Mamdani y las publicaciones de su esposa en favor de Hamás


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Ninguna otra nación necesita una etiqueta especial para creer que tiene derecho a existir.
El escritor y pensador Coleman Hughes planteó recientemente una pregunta reflexiva a su invitado en su pódcast Conversations with Coleman.
"¿Por qué sigue usándose la palabra 'sionista'?", preguntó.
Hughes, partidario de Israel, explicó por qué el uso del término le resulta desconcertante:
“La palabra ‘sionista’ significaba algo muy específico entre 1880 y 1948: se refería a alguien que quería establecer un estado judío en algún lugar de la Palestina histórica", dijo. “Habría entendido perfectamente lo que querías decir si te hubieras llamado sionista en 1880, 1920 o 1946. Pero una vez que el estado existe, con casi 80 años de vida y reconocido por las Naciones Unidas, ¿por qué sigue siendo necesario un término para una persona que cree que debería seguir existiendo o tener derecho a defenderse?”
Hoy en día, la palabra “sionista” parece servir principalmente a los enemigos de Israel, permitiéndoles presentar al estado judío como algo provisional o ilegítimo.
Hughes observó que si Australia fuera atacada por enemigos decididos a destruirla, él la apoyaría sin dudarlo, sin embargo nadie considera necesario inventar una etiqueta para esa postura. Él sugirió que en la práctica, el término “sionista” parece servir sobre todo a los enemigos de Israel, permitiéndoles retratarlo como algo provisional o ilegítimo. La palabra se ha convertido “en un insulto más que en un término con significado”, le dijo a su invitado. “Por eso no me identifico con la palabra ‘sionista’. En realidad, no sé qué significa”.
Soy admirador de Hughes. En el 2024 escribí sobre su excelente libro debut, The End of Race Politics. Para ser honesto, nunca me había planteado esta pregunta. Pero una vez formulada, es fácil entender por qué puede generar la misma perplejidad en muchas personas que instintivamente simpatizan con Israel y que, por lo tanto, se sienten desconcertadas por la persistencia de un término que con tanta frecuencia parece causar más daño que beneficio.
Así es como yo respondería a la pregunta.
Es cierto que en la mayoría de los casos, los nombres de los movimientos políticos se desvanecen una vez alcanzado su objetivo central. Los “abolicionistas” no siguieron siendo una categoría política viva después de que se aboliera la esclavitud. Tampoco el Risorgimento (el movimiento para unificar la península italiana en una sola nación) siguió vigente una vez establecido el Reino de Italia. Siguiendo esta lógica, el término “sionismo” debería haberse vuelto meramente histórico después de 1948.
Entonces, ¿por qué no ocurrió así? Se pueden señalar cuatro razones.
En primer lugar, el sionismo surgió para resolver un problema que no terminó cuando se declaró el estado judío.
La mayoría de las luchas por la creación de un estado nacional, incluso aquellas que enfrentan una fuerte oposición, suelen resolverse en una aceptación pacífica una vez que la nación se consolida. ¿Quién sigue hoy luchando por revertir la soberanía de Bangladés o Bosnia? El sionismo es inusual porque Israel nació bajo asedio inmediato y nunca ha gozado de la legitimidad asumida y automática que se concedió a casi todos los demás países.
El sionismo es inusual porque Israel nació bajo asedio inmediato y nunca ha gozado de la legitimidad asumida y automática que se concedió a casi todos los demás países.
Desde su primer día, estados poderosos y movimientos influyentes se han opuesto implacablemente no solo a las políticas del estado judío, sino a su propio derecho a existir. Eso convierte el apoyo a la supervivencia continua de Israel no en algo banal y evidente sino en una postura moral y política disputada. Casi ocho décadas después del nacimiento de Israel, el derecho de los judíos a un estado soberano sigue siendo tratado como algo singularmente sospechoso, incluso en las Naciones Unidas, que admitieron a Israel como miembro.
Por lo tanto, hoy la etiqueta “sionista” funciona menos como la descripción de un proyecto político que como un marcador dentro de un debate moral: ¿tienen o no derecho los judíos a la soberanía en su patria histórica?
Una segunda razón para la vigencia del término “sionista” es que el estado judío moderno no es simplemente otra creación poscolonial. Representa algo sin precedentes en la historia política: el regreso de un pueblo indígena a su tierra ancestral tras casi dos milenios de exilio, una diáspora durante la cual la identidad judía, su lengua, su ley y su memoria se conservaron con una tenacidad extraordinaria. La restauración del autogobierno judío no cerró un capítulo; más bien reanudó uno que había sido interrumpido violentamente.
Esa reanudación sigue siendo, incluso hoy, motivo de asombro.
