Nuestra Sinagoga fue atacada y nuestros hijos estaban observando
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Hay dos maneras de ver nuestro mundo: como una colección aleatoria de eventos y circunstancias, o como un palacio intrincado elaborado por un Maestro Constructor. Es difícil no reconocer la asombrosa genialidad del diseño, pero… ¿cómo no preguntarnos cómo es posible que un mundo tan bellamente creado contenga tanta confusión y caos? Esta misma pregunta (y más aún, la disposición a formularla) marcó el comienzo de la historia judía.
La porción de la Torá de Lej Lejá comienza con la famosa frase:
“Y Dios dijo a Abram:(1) ‘Lej lejá —Vete por ti— de tu tierra, de tu lugar de nacimiento y de la casa de tu padre, a la tierra que Yo te mostraré’” (Bereshit 18:1).(2) Esta poderosa directiva inicia la travesía de Abraham. Pero, ¿qué provocó su revelación divina? ¿Qué hizo Abraham para merecer ese llamado? Las respuestas las encontramos en un Midrash fascinante (Bereshit Rabá 39) que ilumina este momento crucial:
Rabí Itzjak dijo: Esto puede compararse con un hombre que viajaba de un lugar a otro y vio un palacio en llamas. Él dijo: “¿Es posible que este palacio no tenga un cuidador?” El Dueño del palacio lo miró y le dijo: “Yo soy el Dueño”. Así ocurrió con nuestro patriarca Abraham, quien dijo: “¿Es posible que este universo no tenga un dueño?” El Santo, Bendito Sea, lo miró y le dijo: “Yo soy el Dueño del Universo… Que el Rey se conmueva por tu belleza…” Por eso Dios le dijo a Avram: “Lej lejá, vete por ti…”(3)
Este Midrash está lleno de preguntas, metáforas y misterio. Cada detalle contiene profundas implicaciones para nuestras propias travesías espirituales y responsabilidades. Veamos cinco preguntas clave que revelan su significado más profundo:
Pregunta: ¿Por qué se compara a Abraham con un hombre que viajaba de lugar en lugar?
Nuestros sabios enseñan que antes de este momento de profecía, Abraham probó todas las religiones del mundo y aprendió de los sabios más grandes de su época. Dios solo se reveló cuando Abraham demostró su búsqueda inquebrantable de la verdad.
Conclusión: Si esperamos encontrar a Dios en nuestras vidas, debemos ser firmes en nuestra búsqueda de la verdad y la espiritualidad. Como en el caso de Abraham, el crecimiento espiritual exige búsqueda activa, no aceptación pasiva.
Pregunta: ¿Por qué se compara el universo con un palacio en llamas?
Un palacio sugiere grandeza y diseño meticuloso. Abraham entendió que un mundo tan complejo y magnífico no podía ser fruto del azar. Debía existir un Creador. Además, al llamar al universo un "palacio", vemos que Abraham reconoció el potencial inherente del universo para el bien.
Pero Abraham también comprendió que ese magnífico “palacio” estaba en llamas. Él entendió que algo en el universo estaba profundamente mal y necesitaba reparación.
Conclusión: Para reparar el mundo, primero debemos apreciar su diseño divino y su potencial. Pero tampoco podemos ignorar sus imperfecciones, los “incendios” que lo consumen. El cambio comienza con esta doble conciencia de belleza y quebranto.
Pregunta: Abraham pregunta “¿Quién es el cuidador?” y Dios responde “Yo soy el Dueño”. Si Dios no es el Dueño, ¿quién lo es?
Al ver los problemas del mundo, Abraham levanta las manos y pregunta: “¿Quién está a cargo? ¿Por qué nadie arregla esto?” Dios responde: “Yo no soy el cuidador, Yo soy el Dueño”. La implicación: “¡Tú eres el cuidador! ¡Tu tarea es arreglar el mundo! ¡Para eso te creé! Levántate y actúa”.
Conclusión: Cuando vemos problemas en nuestro mundo, a menudo observamos a quienes están a cargo de nuestros gobiernos, instituciones, incluso a Dios mismo, y preguntamos: “¿Por qué nadie hace algo?” La respuesta de Dios a Abraham nos enseña que nadie vendrá a resolver nuestros problemas. Nosotros somos los encargados que Dios ha designado como los cuidadores del mundo. La responsabilidad es nuestra.
Pregunta: ¿Cómo entendemos la frase al final del Midrash: “Que el Rey se conmueva por tu belleza”?
El Késef Mishné, uno de los comentaristas del Rambam, explica qué hizo a Abraham verdaderamente bello ante los ojos de Dios. Aunque figuras como Adam o Nóaj creyeron en Dios, ellos permanecieron pasivos en su fe. Abraham, en cambio, comprendió que reconocer a Dios implicaba asumir responsabilidad por Su mundo. Cuando Dios lo desafió a manifestar su belleza, Abraham respondió dedicando su vida a despertar conciencia divina a los demás, trabajando activamente para apagar los incendios del palacio de Dios. Esta transformación de creyente pasivo a socio activo en la reparación del mundo fue la belleza que Dios encontró en Abraham.
Conclusión: Nuestra verdadera belleza surge cuando aceptamos nuestro papel como cuidadores del mundo y nos esforzamos por apagar los fuegos que lo amenazan.
Pregunta: ¿Cómo lleva esta interacción a que Dios le diga a Abraham “Lej lejá”?
Aunque Abraham era el único monoteísta en un mundo idólatra, su entorno aún lo limitaba espiritualmente. Su padre fabricaba ídolos, su gobernante (Nimrod) amenazaba su vida y su sociedad se hundía en la corrupción moral. Para cumplir su misión, Abraham debía liberarse de esos patrones. Por eso Dios le ordena: “Lej lejá —sal de tu tierra, de tu lugar de nacimiento y de la casa de tu padre”, deja atrás las limitaciones de tu pasado para cumplir tu destino.
Conclusión: El crecimiento suele requerir que abandonemos nuestras zonas de confort, sean físicas, intelectuales o espirituales. A veces debemos cambiar de entorno, desafiar nuestras suposiciones o alejarnos de influencias negativas para alcanzar nuestro máximo potencial.
Inspirado por la revelación de Abraham, el desafío es dar tres pasos:
Recuerda: Dios espera que cada uno de nosotros note los incendios del mundo y dé un paso al frente como su cuidador. El mundo necesita tu contribución única.
Basado en una clase de mi Rosh Ieshivá, Rav Gershenfeld.
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