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En una época de inestabilidad, elegimos Israel. No como escape, sino como hogar.
Mi esposa y yo, junto con nuestros cuatro hijos, nos mudamos recientemente a Israel. ¿Por qué ahora, justo en este momento?
Los últimos dos años han estado marcados por una agitación implacable: el horrible ataque del 7 de octubre; miles de israelíes llamados a luchar contra terroristas en Gaza; cohetes de Hezbolá lloviendo en el norte; protestas masivas exigiendo el regreso de los rehenes; misiles lanzados desde Yemen por los hutíes; e incluso guerra abierta con Irán. La mayoría vería esto como una razón para mantenerse muy lejos. Sin embargo, tomamos a nuestra familia y dejamos atrás Nueva Jersey para vivir en la Tierra Santa.
¿Por qué?
No fue por miedo a vivir en los Estados Unidos. Sí, la situación allí es profundamente preocupante. Los judíos se sienten vulnerables, abandonados por muchos y ansiosos por lo que pueda venir. En julio, mi hermano estaba en su trabajo en Blackstone cuando dos mujeres judías fueron asesinadas a tiros en Manhattan. Nuestra sinagoga en Nueva Jersey ha añadido seguridad extra. El antisemitismo se siente dolorosamente cercano a casa.
Pero nuestra mudanza a Israel no fue un escape. Fue una elección para ser parte de algo más grande.
Estas son las tres razones principales por las que hicimos aliá.
El pueblo judío siempre ha estado unido a la Tierra de Israel. Desde el momento en que nuestro primer ancestro, Abraham, fue llamado a dejar su lugar de nacimiento y viajar aquí, Israel ha estado en el centro de nuestro destino. Todos conocemos la historia del Éxodo de Egipto, pero a menudo olvidamos el propósito mismo de esa libertad: entrar en la Tierra de Israel.

Desde David derrotando a Goliat hasta los macabeos venciendo a los griegos, la historia judía siempre se ha desarrollado en esta tierra. Incluso después del exilio, el sueño nunca se desvaneció. Durante siglos, los judíos de todo el mundo miran hacia Jerusalem en sus plegarias, anhelando el regreso. “El próximo año en Jerusalem”, declaramos cada Pésaj, aferrándonos a esa esperanza.
Luego, contra todo pronóstico, después de 2.000 años, el pueblo judío regresó. Un milagro que desafió las reglas de la historia, pues ninguna nación ha vuelto jamás a su tierra natal tras un lapso similar. Hoy, vivimos en la continuación de esa historia, reconstruyendo la vida judía en la tierra de los judíos.
Nuestra familia anhela ser parte de esa historia; la historia en el corazón mismo de nuestra identidad judía.
Me encantaba vivir en los Estados Unidos. Es un gran país, construido sobre ideales de libertad, igualdad, justicia, diversidad y responsabilidad; valores que son nobles e inspiradores.
Pero como judío en los Estados Unidos, siempre fui parte de una minoría. Aunque Estados Unidos protege los derechos de las minorías y nunca me sentí perseguido ni excluido, lo sabía: no era mi país. Era un invitado en la casa de otro.
Esa ha sido la condición judía durante 2.000 años de exilio: vivir como invitados. A veces bienvenidos, a menudo menos. Pero siempre invitados.
En Israel, todo cambia. Aquí, estamos en casa. Este es mi país. La semana pasada entré en una tienda y me comuniqué como pude en hebreo con el hombre del mostrador. Como nuevo inmigrante, disculpé mi torpe hebreo explicando que mi familia y yo acabábamos de llegar. Su rostro se iluminó con una amplia sonrisa mientras exclamaba: “¡Baruj Habá!”—¡Bienvenido a casa!
Ese momento lo captó todo para mí. Sí, puede que aún caigan misiles, pero estoy en casa, donde debo estar, con mis hermanos y hermanas.
El judaísmo nos llama a vivir espiritualmente. Aunque debemos relacionarnos con el mundo físico, nuestra meta última es elevarnos y vivir como almas. Israel es en especial un lugar de intensa espiritualidad.
Recuerdo que hace años, cuando estudiaba en Aish en Jerusalem, regresé a casa para visitar a la familia. Un amigo, preocupado por el conflicto entre judíos y árabes, comentó: “¡Solo están peleando por rocas y tierra!” En un nivel, es cierto: Israel está lleno de rocas y tierra. Pero aquí, incluso las rocas y la tierra están impregnadas de santidad y cargadas de significado espiritual.
