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¿Por qué todo el mundo cree en el libre albedrío?

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14/07/2022 | por Rav Jeremy Kagan

Si el libre albedrío no existe, entonces no hay una verdad o una moral que tenga sentido. Por esa razón, bien adentro, todos creemos en él.

Tratar de probar lógicamente si existe el libre albedrío no sirve de mucho. Los argumentos lógicos en temas como este nunca son convincentes, porque se apoyan en asunciones (las premisas del argumento) que aceptamos o rechazamos dependiendo de la respuesta que deseamos antes de comenzar a discutir. Y, de todos modos, las pruebas lógicas nos parecen algo completamente ajeno a nuestro ser. Una pregunta como la existencia del libre albedrío tiene implicancias profundas en la naturaleza y el significado de nuestro ser. Las conclusiones sólo son relevantes si, bien dentro nuestro, nos parecen aceptables. Entonces, en lugar de tratar de probar la existencia del libre albedrío, es más útil explorar las asunciones que nos llevan a presumir un lado u otro del argumento y las implicancias que cada una de ellas conllevaría.

Pero, en primer lugar, ¿qué es el libre albedrío?

¿Qué significa tener libre albedrío?

Tener libre albedrío significa que podemos realizar elecciones que no están completamente determinadas por nuestros genes, historia y circunstancias que, si bien pueden ser influenciadas por múltiples factores, al final de cuentas podemos ser los originadores e iniciadores irrestrictos de nuestra elección.

El libre albedrío sólo es posible en una elección que tenga alguna implicancia moral. Las elecciones entre deseos egoístas, como qué sabor de pastel comer de postre, se deciden midiendo qué opción se siente más tentadora en el momento, por lo que el resultado es determinado por factores preexistentes en lugar de mi elección creativa.

Cuando una elección tiene una dimensión moral, se sopesan dos cosas incomparables: altruismo vs. egoísmo. En esa situación, la decisión no se basa en una medida matemática, sino en una evaluación de valores. ¿Qué es más importante para mí, una vida más elevada o mis valores egoístas? Hay circunstancias en las que o el deseo egoísta o la motivación altruista son tan fuertes la decisión no es una elección, pero hay un rango en el que están equilibradas y puedo hacer una elección.

El libre albedrío en el mundo real

En el mundo real, las decisiones casi nunca son tan claras y desentrañar los aspectos de egoísmo y altruismo representan buena parte del desafío. Cuando uno está en un restaurante y enfrenta la decisión de pedir egoístamente una segunda porción de postre o dar ese dinero a caridad, los dos lados de la decisión son claros. Puede que la primera porción de postre sea una expectativa inconquistable, pero, ¿la segunda también? Quizás a ella podría renunciar.

Ahora, ¿qué ocurre cuando se decide entre vivir en el centro de la ciudad cerca del trabajo y mudarse a una casa más grande en la periferia? Quizás, personalmente, uno preferiría la comodidad de un hogar más grande (egoísmo) a pesar de que involucre traslados más largos al trabajo (anti egoísmo) y, entonces, menos tiempo para dedicarles a los niños (egoísmo). Sin embargo, los niños también se beneficiarían de tener más espacio (anti egoísmo), y tener un jardín y árboles alrededor me permitiría más tranquilidad mental y les daría a los más momentos de calidad (anti egoísmo). ¿Cuál es la opción altruista, o la más altruista?

Hay incluso situaciones en las que la opción egoísta está apoyada por el altruismo, como cuando necesito algo para mi bienestar sicológico o mi supervivencia. Después de todo, no hay idealismo en morir por dentro mientas se realizan actos de bondad de forma robótica. Entonces, decidir puede ser muy difícil. Sin embargo, al final, el punto de elección se encuentra en la oposición del verdadero altruismo con el verdadero egoísmo.

La verdadera individualidad

Si queremos desenmascarar aún más las opciones, la cuestión pasa por la forma en que nos definimos a nosotros mismos: ¿soy un agente de bondad o una entidad egoísta? Con cada elección moral nos definimos un poco más. De hecho, es sólo a través de estas elecciones que nos definimos a nosotros mismos en lugar de desenvolvernos de forma predeterminada. Esto revela una dimensión más profunda del tema del libre albedrío: sólo a través de las decisiones que involucran nuestro libre albedrío alcanzamos la verdadera individualidad, convirtiéndonos en una persona resultante de sus propias elecciones creativas. Este ser es determinado por nosotros mismos.

