La hipocresía de Lamine Yamal ondeando una bandera palestina
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¿Qué te viene a la mente cuando escuchas la palabra “santidad”?
La mayoría de las religiones presentan la santidad como una separación del mundo físico: el monje aislado en una montaña, el sacerdote en su austera abadía. Esta visión parece tan universal que rara vez la cuestionamos. Sin embargo, el judaísmo ofrece una alternativa radical que da vuelta por completo a este concepto.
En la porción de la Torá de esta semana, Dios ordena: "Santos serán (kedoshim tihiu) porque Santo soy Yo".(1) Rashi, el gran comentarista de la Torá, explica: "apártense de la promiscuidad sexual y de la idolatría. donde encuentras una cerca contra la inmoralidad, encuentras santidad".
A primera vista, esto confirma nuestras suposiciones: santidad significa renuncia, ascetismo, desapego. Pero esta comprensión pasa por alto por completo el enfoque revolucionario del judaísmo hacia la vida espiritual.
La evidencia más poderosa contra este malentendido proviene de nuestra tradición matrimonial. El acto mismo de la boda en el judaísmo se llama kidushin, literalmente “santificación”. Cuando un hombre judío coloca un anillo en el dedo de su novia, declara: “Harei at mekudeshet li” — “Te hago santa (kadosh) para mí”. Si kadosh significara “separado”, básicamente estaría diciéndole: “¡Aléjate de mí!”. Pero sabemos que, por el contrario, está declarando: “¡Conectémonos de la manera más profunda imaginable! ¡Seamos una sola carne!”(2)
Encontramos otra confirmación en los Tosafot (comentarios talmúdicos escritos principalmente por los nietos de Rashi) que definen kidushin como “el acto de prohibir a tu esposa para todos los demás al designarla de manera única y específica para ti”.(3) Esto revela la esencia de la kedushá: no una mera separación, sino una conexión sagrada y exclusiva.
Entonces, ¿dónde estuvo el error al interpretar a Rashi? Veamos con atención su comentario: “donde encuentras una cerca contra la inmoralidad, encuentras santidad”. Espera… ¿la cerca es la santidad? ¡No! La santidad es el resultado de colocar la cerca. La cerca no crea santidad directamente sino que elimina los obstáculos que bloquean la verdadera conexión. La kedushá, la santidad, es la conexión apasionada que se logra al remover todo impedimento a la unidad.(4)
Y hay más. Así como un hombre y una mujer que se unen físicamente alcanzan el mayor nivel de placer físico, la unión del ser humano con Dios (la kedushá) produce el mayor placer espiritual. Mientras que el placer físico es limitado y temporal, el placer espiritual es infinito y eterno. Por lo tanto, la kedushá, la unión con lo Divino, es el mayor placer de todos.
Ahora que hemos establecido el verdadero significado de la santidad, volvamos al énfasis de Rashi en la separación. ¿Por qué lograr kedushá requiere separarse de conductas inapropiadas? Imagina dos superficies perfectamente lisas. Cuando están completamente limpias, cuando se las acerca se adhieren naturalmente. Pero incluso la más mínima partícula de polvo crea una separación entre ellas. Para que dos se conviertan en uno, no debe haber nada que bloquee la conexión.
Es interesante que Rashi señala dos pecados específicos que al evitarlos, llevan a la kedushá: la promiscuidad sexual y la idolatría. ¿Por qué precisamente estos entre los cientos de pecados que encontramos en la Torá?
Como explicamos, la kedushá trata fundamentalmente de relación: dos que se convierten en uno. Las dos relaciones más importantes en nuestras vidas son con nuestro cónyuge y con Dios. Nuestros Sabios enseñan que la relación conyugal es el campo de entrenamiento para aprender cómo relacionarnos con Dios. Ambas relaciones requieren dedicación total: eliminar distracciones para avivar la llama del amor hacia lo que más valoramos.
La promiscuidad sexual atenta directamente la relación con nuestro cónyuge. La idolatría atenta directamente contra nuestra relación con Dios. Aunque otros pecados sin duda dañan estas relaciones, estos dos golpean su misma base. Al abstenernos de aquello que destruye nuestras conexiones más vitales, creamos el espacio para la santidad, para una conexión apasionada, con aquellos a quienes estamos destinados a amar más profundamente.
Cuando comencé a acercarme al judaísmo, recuerdo que extendí la mano para saludar a la esposa del rabino en una comida de Shabat. Ella declinó amablemente, explicando: “En nuestra tradición, reservamos el contacto físico solo para el cónyuge. Es nuestra forma de honrar el vínculo especial que compartimos”. Esta historia ilustra nuevamente que el camino hacia la kedushá (la conexión apasionada) pasa por mantener límites que fortalezcan y protejan nuestras relaciones más significativas. Piensa en poner el pulgar sobre la punta de una manguera, convirtiendo un flujo débil en un chorro potente.
A diferencia de otras religiones donde los “hombres santos” renuncian al matrimonio, el judaísmo abraza y eleva el mundo físico. Nuestros más grandes sabios se casan y forman familias. Esto no es una concesión a la naturaleza humana, sino la esencia misma de la santidad judía.
En el antiguo Templo, la Torá llama a la cámara más interna el “Kodesh HaKodashim”, el Sancto Sanctorum. De forma paralela, nuestros Sabios llaman al dormitorio matrimonial el “Kodesh HaKodashim” del hogar. La verdadera santidad no rechaza lo físico sino que lo llena de propósito espiritual.
El judaísmo enseña que la kedushá no consiste en escapar del mundo material, sino en revelar la presencia de Dios dentro de él. Considera el Shabat, nuestro día más sagrado. Nos separamos de las actividades cotidianas, pero lo santificamos con vino y comida deliciosa, vehículos de placer físico y alegría. Este proceso de santificación se aplica a todos los aspectos de la vida. Cuando comemos con conciencia, hacemos negocios con ética o nos unimos en intimidad como marido y mujer, nos convertimos en socios de Dios al conectar el cielo y la tierra.
El libro Mesilat Yesharim (El camino de los justos), la guía fundamental de Rav Moshé Jaim Luzzatto sobre el desarrollo del carácter, culmina en su nivel más alto: la kedushá. Allí, el Ramjal revela lo que hace única a la kedushá: a diferencia de otros rasgos que requieren solo nuestro esfuerzo, en la kedushá, cuando nos acercamos a Dios, Él se acerca a nosotros en la misma medida. Nosotros iniciamos el esfuerzo y Él completa el resto.
Rav Aharón Lopiansky explica que Dios busca constantemente cercanía con nosotros, pero nosotros buscamos satisfacción en lugares equivocados. Para reconectarnos con Él, solo necesitamos regresar a nuestra verdadera naturaleza. El camino de vuelta ya está dentro de nosotros; Él simplemente espera que recordemos la conexión que siempre ha existido. En nuestro versículo, Dios nos dice: “Santos serán porque Santo soy Yo” — Yo estoy siempre profundamente conectado contigo; solo necesitas eliminar los obstáculos y volver a enfocar tu atención en Mí. Yo estaré esperando con los brazos abiertos.
Para hacer práctica la kedushá, intenta este ejercicio:
Al llevar esta conciencia a los momentos de plegaria, a los instantes de quietud e incluso a las actividades rutinarias, nos abrimos a experimentar la alegría profunda y la auténtica serenidad que surgen naturalmente de vivir en conexión con lo Divino.
La inspiración para este ensayo proviene de las enseñanzas de mi rabino y mentor, Rav Beryl Gershenfeld.
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