3 desafíos urgentes que los judíos debemos enfrentar este año


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El escandaloso incidente que involucró a Janá, la hija de Matitiahu, e instigó la rebelión de los Macabeos.
Dentro de los límites municipales de la moderna ciudad israelí de Modiín, a unos 32 kilómetros al noroeste de Jerusalem, se encuentra una asombrosa excavación de un pueblo del período del rey Herodes (aprox. 37-4 AEC). Pero los restos desenterrados de la sinagoga herodiana tienen secretos aún más fascinantes por revelar, ya que están construidos sobre otra sinagoga del período de los jasmonéos (140-37 AEC), que a su vez está edificada sobre una estructura similar fechada en el período de la Revuelta de los Macabeos (167-160 AEC).
Modiín es la ciudad natal de los héroes de Janucá: Matitiahu y su familia. Es el escenario de la conocida historia relatada en el Libro Macabeos I, en la que tropas de asalto seléucidas (sirio-griegas) intentan coaccionar a judíos para sacrificar un cerdo en un altar pagano. Matitiahu ataca a los soldados y a un colaborador judío antes de retirarse a las colinas con sus hijos y seguidores. Ese incidente fue la chispa de la prolongada rebelión contra la opresión helenista, que llevó a la liberación de Jerusalem, la reafirmación de la soberanía judía y la rededicación del Templo profanado.
¿O no fue así?
El Libro Macabeos I, originalmente escrito en hebreo y traducido al griego, fue compuesto por un autor anónimo, probablemente un judío que vivía en el recién independizado reino jasmoneo establecido por los macabeos. Su crónica no forma parte del canon bíblico judío, pero se considera una fuente confiable para comprender los acontecimientos en Judea comenzando con la ascensión del emperador seléucida Antíoco IV (“Epífanes”) en el año 175 AEC.
Rashi escribe que “los griegos decretaron que todas las vírgenes que se casaran debían primero darse al gobernador y el milagro [de Janucá] fue realizado por medio de una mujer”. ¿A qué incidente se refiere?
La dinastía seléucida, fundada tras la muerte de Alejandro Magno y la división del imperio griego en el año 323 AEC, conquistó la tierra de Israel de manos de sus rivales, los Ptolomeos, alrededor del 198 AEC. Antíoco IV parece haber sido un helenizador comprometido que buscó imponer la cultura griega (y no menos importante, la completa lealtad de los sacerdotes locales y la clase política) en las tierras que gobernaba. Según el Libro de los Macabeos, Antíoco prohibió muchas prácticas judías básicas (como el estudio de la Torá, el kashrut, la observancia del Shabat, la circuncisión y más), y colocó una estatua pagana en el Templo, además de ordenar el sacrificio ritual de cerdos.
En las obras del historiador griego Diodoro Sículo, escritas entre los años 60 y 30 AEC, se menciona que Antíoco IV “intentó por todos los medios abolir [las leyes de los judíos]”. Entre otras cosas, “apagó la lámpara (llamada por ellos eterna) que ardía continuamente en el templo… [y] obligó al sumo sacerdote y a otros judíos a comer carne de cerdo”.
A la luz de la historia de Janucá tal como aparece en el Libro de los Macabeos, un comentario del clásico y autorizado comentarista Rashi (Rav Shlomó Itzjaki, de la Francia medieval) sobre una frase en el Talmud (Tratado Shabat 23a) ciertamente llama la atención. Rashi escribe que “los griegos decretaron que todas las vírgenes que se casaran debían primero darse al gobernador y el milagro [de Janucá] fue realizado por medio de una mujer”.
En el Talmud mismo, unas páginas antes (21b), se nos dice que el milagro de Janucá involucró un único frasco de aceite puro encontrado en el Templo para volver a encender la menorá (posiblemente la “lámpara eterna” mencionada por Diodoro):
¿Qué es Janucá? Nuestros rabinos enseñaron: El 25 de Kislev son los días de Janucá… Cuando los griegos entraron al Templo, contaminaron todo el aceite que había allí. Y cuando los jasmonéos los derrotaron, encontraron solo una vasija sellada con el sello del Sumo Sacerdote, con aceite suficiente para [encender la menorá del Templo por] un solo día. Pero ocurrió un milagro y pudieron encenderla durante ocho días. Al año siguiente, declararon estos [días] como una festividad de alabanza y agradecimiento.
Este es, aparentemente, el origen de los ocho días de encendido de velas que celebramos hoy. Sin embargo, no hay ninguna indicación evidente de que este milagro, según lo que dice Rashi, haya sido “realizado por medio de una mujer”. No obstante, existe una fuente fascinante, menos conocida, que describe sucesos previos a la victoria milagrosa de Janucá y que, de hecho, encaja muy bien con el comentario de Rashi.
La fuente se llama Midrash Maasé Janucá, y una de sus protagonistas más importantes es Janá, la hija de Matitiahu.