La restauración del autogobierno judío no cerró un capítulo; más bien reanudó uno que había sido interrumpido violentamente. Esa reanudación sigue siendo, incluso hoy, motivo de asombro.
“En el último medio siglo han surgido más de 100 estados independientes completamente nuevos”, escribió el historiador Paul Johnson en 1998. “Israel es el único cuya creación puede calificarse con justicia como un milagro”.
Al hablar en el Parlamento en 1949, Winston Churchill describió el renacimiento moderno de Israel como “un acontecimiento de la historia mundial que debe contemplarse en la perspectiva… de mil, dos mil o incluso tres mil años”. Una y otra vez, Churchill se definió a sí mismo como sionista, sin cuestionar nunca la vigencia del término años después de 1948. “Soy sionista, quiero que eso quede claro”, dijo a los periodistas en 1954, elogiando la restauración del estado judío como “algo verdaderamente maravilloso”.
Para Churchill, como para millones de otros que se autodenominaron sionistas, la palabra no solo significaba oponerse a la eliminación de Israel, sino también gratitud, asombro y apego a esa renovación improbable.
Esto conduce a una tercera razón para la vitalidad continua del “sionismo”. La palabra expresa algo más que el simple reconocimiento de la legitimidad de Israel; es un término de afirmación. Una persona puede apoyar firmemente el derecho de Israel a defenderse de enemigos militares, diplomáticos o intelectuales sin sentir una conexión emocional o histórica particular con lo que representa el estado judío moderno.
El sionismo da nombre a esa conexión: al sentimiento de que la restauración de la soberanía judía no solo fue justificada, sino trascendental. Para quienes adoptan el término con naturalidad, este transmite su vínculo con un logro que transformó la historia judía y alteró el panorama moral del mundo moderno.
En definitiva, Hughes tiene razón al señalar que “sionista” se ha convertido en un insulto en muchos ámbitos. Pero esa instrumentalización es precisamente la razón por la que los partidarios de Israel se niegan a abandonar el término. Renunciar a él sería conceder que la autodeterminación nacional judía es singularmente problemática, que —a diferencia de todos los demás pueblos del mundo— los judíos necesitan una etiqueta ideológica especial para justificar su soberanía. El hecho de que los enemigos de Israel hayan convertido “sionista” en un epíteto no es motivo para retirar la palabra, sino para recuperarla.
Para muchos que emplean “sionista” como insulto, el término es simplemente un disfemismo de “judío”: una manera de expresar animadversión antisemita manteniendo una apariencia de respetabilidad política. Como observó Martin Luther King Jr. durante una visita a Boston en 1967: “Cuando la gente critica a los sionistas, se refiere a los judíos. Eso es antisemitismo”. La sustitución se ha vuelto tan automática que hoy “sionista” cumple la misma función que antes cumplían términos como “cosmopolita”, “élite sin raíces” o “globalista”, permitiendo que el prejuicio se disfrace de crítica política.
“Sionista” nombra un compromiso continuo con la defensa de un estado cuyo derecho a existir sigue siendo cuestionado, honra el milagro histórico del regreso de un pueblo a la soberanía tras dos milenios de exilio y expresa gratitud por un logro que transformó la historia judía.
Por encima de todo, sin embargo, la palabra perdura por lo que afirma. “Sionista” nombra un compromiso continuo con la defensa de un estado cuyo derecho a existir sigue siendo cuestionado, honra el milagro histórico del regreso de un pueblo a la soberanía tras dos milenios de exilio y expresa gratitud por un logro que transformó la historia judía. Quienes abrazan el término lo hacen no porque los enemigos los hayan provocado a ponerse a la defensiva, sino porque “sionista” captura algo que consideran digno de celebración. Abandonarlo frente a la burla sería conceder que la autodeterminación nacional judía es, efectivamente, sospechosa, y que requiere —de manera única entre los pueblos del mundo— una postura de justificación apologética en lugar de una afirmación directa.
El desconcierto de Hughes es comprensible. En un mundo justo, “sionista” realmente sería un término obsoleto, tan innecesario como una palabra para “alguien que apoya el derecho de Australia a existir”. La persistencia del término es un síntoma. No perdura por el paso del tiempo, sino por lo que aún no ha pasado: la negativa, en demasiados ámbitos, a conceder al pueblo judío lo que se concede de manera natural a todos los demás.
La palabra desaparecerá cuando la aceptación que describe sea finalmente universal. Hasta entonces, nombra algo que todavía necesita ser nombrado: una postura que debería ser normal, pero que, casi 80 años después, sigue siendo intensamente disputada.
Este artículo de opinión apareció originalmente en “Arguable”, un boletín semanal escrito por el columnista del Boston Globe Jeff Jacoby.
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