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Por una niñez libre de pantallas

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13/03/2020 | por Daniela Rossi

El 'hogar' no es solamente un dormitorio y un comedor: es el centro del mundo del niño, el corazón de la familia y, como tal, requiere protección.

El 22 de noviembre de 2018 es una fecha especial en mi familia. Fue el día en que decidimos sacar el televisor de nuestras vidas. ¡Cómo habrá sido el cambio que lo recordamos y celebramos como un nuevo comienzo familiar!

Mi cuestionamiento a que la televisión forme parte del entretenimiento de la infancia surgió varios años atrás. En el 2014 viajamos con mi esposo a Israel, yo estaba embarazada de mi primer hijo. Allí tuvimos la fortuna de conocer familias observantes y compartir tiempo en el que pude apreciar lo hermoso que resultaba educar sin televisor.

Esa imagen y sensación que me produjo la experiencia nunca me la voy a olvidar. En esta familia había dos niñas entre 5 y 3 años, y un bebé de 6 meses. La tarde que compartimos transcurrió muy amena, las niñas armaban distintos juegos, conversaban y se reían. Incluso la menor de 3 años asistía al bebé de 6 meses. Me conmovió el clima cálido, tranquilo y hogareño que reinaba en esta familia. Hasta el día de hoy le digo a la mamá lo mucho que significó para mí aquella oportunidad.

El contraste con lo que estaba acostumbrada era grande. El sonido de la tele de fondo, niños sentados mirando hipnotizados la pantalla, peleas entre hermanos por elegir el programa, aburrimiento al presentarles otras actividades a los niños, y el famoso “lenguaje neutro”.

¿Por qué nos tomó tanto tiempo poder aplicar en mi familia aquello que habíamos visto como un valor deseable para el futuro? Sucedió que cuando nos casamos con mi esposo, nos mudamos a una nueva ciudad, donde tuvimos que rehacer vínculos, trabajo, casa, ¡todo! Fueron muchos desafíos. Para esa altura, yo personalmente ya había dejado de mirar televisión, pero mi marido veía ocasionalmente deporte.

Así fue pasando el tiempo y el televisor quedó allí en el medio del living de nuestra casa. Y así también creció nuestro hijo viendo programas infantiles. Como padres todo giraba en torno a ponerle límites a la cantidad de tiempo, límites al tipo de programa, pero era una batalla constante. Nuestro chiquito “parecía tan feliz” viendo sus programas, que nos llevó un tiempo dar el paso. Hasta ese jueves 22 de noviembre en el que ambos, mamá y papá dijimos “basta”. En un momento de mucha tensión, nuestro hijo insistía en ver cierto programa y nosotros no queríamos que lo viese, nos miramos los dos, y le dije a mi marido “sacá el aparato de ahí”. Él bajó el televisor que estaba colgado en la pared, para nunca más volver. Lo pusimos debajo de un mueble, y al poco tiempo lo pude vender. Así también se fue la tablet, y cualquier tipo de pantalla.

¿Le costó a nuestro hijo el cambio? La verdad es que sí, al principio fueron unos días que se tuvo que acostumbrar a que ya no estaba la tele como entretenimiento. Pero gracias a Dios, al poco tiempo la lectura comenzó a tomar un lugar preponderante en nuestra casa. Fue hermoso ver ese pasaje: antes, los cuentos llamaban poco su atención, ahora, leer un cuento es uno de sus mejores pasatiempos. Aprendió a sacar libros de la biblioteca de la escuela, y con ello vimos surgir cambios en el lenguaje, en la atención y en la imaginación. El nivel de conflicto bajó en nuestro hogar.

Uno de los libros que leímos para informarnos de los daños de las pantallas, fue el de Karin Neuschutz, Jugar o ver televisión (2013), allí la autora explica que “cuando escuchamos o leemos, podemos ‘ver’ lo descripto a nuestro ojo interno en virtud de nuestra fantasía. Nosotros ponemos lo así vivenciado en relación con nuestra propia vida y experiencia. Esto nos lo impide la imagen terminada de la televisión. Durante el programa, el fluir ininterrumpido de la imagen no deja aparecer ningún pensamiento acerca de lo que sucede en la pantalla…Un niño vive en el ahora. No tiene las mismas condiciones propias como para volver más tarde mentalmente a sus vivencias.