El Midrash comienza describiendo a los sirio-griegos conspirando para “dictar decretos severos contra [los judíos] hasta que rechacen a su Dios y abracen la idolatría”. Sin embargo, los judíos ajustan su comportamiento cada vez, intentando adherirse tanto a la ley judía como a los edictos griegos.
Los seléucidas comenzaron prohibiendo las cerraduras en las puertas de los hogares judíos bajo pena de muerte, con el fin de privar “a Israel de dignidad y privacidad, porque una casa sin puerta no tiene dignidad ni privacidad. Cualquiera que quiera entrar puede hacerlo, de día o de noche”. Se nos dice que los judíos “soportaron el decreto durante tres años”.
El siguiente decreto estipulaba que todo judío que poseyera un buey o una oveja debía grabar en sus cuernos: “No tengo porción en el Dios de Israel”. En respuesta, el pueblo “vendió sus animales, fueran puros o impuros, e Israel viajaba a pie”. Dios, a su vez, respondió enviando “ciervos, carneros y todas las especies de aves kasher” directamente a los hogares de los judíos, “porque sus casas no tenían puertas”.
Luego los sirio-griegos llevaron su opresión a un nuevo nivel de invasión:
Cualquiera cuya esposa fuera a sumergirse [en un mikve, necesario para las relaciones maritales], sería ejecutado por la espada. Y quien la viera [yendo a sumergirse] la tomaría como esposa y sus hijos serían esclavos.
Los judíos entonces se abstuvieron de mantener relaciones maritales. Los griegos, al enterarse, dijeron: “Puesto que los judíos no usan sus camas, nosotros las usaremos”.
Dios “hizo que brotaran manantiales de agua en cada hogar, y las mujeres se sumergían en casa, cumpliendo el versículo (Isaías 12:3): ‘Sacaréis con alegría agua de los manantiales de la salvación’”.
Los sirio-griegos declararon que “ninguna novia entraría en la casa de su esposo en su noche de bodas antes de estar con el gobernador local”.
Al ver que su último intento de coaccionar a los judíos para violar sus leyes religiosas no había tenido éxito, los sirio-griegos declararon que “ninguna novia entraría en la casa de su esposo en su noche de bodas antes de estar con el gobernador local”. El Midrash nos dice que esta situación también duró casi cuatro años, “hasta el incidente de la hija de Matitiahu, el Sumo Sacerdote, que estaba comprometida con un hijo de la familia jasmonea llamado Eleazar”.
¿Cuál fue este “incidente”?
Imagina la escena: toda la familia de la pareja y los líderes religiosos y políticos de Israel reunidos para honrar a Matitiahu en la boda de su hija. De repente, durante la comida festiva, la novia se pone de pie, aplaude para pedir atención y luego se arranca el vestido de novia, quedando “expuesta ante todo Israel, y ante su padre, su madre y sus suegros”.
No hace falta decirlo: todos están conmocionados, avergonzados e indignados. Justo cuando los hermanos de Janá están a punto de abalanzarse sobre ella furiosos, ella comenzó a hablar con fuerza:
“¡Escúchenme, mis hermanos y parientes! Se enfadan porque me he mostrado expuesta ante los justos sin cometer ningún pecado, ¿pero no se enfadan de que deba ser entregada a un pagano para ser ultrajada? Deben aprender de Shimon y Leví, los hermanos de Diná, que, siendo solo dos, vengaron el honor de su hermana y destruyeron una ciudad como Shejem, arriesgando sus vidas por el nombre de Dios, y Dios los apoyó y no permitió que fueran avergonzados. Pero ustedes, cinco hermanos (Iehudá, Iojanán, Ionatán, Shimon y Eleazar) y más de 200 jóvenes sacerdotes, confíen en Dios, y Él los ayudará, como está dicho (Shmuel I 14:6): ‘Pues nada impide a Dios salvar’”.
Ella comenzó a llorar y dijo: “¡Amo del Universo! Si no tienes misericordia de nosotros, ten misericordia de la santidad de Tu gran nombre, por el cual somos conocidos, y vénganos ahora”.
Avergonzados y sorprendidos, los hermanos de Janá se detuvieron y formularon un plan para atacar a sus opresores seléucidas. Decidieron presentar a su hermana al “rey” (posiblemente un alto funcionario griego), diciendo que su estatus era tan respetado que era apropiado que pasara la noche con el rey mismo y no solamente con un gobernador local. Con ese engaño, entrarían al palacio, matarían al gobernante, a sus sirvientes y ministros.
El Midrash dice que entonces “se escuchó una voz celestial desde el Santo Sanctorum [en el Templo]: ‘Todo Israel, los jóvenes han triunfado en Antioquía’”. (Evidentemente una referencia a una declaración talmúdica en el Tratado Sotá 33a que dice: “Iojanán el Sumo Sacerdote escuchó una Voz Divina desde el Santo Sanctorum diciendo: ‘Los jóvenes que fueron a hacer la guerra contra Antioquía [o Antíoco] han sido victoriosos’”).