A sólo 100 metros de nuestro nuevo apartamento hay un pequeño parque. Mientras veía jugar a mis hijos poco después de llegar, noté en una esquina lo que parecía ser un sitio de excavación. Un cartel explicaba que eran restos de un lagar, una prensa de aceitunas de hace 2.000 años; los mismos lagares que producían el aceite usado en el Templo de Jerusalem y para encender las menorás en todo Israel tras su destrucción.
Pero no son sólo las piedras. La espiritualidad llena el aire en Israel. La sirena que suena en toda la ciudad los viernes por la tarde, anunciando la llegada de Shabat. Los shofarot que resuenan temprano cada mañana mientras las comunidades se preparan para Rosh Hashaná. Aquí, el judaísmo no es algo que se practica de forma secundaria. Está tejido en el propio ritmo de la vida.

En la escuela estudiamos historia, pero no estoy seguro de haber sentido, al crecer, que realmente formaba parte de ella. Sin embargo, aquí en Israel, toda la mirada del mundo está puesta en esta diminuta tierra, no más grande que Nueva Jersey. Es asombroso cuánto interés despierta, ya sea en los medios de comunicación, la academia, la política, las redes sociales, las organizaciones internacionales o incluso en las artes.
El volumen mismo de editoriales, protestas, videos de YouTube, debates políticos y declaraciones públicas dedicadas a Israel es desproporcionado respecto a su tamaño o influencia aparente. Sin embargo, el mundo observa, de cerca, sin descanso.
No quiero seguir siendo un espectador. Quiero ser parte de la historia.
Una de las primeras cosas que comprendí tras llegar a Israel es lo profundo que la gente siente que todos estamos juntos en esto. Este es nuestro hogar, donde somos una familia, siempre cuidándonos mutuamente.
A los pocos días de llegar, alguien golpeó nuestra puerta a mitad del día. Estaba en casa con mi hija de 14 años (la escuela aún no había comenzado), mientras mi esposa estaba en el parque con nuestros hijos de 11 y 8 años. En la puerta estaban nuestra vecina y su hijo. “Sólo quiero avisarles, que es posible que en cualquier momento suene una sirena”, dijo. En el mismo momento en que terminó la frase, la sirena aulló en todo Beit Shemesh y más allá. Un misil lanzado desde Yemen.
Nuestra vecina sabía que aún no teníamos la aplicación que alerta a los israelíes segundos antes de una sirena, así que su primer instinto fue advertir a la nueva familia de Nueva Jersey.
Corrimos a nuestra habitación segura y llamé a mi esposa. Ella y los niños habían encontrado rápidamente refugio en el parque. Afortunadamente, el misil fue interceptado antes de entrar en el espacio aéreo israelí y todos estábamos a salvo. Mis hijos lo tomaron con calma. Pero lo que más me quedó grabado fue ese golpe en la puerta. Ella recibió una advertencia temprana y su primer pensamiento fue llamar a la puerta de la familia de Nueva Jersey. Ese acto consciente de cuidado habló por sí mismo: ahora son parte de nosotros. En todos los sentidos, fue un momento de “Bienvenidos a Israel”.
Habiendo vivido en Estados Unidos durante décadas, siempre respeté a quienes alentaban a otros a hacer aliá, pero también sentía que no era correcto presionar a la gente. Cada circunstancia es diferente. Aún lo creo. Me siento bendecido de haber traído a mi familia aquí, dándoles a mis hijos el regalo de experimentar la vida en este lugar extraordinario. No todos pueden hacerlo ahora, y está bien. Pero eso no debería disminuir la verdad que todos debemos reconocer: Israel es un lugar muy especial.
Por supuesto, enfrentamos frustraciones: luchar con el hebreo, adaptarnos a peculiaridades culturales, conductores impacientes, nuevas escuelas o extraños que ofrecen consejos no solicitados en el autobús. Pero esos desafíos palidecen frente a la alegría abrumadora de finalmente estar en casa.
Nuestro newsletter está repleto de ideas interesantes y relevantes sobre historia judía, recetas judías, filosofía, actualidad, festividades y más.
¡¡Por fin en casa!! No hay nada mejor que estar en el hogar. Esto lo dice mi hijo que vive en Jerusalem. Sean bienvenidos ustedes también.
Que inmensa alegria, Mazal Tov.
Mazal Tov! BzH, algún día tenga el zejut 🙂