Así también encontramos información científica en el libro Iluminar un alma del Rav Lawrence Kelemen. Ya en el año 1975, 4 grandes eruditos de la Torá, los Rabinos Shaj, Kanievsky, Feinstein y Kamenetsky publicaron una advertencia acerca de la televisión a las comunidades judías. El artículo estaba basado totalmente en fuentes talmúdicas. Sugería que la televisión conlleva riesgos psicológicos y de desarrollo. Recomendaban a los padres no exponer a sus hijos a la televisión. Lógicamente podemos actualizar esta mirada a los nuevos dispositivos.

Por otro lado también, hace dos semanas transcribí para una lista de difusión de clases de Torá para mujeres, una conferencia de una médica psiquiatra española, Marian Rojas-Estapé que abordaba estos temas. Allí ella explica algo muy interesante con respecto al concepto de la “atención”. La atención se encuentra ubicada en la parte superior del cerebro, en la corteza prefrontal. Esta zona se encarga además, de la concentración, la resolución de problemas y del control de los impulsos. Esto es lo que nos hace “seres superiores”, porque dominamos las situaciones, resolvemos conflictos y somos capaces de planificar. Cuando un bebé nace, explica la médica, la corteza prefrontal es profundamente inmadura, por eso la impulsividad es una de las cosas que más tarda un niño en dominar. ¿Con qué se estimula esta zona del cerebro? Con tres cosas: 1) luz; 2) sonido, y 3) movimiento. Continuaba preguntándose ¿cómo choca este proceso natural del desarrollo del ser humano con los nuevos fenómenos tecnológicos? Tanto los celulares, como las tablets, son básicamente estos tres puntos, luz, sonido y movimiento. Pero, resulta que la mente funciona con un mecanismo de que si no ejercitamos esa área del cerebro, ésta se va perdiendo. Por lo tanto, finalizaba diciendo que darle estos aparatos a los niños pequeños atenta con el desarrollo necesario de esta parte del cerebro.

Esto también lo explicó una especialista en educación de Harvard, Carolina Pérez. Expresaba que las pantallas, por el alto efecto de la hormona dopamina, matan las neuronas. Y a su vez, en un 80% estos dispositivos van a terminar con las neuronas de una zona del cerebro que se llama “ínsula”, que es la que tiene que ver con la compasión y la empatía. La autora la llama la “oficina del cerebro de ser buena persona”.

Entonces, por más que como padres nos esforcemos en educar a los niños a ser buenas personas, que tengan buenas midot (cualidades), si por otro lado estamos dándoles pantallas, es muy probable que aquello afecte su cerebro y no logremos los objetivos de jinuj (educación) que nos propusimos.

El Rav Kelemen escribe que “los judíos tradicionalistas comprendieron hace tiempo que el hogar no es solamente un dormitorio y un comedor: es el centro del mundo del niño, el corazón de la familia y, como tal, requiere protección”. (Pág. 194).

Si al menos no podemos dar el paso completo hacia una vida “despantallada”, podemos informarnos sobre los daños que esto produce, hacer circular el material, tomar consciencia en nuestros hogares y limitar los tiempos de exposición a pantallas, y brindar todos los otros estímulos que son necesarios para el mejor desarrollo de nuestros niños.

Muchas personas nos decían que era un error sacar directamente la pantalla, o que iban a quedar por fuera de los temas infantiles del momento. Ninguna de las dos observaciones se cumplió. Por un lado, como cualquier política educativa, esta también tiene una razón de ser, y es un tema que conversamos con los niños familiarmente. Además de que esto también nos obliga a nosotros, los adultos, a estar en sintonía con esta realidad. Intentamos no estar con el celular constantemente en la casa, limitando su uso lo más que podemos. Por otro lado, los temas infantiles los conocemos a través de historietas, cuentos, libros. Así que no se produce diferencia con los demás niños. Me hubiera encantado poder haber hecho este cambio mucho tiempo antes, pero me contento con saber que esta experiencia puede servir a otras familias en el futuro.

¡Que tengan mucha hatzlajá!


Bibliografía:

Lekemen, R. L. (2001). Iluminar un alma. Sabiduría antigua para padres y docentes modernos. Jerusalem: Editorial Jinuj.

Neuschutz, K. (2013). ¿Jugar o ver televisión? Buenos Aires: Editorial Antroposófica.

Perez, C. https://www.youtube.com/watch?v=QRSd6iIlVhY

Rojas- Estapé, M. https://www.youtube.com/watch?v=Pmxn6Vj3_PI&t=2s




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