En el Midrash Maasé Janucá se describen algunos milagros, pero solo uno puede decirse que fue realizado debido a una sola mujer, de acuerdo con el comentario de Rashi. Si una rebelión armada exitosa por parte de un puñado de eruditos sacerdotales y sus seguidores contra el equivalente antiguo de los marines estadounidenses es un milagro, entonces Janá fue claramente su instigadora.
La versión del Midrash Maasé Janucá presentada aquí se basa en el texto de Otzar Midrashim, una colección del hebraísta, historiador y erudito ortodoxo Judah David Eisenstein (1854-1956), publicada en Nueva York en 1915. Su versión, a su vez, se basa en “el manuscrito de Múnich”, posiblemente una referencia a una copia manuscrita única del Talmud y otros textos no canónicos de 1342.
Todo o parte del Midrash ha aparecido en otros contextos, tanto antes como después de la publicación de Eisenstein. Se lo menciona en forma poética en piutim (poemas litúrgicos) de Janucá que se remontan a unos 1.000 años atrás. Elementos del Midrash se encuentran en obras de Rav Eleazar de Worms (c. 1176–1238), Rav Iaakov ben Asher de Colonia y Toledo (c. 1270-1340) y el Rambam (Maimónides; c. 1138-1204) de Córdoba y El Cairo.
Una fuente anterior para elementos del Midrash se encuentra en la obra del siglo VIII conocida como Sheiltot de Rav Aja Gaón. La versión en las Sheiltot puede basarse en un comentario sobre la Meguilat Taanit, un texto del siglo I que enumera los días de celebración o éxitos notables del pueblo judío en Israel. La glosa de la Meguilat Taanit proporciona una versión muy breve del Midrash, diciendo que las novias judías estaban sujetas a violación por cualquier soldado seléucida en campamentos militares cercanos. Finalmente, cuando un oficial militar intentó atacar a una hija no nombrada de Matitiahu, sus hermanos se levantaron contra él y finalmente derrotaron a todo el régimen sirio-griego en Israel.
Un aspecto clave del Midrash es el jus primae noctis, la violación legalizada de las novias antes de su noche de bodas por parte de un señor local, rey o gobernador. Aunque la práctica pudo haber estado mucho menos difundida de lo que aparece en la imaginación popular, es mencionada muchas veces en textos que se remontan al menos a la época de la Epopeya de Gilgamesh (c. 1200-900 AEC).
El historiador griego Heródoto (que escribió entre 430 y 424 AEC) menciona una costumbre libia según la cual “todas las mujeres que están por convertirse en novias [son llevadas] ante el rey, para que él elija a las que le parecen agradables”. Alrededor del 280 AEC, ciudadanos etruscos de clase baja (Italia) se rebelaron contra la clase gobernante y, según el arqueólogo e historiador Otto Wilhelm von Vacano, “pusieron a las hijas de los nobles bajo el jus primae noctis…”.
Eso también se menciona explícitamente en el Talmud de Babilonia, Tratado Ketubot 3b, como una razón para instituir un cambio en las costumbres nupciales judías.
Rav Eliézer Shenvald, director de la Ieshivá Meir Harel en la moderna Modiín, señala en El espíritu de los jasmonéos que un ataque contra “la modestia y la santidad del hogar judío” fue un objetivo clave de la estrategia sirio-griega. Eso explica sus decretos contra las cerraduras de las puertas, la inmersión ritual (que permite las relaciones maritales) y el jus primae noctis.
Rav Abraham Itzjak Kook (1865-1935), el primer Gran Rabino de la Tierra de Israel, escribió en su comentario talmúdico Ein Ayá que los griegos consideraban la visión judía de la vida familiar “como el enemigo mortal de su cultura, que defendía el gozo de la vida, los placeres físicos e imaginarios”.
Consecuentemente, Rav Shenvald señala que la tradición del encendido de las velas de Janucá está fuertemente centrada en el hogar de acuerdo con toda la literatura rabínica. La menorá debe encenderse en la puerta del hogar, después de la jornada laboral, con toda la familia reunida. Como escribió Rav Shenvald: “hay una relación especial entre la difusión del milagro y el hogar judío”.
En un sentido más amplio, el Imperio seléucida (como indican las fuentes griegas y judías) estaba luchando contra la autonomía cultural judía. Por eso también intentó prohibir la observancia del Shabat, el estudio de la Torá y la circuncisión, pero el componente más básico de cualquier cultura duradera es, sin duda, la unidad familiar.
Por lo tanto, Janucá nos enseña que la libertad religiosa, los compromisos personales, la justicia social e incluso las aspiraciones nacionales comienzan realmente en el hogar.
Imagen del título por Jules Arsene Garnier
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