porque hay algo delicioso en contenerse cuando quieres estar más que cerca.

Lo hice porque soy una romántica. Porque amo a Jane Austen, Edmond Dantès y El Principito. Romances llenos de curiosidad, límites, reverencias, frases ingeniosas y una lenta escalada emocional.

Decidí ser shomer neguiá porque quería que mi primer apretón de manos, mi primer beso, fuera con alguien que valiera la pena.

Lo hice porque el contacto es sagrado. Porque mi cuerpo es sagrado. Y las cosas sagradas deben reservarse para momentos sagrados.

Porque las cosas sagradas deben ser protegidas.

Me he sensibilizado al punto de que pido disculpas si mi brazo roza a alguien. Si estiro la mano para levantar una botella de agua al mismo tiempo que otra persona, soy consciente del calor de su mano.

Lo hago porque creo en esto. Lo hago porque me parece hermoso.

¿Y sabes qué? Antes era fácil. Pero a medida que avanzo en la vida, se hace más difícil. Se vuelve un poco más incómodo. Profesionalmente. Emocionalmente. Socialmente.

Dudo un poco más cuando alguien extiende su mano.

Porque, seamos honestos, soy una chica de casi 25 años.

Pero me recuerdo a mí misma: lo hago porque creo en ello. Lo hago porque me parece hermoso.

Y sin importar cuál sea tu nivel de comodidad actual con el contacto, un poco de contención y aprecio sólo puede enriquecer tus relaciones.

Tu contacto debe ser valorado.

Porque tu contacto... es sagrado.


Este artículo es una versión modificada de un artículo que apareció en Hevria.com.

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Miriam
Miriam
4 meses hace

Amé tu texto. Me encanta la forma en la que me recordás con orgullo lo valiosos que son los preceptos. No importa si hay que explicar mil cosas. Yo me siento especial cuando los cumplo a raja tabla. Y me psiquis está perfecta y cuando interactúo con el mundo gentil no lo entiendo nada y me salgo de mí eje. Es como si fueran de Marte. Es maravilloso tu texto. Nos hace sentir claramente lo valioso de ser una mujer observante. Gracias 🫂

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