Mamdani y las publicaciones de su esposa en favor de Hamás


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¿Cómo es posible que una religión que santifica la sobriedad nos pida, en su día más alegre, que crucemos el umbral de la confusión?
En el imaginario judío, emborracharse suele ser sinónimo de pérdida de control, algo que contradice la esencia misma del Judaísmo, que implica entender y comprender aquello que hacemos. Sin embargo, una vez al año, el calendario nos presenta un precepto que parece ir a contramano de nuestra naturaleza. La festividad de Purim llega con sus disfraces, sus matracas y, como muchísimos lectores sabrán, con el mandato de beber vino.
¿Cómo es posible que una religión que santifica la sobriedad nos pida, en su día más alegre, que crucemos el umbral de la confusión? La respuesta radica en una de las herramientas más profundas de introspección espiritual.
Si leemos la Meguilá de Ester con atención, notaremos que el vino es prácticamente el motor de la trama. Todo el milagro de Purim "sucede" en banquetes.
La destitución de la reina Vashti ocurre durante una celebración alcohólica organizada por el Rey Ajashverosh.
El ascenso de Ester como reina se celebra con un banquete.
La caída final del malvado Amán ocurre durante el segundo banquete de vino que Ester prepara meticulosamente.
Obviamente, sabemos que Hashem está “tras bambalinas”. Pero, a diferencia del Éxodo de Egipto, en los milagros ocurrieron a la vista de todos, en Purim Dios opera "detrás de una máscara". Es un milagro nistar (oculto). El vino es el símbolo de esa causalidad divina que parece azarosa pero que está perfectamente orquestada. Por eso, los Sabios establecieron que nuestra alegría debe expresarse a través del mismo medio que Dios utilizó para salvarnos.
Hay un famoso pasaje del Talmud en el tratado de Meguilá (7b) que declara:
"Una persona tiene la obligación de beber en Purim hasta que no sepa distinguir (ad de-lo yadá) entre 'maldito sea Amán' y 'bendito sea Mordejai'".
A simple vista, parece una invitación al caos. Pero el mismo Talmud cuenta inmediatamente después la historia de Rabá y Rabí Zeira, donde una borrachera termina en tragedia. Este contraste no es accidental; es una advertencia. Nos dice: "Sí, hay un precepto de beber, pero el peligro espiritual y físico está a la vuelta de la esquina".
Debido a este riesgo, los grandes legisladores de la Halajá (Ley judía) han debatido por siglos cómo cumplir este precepto de forma constructiva. Si bien hay numerosísimas posturas, podríamos agruparlas en los siguientes grupos:
El Rif y el Rosh (La Postura Clásica): El Rif (Rabí Itzjak Alfasi) y el Rosh (Rabí Asher ben Iejiel) sostienen una visión más literal. Al traer la ley del Talmud a sus códigos sin añadir restricciones drásticas, sugieren que la obligación de beber hasta la "no distinción" permanece vigente. Para ellos, el milagro de Purim se celebra literalmente bebiendo a más no poder.
Maimónides (El Rambam): Propone una solución elegante y segura. Bebe bastante y luego vete a dormir. Al estar dormido, uno cumple técnicamente con el precepto de "no distinguir" entre Amán y Mordejai.
El Rama (Rabí Moshé Isserles): Explica que la intención es lo que cuenta. Si una persona sabe que beber le llevará a comportarse de forma inapropiada, a descuidar las bendiciones o a dañar a otros, está exenta de emborracharse. "Es mejor beber poco con la intención correcta que mucho con la intención errónea". Él es el abanderado de “beber más de lo habitual”, y con un poco más, ya alcanza.
Los Místicos: Sostienen que el "ad de-lo yada" no se refiere a perder el sentido, sino a elevarse por encima del intelecto limitado para entender que, en la raíz de la realidad, todo —incluso lo que parece malo como Amán— viene de la mano de Hashem.
Hay una frase famosa en nuestra tradición: "Nichnas yayin, yatza sod" (Cuando entra el vino, sale el secreto). El vino tiene la propiedad de disolver las defensas del ego. Durante todo el año, nos presentamos ante el mundo con "máscaras": el profesional exitoso, el padre perfecto, el intelectual racional.
En Purim, el vino entra para que esas barreras caigan y salga lo que realmente habita en la profundidad de nuestro ser. Si una persona ha trabajado en su espiritualidad durante el año, al beber saldrá amor por el prójimo, palabras de Torá y un deseo ardiente de conexión con Dios. Por eso se dice que Purim es como Iom Kipur (o Iom Ha-Ki-Purim, 'un día como Purim'). En Iom Kipur nos elevamos ayunando; en Purim nos elevamos santificando lo físico.
A pesar de todo lo que hemos aprendido, es fundamental dejar en claro que beber en Purim no es "irse de fiesta" en el sentido secular del término. Muchas veces decimos en el judaísmo que “ellos hacen y nosotros hacemos”. Algo que desde la superficialidad puede “parecer” lo mismo, en el judaísmo se encuentra profundidad. Beber en Purim es admitir que nuestra lógica humana es limitada y que nos entregamos por completo a la voluntad de Hashem.
Sin embargo, debemos recordar que la santidad de Purim se mide por la calidad de nuestra conexión, no por la cantidad de grados de alcohol. Si el vino nos acerca a nuestro hermano y nos hace agradecer el milagro de nuestra existencia, hemos cumplido la mitzvá. Si nos aleja de nuestra dignidad humana, hemos perdido el punto.
Este Purim, cuando levantemos nuestra copa, recordemos que el objetivo es quitarnos la máscara de "yo tengo el control" para revelar la verdad más profunda: que no hay nada fuera de Hashem.
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