Quebrar la ilusión de ser autosuficiente

19/07/2026

5 min de lectura

Ekev (Deuteronomio 7:12-11:25 )

Hoy en día, toda persona reflexiva valora la gratitud. Sus beneficios están bien documentados: mejora el estado de ánimo, fortalece las relaciones y aumenta la resiliencia.

Sin embargo, gran parte de la gratitud moderna se centra en sentirse mejor, no en reconocer nuestra dependencia fundamental. Agradecemos al universo por la abundancia, pero rara vez reconocemos la Fuente de esa abundancia. Expresamos gratitud al aire, damos gracias "al universo" o simplemente disfrutamos de nuestra buena fortuna, evitando cuidadosamente reconocer una Fuente real que pudiera tener algo que decir sobre nuestras vidas.

La antigua sabiduría judía evita este enfoque superficial al transformar cada momento de beneficio en un reconocimiento consciente de su Fuente. Por eso los judíos recitan bendiciones por todo: al despertar, al comer, al ver un relámpago e incluso después de usar el baño. Estas no son tradiciones pintorescas, sino herramientas sofisticadas para mantener una perspectiva correcta en un mundo que constantemente nos tienta hacia la amnesia espiritual.

Para apreciar plenamente el poder de una bendición, debemos profundizar en la porción de la Torá de esta semana, donde encontramos la primera y única bendición ordenada explícitamente por la Torá: Birkat HaMazón, la bendición después de las comidas.

El momento lo es todo

Después de describir la abundante tierra de Israel, Moshé exhorta al pueblo: "Comerás, te saciarás y bendecirás a Hashem, tu Dios, por la buena tierra que Él te ha dado" (Devarim 8:10). Un detalle llama la atención: ¿por qué la bendición debe hacerse después de comer?

La intuición sugiere que deberíamos bendecir antes de comer. De hecho, el Talmud deduce que, si Dios ordenó bendecir después, con mayor razón debemos bendecir antes (recitando la bendición de HaMotzí). Pero ¿por qué la Torá prescribe específicamente una bendición después de la comida?

Moshé responde enseguida, ofreciendo una verdadera lección de psicología humana:

"Cuídate de no olvidar a Hashem, tu Dios... no sea que comas y te sacies... y tu corazón se enorgullezca, olvides a Hashem, tu Dios... y digas: 'Mi fuerza y el poder de mi mano me han producido esta riqueza'" (Devarim 8:11–17).

Las palabras de Moshé revelan dos trampas psicológicas que nos conducen a una falsa sensación de autosuficiencia: la saciedad ("no sea que comas y te sacies") y el esfuerzo humano ("mi fuerza y el poder de mi mano"). Veamos cómo estas dinámicas se manifiestan especialmente en el pan, el alimento que activa nuestra obligación de recitar Birkat HaMazón.

Hinchados de orgullo

  1. La saciedad - El pan era la base alimenticia de la civilización antigua, el alimento principal que sostenía poblaciones enteras. A diferencia de las frutas o verduras, que proporcionaban un sustento temporal, el pan producía una sensación profunda y duradera de satisfacción a lo largo del día de trabajo. Por eso, después de una comida con pan, una persona alcanzaba el máximo nivel de saciedad... y también su máxima vulnerabilidad espiritual. Un estómago lleno puede generar una peligrosa sensación de autosuficiencia: la impresión de que no necesitamos a nadie. Este fenómeno representa la otra cara del dicho: "No hay ateos en una trinchera". Cuando tenemos el estómago lleno, las cuentas bancarias rebosantes o hemos alcanzado nuestras metas, somos más vulnerables a la embriagadora ilusión de autosuficiencia.
  2. El esfuerzo humano - Antes de los supermercados y la agricultura industrial, producir pan exigía una larga cadena de trabajo humano: arar, sembrar, regar, desmalezar, cosechar, aventar, moler, amasar y hornear. Cada etapa requería habilidad, buen juicio y un enorme esfuerzo físico. Cuando invertimos tanto trabajo, tendemos a pensar que nuestras propias manos son las únicas responsables de nuestro sustento. Este principio se aplica a todos los logros: cuanto más esfuerzo invertimos, más difícil resulta reconocer la mano de Dios en nuestras vidas. El empresario que trabaja dieciocho horas al día tiene dificultades para admitir que el momento adecuado del mercado hizo posible su éxito. El estudiante que estudia sin descanso se atribuye todo el mérito de sus resultados académicos, olvidando que la capacidad misma de aprender también es un regalo.

