Mamdani y las publicaciones de su esposa en favor de Hamás


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Sucot es una festividad para regocijarse. ¿No hay algo forzado y antinatural en elegir un momento y decir: “Ahora regocijémonos”?
Vesamajta bejagueja, “y te alegrarás en tus festividades” — es una mitzvá que se aplica a las tres festividades de peregrinación. De las tres, podemos encontrar motivo para una celebración alegre en Pésaj y Shavuot, ya que ambas marcan eventos que fueron centrales para la emergencia y la existencia continua de Israel como pueblo: la salida de Egipto y la entrega de la Torá.
En Sucot, sin embargo, no ocurrió un evento monumental de esta clase. Sin embargo, se nos ordena regocijarnos por el simple hecho de la alegría; y más aún, esta es la única festividad descrita como “el tiempo de nuestra alegría”.
¿Cómo se alcanza esta felicidad? ¿Qué la inspira? ¿No hay algo forzado y antinatural en elegir un momento y decir: “Ahora regocijémonos”?
El idioma hebreo no es rico en sinónimos, pero tiene 10 palabras para describir la felicidad.
El Malbim explica que simjá, “felicidad”, se distingue de los otros términos que expresan esta idea, en que la simjá es constante, a diferencia de guila, por ejemplo, que denota un estallido súbito de alegría. El Gaón de Vilna explica además que simjá es el estado interno de felicidad, más que su expresión exterior.
El Rebe de Kotzk solía decir: “Una de las tres cosas que uno debería aprender a emular del comportamiento de un niño es que un niño siempre es feliz”.
¿Por qué es así?
El Maharal explica que simjá describe la emoción que se siente cuando uno está completo y no le falta nada, mientras que sasón es la alegría momentánea que se experimenta al obtener algo o alcanzar algún tipo de renovación. Antes de que la vida de un niño se vea nublada por dudas, antes de que se frustre por impulsos y ambiciones insatisfechas, él siempre es feliz, porque no le falta nada. Pero este estado no nos ofrece un ideal a alcanzar. Estar sin impulsos ni ambiciones es permanecer siendo un niño toda la vida.
Entonces, ¿cómo se alcanza la felicidad mientras se participa en las vicisitudes de la vida? La vida está llena de necesidades y desafíos que, por su propia naturaleza, crean vacíos que deben llenarse.
La fuente de la felicidad descrita como simjá reside en aumentar la conciencia de Dios y Su providencia, pues con esta conciencia uno se siente más completo. Una persona está aquejada de deficiencias y frustraciones sólo porque se considera una entidad separada, desvinculada de Dios. Entonces sus deficiencias son realmente deficiencias, y sentir que le falta algo es una verdadera indicación de que carece genuinamente de un aspecto esencial de su vida. Así, etzev — “desesperación” — es sinónimo de idolatría (Salmos 115:4), pues su origen es el alejamiento de Dios.
No es así con la persona cuya vida está impregnada de fe y una conciencia aguda de Dios. Alguien que reconoce que las dificultades y problemas que encuentra no ocurren por casualidad, sino que forman parte de un plan Divino diseñado para su beneficio, está sameaj bejelkó, “contento con su suerte” o "satisfecho con su poricón". Esto no implica la resignación pasiva del simplista, sino el producto final lleno de alegría del reconocimiento de Dios y Sus profundos caminos.
Dicen nuestros Sabios que no hay alegría como la resolución de la duda. Y no hay certeza más que la que resulta de atar el destino propio a Dios. Esto, a su vez, es la clave de uno de los principios del jasidismo expresado por Rabí Najmán de Breslov: “Es una gran mitzvá estar siempre en un estado de simjá”.
La alegría de la vida se alcanza percibiendo el propio lugar en el mundo a la luz al final del túnel, la luz que emana de la conciencia de Dios.
Esto no se refiere a deshacerse de las ansiedades (a través del Valium) para sobrellevar mejor la vida. Sino a un objetivo espiritual último en el ascenso constante en emuná y avodá, “fe y servicio Divino”.
¿Cuándo nace la desazón? Dos eventos producen una ocultación de la presencia de Dios y, por lo tanto, traen confusión e infelicidad. Uno de ellos son los pecados que comete el individuo, que crean un velo entre él y su Creador (ver Isaías 59:2). Este alejamiento de Dios produce desesperación.
