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Dos imágenes completamente distintas de Francia.
La final de la Champions dejó dos imágenes completamente distintas de Francia.
Una ocurrió dentro del campo. El Paris Saint-Germain ganó por fin el trofeo que llevaba años persiguiendo. Afuera, en las calles de París, cientos de personas fueron detenidas, decenas de policías resultaron heridos y la ciudad volvió a vivir lo de siempre: los incendios, los saqueos, el vandalismo que ya parece un ritual paralelo a cada gran celebración.
A primera vista no tienen nada que ver. Pero cuentan dos historias opuestas sobre lo mismo: el liderazgo y el costo de evitar las decisiones incómodas.
Empecemos por Luis Enrique.
Durante años, el PSG apostó por una idea muy particular del fútbol: acumular estrellas y esperar que el talento individual lo resolviera todo. Por el club pasaron figuras extraordinarias. Y temporada tras temporada, la Champions seguía escapándose.
Cuando llegó Luis Enrique, hizo algo que pocos entrenadores se habrían animado a hacer: aceptó la salida de Mbappé. El jugador más talentoso de su generación. El eje alrededor del cual giraba todo.
La decisión parecía una locura, y no solo por lo deportivo. En el fútbol moderno, una estrella de ese tamaño no es solo un jugador: es una marca, un negocio, una herramienta política dentro del club. Cuestionar eso implica pelearse con dirigentes, patrocinadores, medios y aficionados.
Pero Luis Enrique entendió algo que muchos ignoran: un equipo no se construye alrededor de los privilegios de una persona. Se construye alrededor de una idea compartida. No era un juicio sobre el talento de Mbappé —nadie en su sano juicio lo cuestionaría— sino el reconocimiento de que incluso el talento más extraordinario puede ser un obstáculo cuando todo el sistema está obligado a orbitar a su alrededor.
Eligió el riesgo. Eligió el equipo. Y ganó.
Lo que pasó en las calles de París cuenta la historia contraria.
Mientras millones celebraban, hubo incendios, saqueos, ataques a comercios, enfrentamientos con la policía. Cerca de 800 detenidos. Vehículos quemados. Grupos que intentaron asaltar una comisaría.
Las autoridades se apresuraron a aclarar que la mayoría de los festejos fueron pacíficos. Es verdad. Pero esa aclaración no disuelve lo que cada vez más gente siente: que en determinadas circunstancias, Francia ha decidido que cierto nivel de vandalismo es un precio aceptable.
Los argumentos de siempre ya se conocen. Que la firmeza puede provocar tensiones mayores. Que la dureza excesiva tiene un costo político. Que es mejor contener que confrontar.
El problema es que cuando una sociedad transmite repetidamente que ciertas conductas tendrán consecuencias limitadas, no debería sorprender que esas conductas se repitan. Una y otra vez.
La paradoja es bastante clara.
Luis Enrique construyó algo sólido porque estuvo dispuesto a enfrentar una situación incómoda, a soportar críticas, a perder popularidad en el corto plazo. Las autoridades francesas parecen haber tomado el camino exactamente opuesto: mantener una apariencia de calma antes que afrontar los problemas de raíz.
Toda organización —y toda sociedad— enfrenta esta misma elección tarde o temprano. A veces es más fácil evitar la conversación difícil. Más cómodo tolerar lo que no debería tolerarse. Más sencillo posponer lo que sabemos necesario.
Pero el PSG levantó la Champions porque alguien se animó a cuestionar lo que parecía intocable. Y las escenas de caos en París recuerdan, una vez más, lo que pasa cuando quienes tienen autoridad prefieren mirar para otro lado.
Una victoria deportiva no resuelve nada por sí sola. Pero a veces ofrece una lección que vale la pena escuchar.
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