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Prioridades

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Matot (Números 30:2-32:42 )

por Rav Jonathan Sacks

Los israelitas casi podían ver la Tierra Prometida. Habían librado con éxito sus primeras batallas. Acababan de obtener una victoria sobre los midianitas. Hay un nuevo tono en la narrativa. Ya no escuchamos las quejas que eran el bajo constante que acompañó gran parte de los años en el desierto.

Sabemos por qué. Ese trasfondo era el sonido de la generación que nació en la esclavitud y había salido de Egipto. Pero ya pasaron casi cuarenta años. La segunda generación, nacida en libertad y endurecida por las condiciones del desierto, es más decidida. Ya probaron sus manos en la batalla y no dudan que, con ayuda de Dios, son capaces de luchar y vencer.

Sin embargo, precisamente en este punto surge un problema diferente a todos los anteriores. El pueblo como un todo está enfocado en el destino: la tierra en la ribera occidental del río Iardén (Jordán), el lugar que incluso los espías confirmaron que "fluye con leche y miel" (Números 13:27).

Pero los miembros de las tribus de Reubén y Gad, comienzan a pensar diferente. Al ver que la tierra por la que están viajando es perfecta para sus rebaños, ellos prefieren quedarse allí, al oriente del Iardén, y le proponen eso a Moshé. Obviamente, Moshé se enoja ante la sugerencia: "Moshé dijo a los hijos de Gad y a los hijos de Reubén: '¿Sus hermanos entrarán a la guerra y ustedes permanecerán aquí? ¿Por qué desalentarán a los israelitas de pasar a la tierra que Dios les ha dado? (Números 32:6-7). Él les recuerda las desastrosas consecuencias de la previa desilusión por parte de los espías. Toda la nación va a sufrir. Esta decisión mostraría no sólo que eran ambivalentes respecto al regalo de la tierra de Dios, sino que tampoco habían aprendido nada de la historia.

Las tribus no discuten este argumento. Aceptan su validez, pero señalan que su preocupación es incompatible con sus objetivos. Ellos sugieren un compromiso:

Ellos se aproximaron a él y dijeron: "Edificaremos aquí rediles de ovinos para nuestro ganado y ciudades para nuestros niños. Pero nosotros rápidamente nos armaremos al frente de los Hijos de Israel hasta que los hayamos llevado a su lugar, y nuestros niños permanecerán en las ciudades fortificadas, a causa de los habitantes de la tierra. No regresaremos a nuestras casas sino hasta que cada hombre de los Hijos de Israel haya tomado posesión de su patrimonio. Pues no heredaremos junto con ellos al otro lado del Iardén en adelante, ya que nuestro patrimonio habrá llegado a nosotros en la ribera oriental del Iardén". (Números 32:16-19)

 En otras palabras: estamos dispuestos a unirnos al resto de los israelitas en las batallas que tenemos por delante. No sólo eso, sino que estamos preparados a ir en la delantera, al frente de la batalla. No le tememos al combate ni estamos tratando de evadir nuestra responsabilidad hacia nuestro pueblo. Simplemente deseamos tener rebaños, y para eso la tierra en la ribera oriental del Iardén es ideal. Advirtiéndoles sobre la seriedad de su decisión, Moshé accedió. Si cumplían su palabra, tendrían permitido asentarse al oriente del Iardén. Y, efectivamente, eso fue lo que sucedió (Iehoshúa 22:1-5).

Esa es la historia a nivel superficial. Pero como ocurre a menudo en la Torá, hay tanto subtexto como texto. Algo en particular fue notado por los Sabios con su sensibilidad hacia los matices y los detalles. Prestemos atención a lo que dijeron los hijos de Reubén y de Gad: "Ellos se aproximaron a él y dijeron: 'Edificaremos aquí rediles de ovinos para nuestro ganado y ciudades para nuestros niños'". Moshé les respondió: "Construyan ciudades para sus niños y rediles para su rebaño ovino, y hagan lo que han prometido" (Números 32:24).

El orden de los sustantivos es crucial. Los hombres de Reubén y Gad colocaron sus propiedades antes que las personas: ellos hablaron primero de sus rebaños y luego de sus hijos.(1) Moshé revirtió el orden, dando especial énfasis a los niños. Como señala Rashi:

Ellos se preocuparon más de sus bienes que de sus propios hijos e hijas, ya que al hablar antepusieron su ganado a sus hijos pequeños. Moshé les dijo: "No es así. Hagan principal lo que es principal y secundario lo secundario. Primero construyan ciudades para sus niños y sólo entonces rediles para sus rebaños" (Comentario a Números 32:16).

Un Midrash(2) señala lo mismo a través de una ingeniosa interpretación de un versículo de Eclesiastés: "El corazón del sabio se inclina a la derecha, pero el corazón del tonto a la izquierda" (Eclesiastés 10:2). El Midrash identifica la "derecha" con la Torá y la vida: "Él les dio el fuego de una religión con su mano diestra" (Deuteronomio 33:2). En contraste, la "izquierda" se refiere a las cosas mundanas:

Largos días hay en su mano derecha; en su izquierda hay riquezas y honor (Proverbios 3:16)

De aquí infiere el Midrash que los hombres de Reubén y Gad colocaron "la riqueza y el honor" antes que la fe y la posteridad. Moshé les insinuó que sus prioridades estaban equivocadas. El Midrash continúa: "El Santo, Bendito Sea, les dijo: 'Dado que mostraron que aman más a sus rebaños que a las almas humanas, por sus vidas, no tendrán bendición en eso".

