Por qué el mundo siempre ha odiado a los judíos
5 min de lectura
La esclavitud no termina cuando se rompen las cadenas. Según el Rambán, la travesía del pueblo judío hacia la libertad no concluyó cuando salieron de Egipto, cruzaron el mar o incluso cuando recibieron la Torá en el Sinaí. La verdadera libertad llegó con un proyecto arquitectónico que revolucionó para siempre la relación de la humanidad con lo Divino.
La porción de la Torá de esta semana es la primera de cinco partes que se enfocan casi exclusivamente en la construcción del Mishkán, el Tabernáculo que alberga la Presencia Divina de Dios. ¿Por qué la construcción del santuario de Dios recibe tanta prominencia en Éxodo, el libro de nuestra formación nacional? ¿No encajarían mejor estos detalles arquitectónicos en Levítico, el libro que trata sobre el Tabernáculo y su servicio sacerdotal?
El Rambán(1) ofrece una respuesta sorprendente: la esclavitud egipcia no terminó cuando salimos de Egipto. Terminó cuando construimos el Mishkán. ¿Por qué la construcción de un santuario completaría nuestro viaje hacia la libertad?
La respuesta a esta pregunta me impactó profundamente hace algunos años mientras me preparaba para Pésaj. Para conectarme de manera más vívida con la experiencia de liberación de mis antepasados, decidí investigar la esclavitud africana en los Estados Unidos, un período relativamente reciente con su propia historia de esclavitud y éxodo. En mi investigación encontré un dossier con cientos de relatos en primera persona de esclavos africanos durante su liberación. Al leerlos, comencé a notar un tema impactante: la mayoría de los esclavos recién liberados regresaban casi de inmediato con sus antiguos amos como aparceros. Aunque habían sido liberados de la esclavitud física, ellos carecían de un propósito superior que guiara su nueva libertad.
Esta idea arroja luz sobre la comprensión revolucionaria del Rambán: el Éxodo no se completó cuando los judíos salieron de Egipto. La libertad no consiste solo en escapar de la esclavitud; consiste en construir algo más grande. Para la nación judía, ese propósito fue el Mishkán, una misión Divina de construir un santuario terrenal para Dios. Hasta el Sinaí, habíamos sido receptores pasivos de los milagros Divinos, desde las plagas hasta la apertura del mar y el maná. Pero con el mandato de construir el Mishkán, nos convertimos en socios activos en la creación misma.
El Mishkán no era solo simbólico; fue el primer proyecto colaborativo de la humanidad con lo Divino. Artesanos expertos, tejedores y donantes contribuyeron con sus talentos y recursos, siguiendo meticulosamente las especificaciones de Dios. A través de este esfuerzo, el pueblo judío pasó de ser receptor pasivo de milagros a ser socio activo en la manifestación de la presencia de Dios en el mundo.
"Donde el cristianismo ve a la humanidad como necesitada de salvación, y el islam llama a someterse a la voluntad de Dios, el judaísmo propone la audaz idea de que la humanidad y Dios son socios en la obra de la Creación" — Rabino Jonathan Sacks
Concluiré con una dimensión más de esta sociedad divina. En el mandato inicial de Dios de construir el Mishkán, Él dice algo muy extraño: "Harán para Mí un Santuario y habitaré en medio de ellos". ¿Por qué "en medio de ellos" y no "en medio de él"?
El Malbim explica que la construcción misma del Mishkán reflejaba la forma humana: cada utensilio correspondía a distintos aspectos de nuestra anatomía física y espiritual. A través de su construcción, aprendimos cómo transformar todo nuestro ser (desde nuestros impulsos físicos básicos hasta nuestras aspiraciones espirituales más elevadas) en una morada para lo Divino.(2) Como explica Rav Moshé Alshij, el hogar esencial de la presencia de Dios no está en un edificio; está dentro de cada uno de nosotros. Cuando usamos nuestra libertad para crear un hogar para Dios en el mundo, nos convertimos en recipientes de Su presencia.(3) Como lo expresó bellamente Rav Sacks: "Lo que nos transforma no es lo que Dios hace por nosotros, sino lo que nosotros hacemos por Dios".
Un joven, a punto de celebrar su Bar Mitzvá, fue a visitar al Rebe de Lubavitch. Cuando se disponía a partir, el Rebe le preguntó:
—¿Te gusta el béisbol?
—Sí —respondió.
—¿Los Yankees o los Dodgers?
—Los Dodgers.
—¿Has ido alguna vez a un partido?
—Sí, ¡el mes pasado!
—¿Y qué tal estuvo?
—Bueno, fue decepcionante: iban perdiendo 7-2 en la sexta entrada y nos fuimos antes de que terminara.
—¿Y los jugadores? ¿También se fueron?
—¡No! Los jugadores tienen que quedarse.
—¿Por qué? Explícame cómo funciona.
El joven respondió:
—En el béisbol hay jugadores y hay aficionados. Los aficionados pueden irse cuando quieran: no forman parte del juego y el partido continúa después de que se van. Pero los jugadores tienen que quedarse e intentar ganar hasta que el partido termine.
Con una chispa en los ojos, el Rebe le dijo:
—En la vida hay aficionados y hay jugadores. Te sugiero que te conviertas en jugador.
Aunque ya no tenemos un Mishkán, el llamado a ser "jugadores" en el mundo de Dios es más urgente que nunca. Cada mitzvá que realizamos es un acto de creación, una forma de traer la presencia de Dios a nuestras vidas y al mundo que nos rodea. Este Shabat, te invito a convertirte en jugador. Elige una pequeña mitzvá que planees cumplir (encender las velas de Shabat, hacer Kidush o recitar una bendición). Mientras la realizas, reflexiona sobre ese acto como tu propia manera de construir un santuario para Dios. Siente la satisfacción de contribuir a algo más grande: de construir santidad por dentro y por fuera.
Cada mitzvá es un bloque de construcción, que transforma tanto nuestro mundo como a nosotros mismos en un santuario para lo Divino.
Inspirado en las enseñanzas de Rav Jonathan Sacks, z"tl.
Nuestro newsletter está repleto de ideas interesantes y relevantes sobre historia judía, recetas judías, filosofía, actualidad, festividades y más.