Por eso la Torá ordena su bendición más elaborada precisamente después de comer pan: el alimento que combina el mayor grado de satisfacción con el mayor esfuerzo humano. Precisamente en los momentos en que nos sentimos más satisfechos y respecto a aquellos logros en los que hemos invertido enormes energías, debemos recordar que "No solo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Dios" (Devarim 8:3).

Una cerca contra la arrogancia

Rabenu Bejaie y el Rambán, dos grandes comentaristas medievales de la Torá, establecen un interesante paralelismo en sus explicaciones del Birkat HaMazón. Ellos comparan esta bendición con el mandamiento de construir una baranda alrededor del techo de una casa: si tienes una casa con un techo plano, debes instalar vallas alrededor para evitar caídas fatales (Devarim 22:8).

¿Por qué eligieron precisamente esta comparación? De todas las mitzvot que hubieran podido tomar como referencia, ¿por qué conectar a Birkat Hamazón con la seguridad sobre un techo?

Su paralelo sugiere una idea profunda: así como una barrera física evita una caída mortal, las prácticas de gratitud previenen caídas espirituales. La bendición funciona como un mecanismo de protección que entra en acción precisamente cuando el peligro es mayor, manteniéndonos conectados con Dios en el momento en que más podríamos alejarnos.

Una vida de bendiciones

Esta precisión para abordar nuestras vulnerabilidades psicológicas va mucho más allá del pan. Los sabios del Talmud razonaron: si el alimento que requiere el mayor esfuerzo y proporciona la mayor satisfacción exige una bendición, entonces todo lo demás también debería requerirla. Esta lógica transformó la vida judía en una sucesión constante de actos de gratitud consciente. Antes de beber vino, reconocemos a Aquel que "crea el fruto de la vid". Al contemplar un arco iris, alabamos a Quien "recuerda el pacto". Incluso después de usar el baño, damos gracias a Dios por el extraordinario diseño que permite funcionar a nuestro cuerpo.

Estas no son ceremonias vacías, sino prácticas destinadas a reajustar continuamente nuestra perspectiva hacia la verdadera Fuente de la realidad.

Vivir con esta enseñanza

Cuando mi esposa dedica horas a preparar las comidas de Shabat, veo este principio en acción. A pesar del enorme esfuerzo que invierte (planificar los menús, comprar los ingredientes y cocinar elaborados platos) ella concluye el banquete recitando Birkat HaMazón y dirige el reconocimiento hacia su Fuente última:

"Bendito eres Tú, Hashem, Dios nuestro, Rey del universo, que en Tu bondad alimentas al mundo entero con gracia, con bondad y con misericordia..."

La bendición no disminuye su contribución; simplemente coloca su esfuerzo dentro de su verdadero contexto cósmico. Ella se convierte en socia de la creatividad divina, en lugar de considerarse su única autora.

Más allá de la mesa

Pero la bendición después de las comidas no está destinada a quedarse únicamente en la mesa. Nos ofrece un modelo para afrontar todas las satisfacciones de la vida. Después de cerrar un gran negocio, recibir un reconocimiento o alcanzar una meta largamente anhelada, detente por un momento. Reconoce los innumerables factores, visibles e invisibles, que hicieron posible ese instante. Agradece a las personas que contribuyeron, pero reconoce también la Fuente más profunda que orquestó toda esa sinfonía de circunstancias.

En una cultura obsesionada con las historias de éxito de quienes consideran que "se hicieron a sí mismos", esta práctica constituye un poderoso antídoto. No disminuye la capacidad de acción del ser humano, sino que la sitúa en su contexto adecuado: somos poderosos, pero no somos soberanos. Logramos cosas, pero no nos hemos hecho a nosotros mismos. Creamos, pero no somos el Creador.

Esta semana, procura practicar una gratitud consciente en tus momentos de satisfacción y de éxito. Permite que cada logro se convierta en una puerta hacia una conexión más profunda, en lugar de conducir a un mayor aislamiento. Al hacerlo, descubrirás que la verdadera plenitud no proviene de atribuirte todo el mérito, sino de encontrar tu lugar dentro de la magnífica red de la existencia que hace posible cada logro humano.

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