Esto resultó ser no un pequeño incidente que ocurrió en el desierto hace mucho tiempo, sino un patrón consistente a lo largo de la historia judía. El destino de las comunidades judías, en gran medida, estuvo determinado por un único factor: su decisión -o falta de decisión- de dar prioridad a sus niños y su educación. Ya en el siglo I, Iosefo escribió: "El resultado de nuestra intensa educación sobre nuestras leyes, desde el comienzo mismo de la inteligencia, es que ellas están, por así decirlo, grabadas en nuestras almas".(3) Los Rabinos dictaminaron que "cualquier ciudad que carece de niños en la escuela debe ser excomulgada" (Shabat 119b). Ya en el siglo I la comunidad judía de Israel había establecido una red de escuelas con asistencia obligatoria (Bava Batra 21a), el primer sistema de esta clase en la historia.

El patrón persistió a lo largo de la Edad Media. En Francia, en el siglo XII, un erudito cristiano señaló: "Un judío, por más pobre que sea, si tiene diez hijos los pondrá a todos a aprender letras, no para ganar como hacemos los cristianos, sino para que puedan entender las leyes de Dios. Y no sólo a sus hijos, sino también a sus hijas".(4)

En 1432, en el clímax de las persecuciones cristianas contra los judíos en España, hubo una asamblea en Valladolid para instituir un sistema de impuestos para financiar la educación judía para todos.(5) En 1648, al final de la Guerra de los Treinta Años, lo primero que hicieron las comunidades judías en Europa para restablecer la vida judía, fue reorganizar el sistema educativo. En su estudio clásico sobre el shtetl, los pequeños pueblos de Europa Oriental, Zborowski y Herzog escribieron lo siguiente sobre la típica familia judía:

El rubro más importante en el presupuesto familiar es el dinero que se debe pagar al maestro de la escuela de los niños más pequeños. Los padres están dispuestos a dar vuelta el cielo para educar a sus hijos. La madre, que está a cargo de las cuentas del hogar, reducirá al límite los gastos de alimentación de la familia si eso es necesario para poder pagar la educación de su hijo. En el peor de los casos, ella empeñará sus valiosas y amadas perlas para poder pagarle al maestro. El niño debe estudiar, el niño debe convertirse en un buen judío. Para ella, estas dos cosas son sinónimos.(6)

En 1849, cuando Samson Rafael Hirsch se convirtió en Rabino de Frankfurt, él insistió en que la comunidad creara una escuela antes de construir una sinagoga. Después del Holocausto, los pocos Roshei Ieshivá y líderes jasídicos que sobrevivieron se concentraron en alentar a sus seguidores a tener hijos y construir escuelas.(7)

Es difícil pensar en cualquier otra religión o civilización que haya predicado su misma existencia en poner en primer lugar a los niños y su educación. En el pasado, hubo comunidades judías prósperas que construyeron magníficas sinagogas, por ejemplo Alejandría en los primeros siglos de la era común. Sin embargo, debido a que no pusieron a los niños en primer lugar, ellos contribuyeron poco a la historia judía. Florecieron durante un breve período y luego desaparecieron.

El reproche implícito de Moshé a las tribus de Reubén y Gad no es un pequeño detalle histórico, sino una declaración básica de prioridades judías. La propiedad es lo secundario, los niños son lo principal. Las civilizaciones que valoran a los jóvenes permaneces jóvenes. Los que invierten en el futuro tienen futuro. No es lo que poseemos lo que nos da una porción en la eternidad, sino aquellos a quienes damos a luz y el esfuerzo que hacemos para asegurarnos que lleven nuestra fe y nuestro estilo de vida a la siguiente generación.


NOTAS

(1) Prestar atención también al paralelo entre la decisión de los líderes de Reubén y Gad y la decisión de Lot en Génesis 13:10-13. También Lot eligió donde vivir basado en consideraciones económicas (la prosperidad de Sodoma y las ciudades de la llanura), sin considerar el impacto que el ambiente tendría sobre sus hijos.

(2) Números Rabá 22:9

(3) Iosefo, Contra Apionem, II, 177-178

(4) Beryl Smalley, The Study of the Bible in the Middle Ages (Notre Dame, IN: Universidad de Notre Dame Press, 1952), 78

(5) Salo Baron, The Jewish Community (Philadelphia: Jewish Publication Society of America, 1945), 2:171-173

(6) Mark Zborowski y Elizabeth Herzog, Life Is with People: The Culture of the Shtetl (New York: Schocken, 1974), 87

(7) Mi libro sobre este tema: Jonathan Sacks, Will We Have Jewish Grandchildren? (London: Vallentine Mitchell, 1994).




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