Cuando no elegimos, cuando no creamos o iniciamos una acción, sino que actuamos de forma automática ante las circunstancias y la historia personal, nuestro "yo" no se actualiza. Somos como una bola en un pinball que rebota entre todo lo que nos azota en la vida. Cuando me elevo por sobre la batalla y realmente elijo, cuando actúo porque me defino a mí mismo como un agente de bien, quien soy en ese momento viene de mí y no es meramente consecuencia de circunstancias externas a mi propio ser. Yo, por así decir, me creo a mí mismo.

Unsplash.com, Nicolas Gras

Si no tenemos libre albedrío, toda impresión de identidad es ilusoria, porque somos determinados por fuerzas externas a nuestra individualidad. Si ese es el caso, nuestra vida no puede considerarse significativa, porque estamos preprogramados y no se nos puede atribuir ni mérito ni culpa por nada.

Casi todas las personas sienten que hacen elecciones. Y, si tú no sientes que las hagas, no significa que el resto de la humanidad no tenga libre albedrío, porque el libre albedrío es una capacidad humana que debe desarrollarse. Nuestra naturaleza está predeterminada, no la creamos nosotros; al elegir, vamos en contra de la naturaleza. El contexto físico en el que vivimos genera una "corriente" de la que es difícil salir, por lo que, para ir en contra de ella, o elegir, se necesita un gran esfuerzo. Si no desarrollamos el músculo que nos brinda la capacidad para ir en contra de la corriente, nunca desarrollamos una identidad propia. En este aspecto, una persona puede tranquilamente vivir toda la vida y jamás existir.

Uno de los defectos de nuestro contexto cultural actual es que no se nos entrena para usar el músculo de elegir, sino a dar valor y credibilidad a la corriente.

Uno de los defectos de nuestro contexto cultural actual es que no se nos entrena para usar el músculo de elegir, sino a dar valor y credibilidad a la corriente.

Nuestra conclusión sobre la existencia del libre albedrío gira en torno a verdades que consideramos obvias e inalienables, por lo que discutir sobre él no sirve absolutamente de nada. Sin embargo, sí podemos preguntarnos cuáles son las implicancias que la negación de la existencia del libre albedrío tiene sobre otras asunciones consensuadas sobre la realidad. En otras palabras, podemos preguntarnos si las verdades que consideramos inalienables continuarían siendo consistentes. ¿Es posible aceptar la opinión de que no hay libre albedrío, junto a sus consecuencias obligadas?

A pesar de la creciente presión de los eruditos hacia lo contrario, creo que la mayoría de nosotros aún admitiría que no podemos concebir que la realidad carezca de sentido. La forma más profunda de conocimiento es lo que la Torá denomina dáat, ideas que son tan integrales de nuestra identidad que no nos reconoceríamos sin ellas. ¿Podemos reconocernos a nosotros mismos sin las ideas de verdad y moral? Si el libre albedrío no existe, entonces no existe ni una verdad ni una moral significativas.

La chispa divina de la humanidad

Toda discusión sobre el libre albedrío tendría otra implicancia crucial. Vivimos en un contexto físico; uno de nuestros principios más celebrados es que la realidad física ya está determinada. Nuestro ser tiene un componente físico, lo que significa que, al menos en algunos aspectos, ya estamos determinados. Entonces, el libre albedrío se fundamenta en el hecho de que tenemos un aspecto que no es físico, un aspecto creativo que no está determinado. Una elección libre sólo puede hacerse accediendo a y actualizando esa faceta de nuestro ser.

Entonces, es imposible aceptar la existencia del libre albedrío sin aceptar que tenemos un aspecto que no es físico, que no está determinado y que es potencialmente creativo. Ponle el nombre que quieras, pero reconoce que no puede originarse en el aspecto físico y determinado de la realidad. La Torá identifica este elemento como la chispa divina de la humanidad, nuestra similitud con Dios. Dado que tenemos esta chispa del Creador, tenemos la capacidad de ser creativos. El tema del libre albedrío nos invita a explorar la dimensión no física de nuestro ser, que nos permite realizar elecciones libres.


Imagen destacada: Unsplash.com, Ryoji Iwata



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