Además, hubo un evento histórico específico produjo un ocultamiento Divino general: cuando Adam comió del Árbol del Conocimiento. La palabra etzev, “desesperación”, se usa por primera vez en la Torá respecto a este suceso. La muerte, el padre de todo sufrimiento, fue introducida al mundo ese día. Hasta que pecó, Adam había disfrutado del estado de alegría constante en el Jardín del Edén.
El cambio radical de la conciencia alegre de Dios a la ocultación Divina y el dolor tuvo ramificaciones también en la naturaleza. Hasta el pecado de Adam, los árboles producían fruto rápidamente y sin fallas, y las mujeres podían dar a luz sin dolor. Tal como la palabra de Dios producía un árbol sin esfuerzo y sin fallas, así el árbol producía fruto. La naturaleza en su conjunto funcionaba de esta manera.
Después del pecado de Adam, la palabra de Dios en la creación se volvió opaca, y la naturaleza se percibió como un sistema independiente y autónomo, separado de su fuente: de la palabra de Dios que lo animaba. Desde entonces, la humanidad ha debido laborar para obtener los frutos de la naturaleza.
A menudo, la naturaleza responde negativamente y produce espinas y abrojos en lugar de fruto. Cuando llega el éxito, parece atribuible al control humano de los elementos, en lugar de la providencia Divina. Sin embargo, la verdadera tarea del ser humano es trabajar para domesticar la naturaleza, mientras descubre la palabra de Dios en ella.
Las tres festividades de peregrinación marcan períodos de tiempo destinados a restaurar la alegría y la conciencia de Dios en el mundo.
Mientras el Santo Templo estaba en pie, se nos ordenaba “venir, ver y ser vistos ante Dios”. Esto implicaba acudir a Jerusalem, “la fuente de alegría para todo el mundo” (Salmos 48:3). Este era el lugar geográfico donde, más que en cualquier otro, se tenía una intensa conciencia de la presencia de Dios.
Del mismo modo, estos días sagrados, siguiendo el ciclo agrícola, ofrecían oportunidades para compensar el pecado de Adam y reconectar a la humanidad con Dios a través de la naturaleza.
Pésaj, la festividad de la primavera, era cuando se llevaba la ofrenda de cebada. Shavuot era el momento de llevar la ofrenda de los Primeros Frutos. Y Sucot, la festividad de la cosecha, marca el momento en que, en el punto álgido de la abundancia, el hombre se declara mero inquilino del mundo de Dios, refugiándose en la sucá techada con desechos de la cosecha. En lugar de un velo que oscurece, el flujo natural de las estaciones se convierte en un vehículo de contacto con Dios.
Por lo tanto, Sucot contiene un elemento doble de alegría y conciencia Divina. Primero, concluye el proceso de rectificación del daño causado por Adam, eliminando el ocultamiento Divino general mediante la aparición ante Dios en un día sagrado. Segundo, Sucot marca el final de la temporada de arrepentimiento, cuando el individuo es limpiado de sus propios pecados en Iom Kipur.
La celebración especial cuando se vierte agua en la pila de vino del altar expresa esta doble alegría. En medio del canto y el regocijo, la celebración de Simjat Beit Hashoevá alcanza un pico inigualable a lo largo del año.
En general, todas las ofrendas reflejan cierto grado de ocultamiento Divino. Tomamos un objeto que aparentemente nos pertenece y lo ofrecemos como un “regalo” a Dios. La quema de la ofrenda demuestra que la envoltura material de la materia se desintegra, y la esencia espiritual asciende.
Si comprendiéramos en plenitud que “la tierra y todo lo que contiene es de Hashem” (Salmos 24:1), que todo lo material existe completamente por la palabra de Dios, entonces no sería necesario demostrar la espiritualidad inherente a toda la creación mediante ofrendas.
En Sucot, consumamos la rectificación del ocultamiento Divino que impregna nuestra existencia, y extraemos agua, el elemento básico de la vida, de un manantial. La vertemos sobre el altar, donde fluye directamente de regreso al mismo manantial de donde fue tomada. Al hacerlo, evitamos el laborioso proceso de usar el agua para cultivar cosechas o alimentar animales, que a su vez son consumidos por el fuego en el altar, para devolverlos a su esencia.
Rav Itzjak Hutner (siglo XX, Estados Unidos) lo resumió sucintamente: “Tomamos del manantial y vertemos de regreso al manantial. Un flujo continuo, sin interrupción en medio”.
Esta conexión directa con lo Divino es la alegría más profunda que podemos llegar a imaginar.
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