Rav Berel Wein: influencias y reflexiones

18/08/2025

6 min de lectura

El destacado historiador describe algunas de las figuras clave que moldearon su perspectiva como rabino comunitario.

Rav Berel Wein, popular líder espiritual, erudito e historiador, falleció en Jerusalem el Shabat pasado, 16 de agosto del 2025, a los 91 años. Que su memoria sea una bendición.

Uno de mis recuerdos más vívidos de la infancia es cuando mi padre me llevó al aeropuerto Midway de Chicago para recibir a Rav Itzjak Halevi Herzog, Gran Rabino de Palestina tras la Segunda Guerra Mundial. Casi todos los rabinos ortodoxos distinguidos de Chicago acudieron ese día al aeropuerto para darle la bienvenida. Recuerdo que descendió del avión con su brillante sombrero de copa, llevando un bastón en una mano y un Tanaj (Biblia) en la otra. Con su barba plateada y su porte aristocrático, irradiaba majestuosidad.

Todos acompañamos a Rav Herzog a la ieshivá, donde pronunció en ídish una conferencia talmúdica de 45 minutos. Aún recuerdo el tema y, aunque todavía no era bar mitzvá, seguí bastante bien su disertación. Después se dirigió a nosotros en inglés. Como había sido rabino en Dublín, hablaba con un ligero acento irlandés, lo que me resultó algo incongruente con su apariencia rabínica de Europa Oriental.

“¿Cómo van a ayudar a reconstruir al Pueblo Judío?”

Rav Herzog nos contó que había estado en el Vaticano y le había pedido al Papa Pío XII que devolviera a los miles de niños judíos que habían sido confiados a instituciones católicas en Europa por padres que intentaban salvarlos del exterminio alemán. El papa se negó rotundamente, alegando que, dado que todos esos niños habían sido bautizados al ingresar en esas instituciones, ahora no podían ser entregados a quienes los criarían en otra fe. Al contar esto, Rav Herzog profundamente conmovido inclinó la cabeza sobre el atril y lloró amargamente. Todos quedamos en shock, sintiendo la magnitud de la tragedia judía de la Segunda Guerra Mundial.

Dedicating the new synagogue building, Miami Beach, 1966En la inauguración del edificio de la nueva sinagoga. Miami Beach, 1966.

Entonces Rav Herzog levantó la cabeza con determinación y miró a los jóvenes allí reunidos. “No puedo salvar a esos miles de niños judíos, pero les pregunto a ustedes: ¿cómo van a ayudar a reconstruir al Pueblo Judío?” Después, cuando pasamos uno por uno para estrechar su mano y recibir su bendición, nos repitió a cada uno: “¿Entendiste lo que te dije? No lo olvides”.

Durante toda mi vida, las palabras de Rav Herzog resonaron en mis oídos y en mi alma. Muchas veces en mi carrera rabínica me he sentido desanimado y abatido. Pero entonces recordaba sus palabras. Ellas me inspiraron y desafiaron continuamente, moldeando muchas de mis decisiones y acciones.

Herman Wouk

Aparte de los dos discursos muy influyentes que escuché de Rav Herzog y de Rav Kahaneman (el Rav de Ponevizh), dos discursos que escuché en banquetes en la década de 1950 impactaron mis aspiraciones y pensamientos.

La primera fue de Herman Wouk, dramaturgo y guionista, ganador del Premio Pulitzer. Él era un judío observante que había triunfado en el mundo exterior, algo poco común en su época. En ese entonces, el mundo judío creía que ningún judío ortodoxo podía tener éxito en la vida estadounidense sin sacrificar la observancia y las creencias de la Torá. La suposición predominante era que para lograr fama y fortuna uno debía integrarse al estilo de vida y las costumbres generales norteamericanas. Considerados un anacronismo, a los judíos ortodoxos se les animaba a mantener un perfil bajo y no provocar conflictos.

Wouk advirtió a su público no tendrían descendientes judíos si no adoptaban un estilo de vida más judío. La audiencia quedó atónita.

En un clima tan anti-ortodoxo, Herman Wouk pronunció una joya oratoria de 45 minutos en defensa del estudio y la observancia de la Torá ante un público mayoritariamente no observante. Él advirtió a su público que no tendrían descendientes judíos si ellos mismos no adoptaban un estilo de vida más judío. La audiencia quedó atónita, pues los rabinos ortodoxos de entonces no se atrevían a ser tan directos. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que la ortodoxia tenía posibilidades de triunfar a lo grande en los Estados Unidos.

Siempre estuve agradecido con Wouk por ese discurso y por su gran libro Este es mi Dios. Esta obra me resultó muy útil en mi carrera rabínica. Debo haber regalado decenas de ejemplares a judíos que no sabían nada de su fe, pero que sentían un impulso interior para al menos descubrir lo que estaban abandonando.

El segundo discurso, pronunciado en un banquete para Beit Midrash LeTorá a principios de los años 50, fue de Rav Pinjas M. Teitz de Elizabeth, Nueva Jersey. La mayoría de los rabinos europeos usaban estas ocasiones para lamentar el estado del judaísmo en los Estados Unidos, especialmente en comparación con la época gloriosa de la vida judía en Europa Oriental. No fue así con Rav Teitz. Él habló de una próxima revolución en la vida judía estadounidense; de una vital ortodoxia en crecimiento; del triunfo de los movimientos de escuelas judías y ieshivot. Su optimismo lo convirtió en un héroe ante mis ojos, y así permaneció durante muchas décadas. Tuve mucho trato con él más tarde en mi vida, y me ayudó enormemente en múltiples asuntos rabínicos. Todo rabino necesita un héroe que lo guíe, y Rav Teitz cumplió ese papel para mí en muchos ámbitos de la vida pública judía.

Apoyar al benefactor

Rav Kahaneman, el Rav de Ponevizh, me pidió ser su chofer durante algunas mañanas por semana mientras recaudaba fondos para su ieshivá. El solo hecho de estar en su compañía era un honor y un placer. Aprendí muchísimo de él acerca de las personas, la vida, la recaudación de fondos y, sobre todo, sobre el conocimiento y los valores de la Torá. Él amaba a todos los judíos (lo cual no es sencillo), y ellos lo amaban a él. Me enseñó que uno debe aceptar insultos y ofensas personales por el bien de la Torá. Fui testigo de muchas hazañas “milagrosas” de recaudación. Él podía obtener dinero de una piedra.

Una reunión en mi casa, en Miami Beach, para reunir fondos para la Ieshivá de Ponevizh. Sentados, de derecha a izquierda, los rabinos Leizer Levin, I. Gruenwald y Iosef Shlomo Kahaneman; de pie, de derecha a izquierda, R. C. Rosenzweig, el Sr. Leo Pappaport, Rav Mordejai Shulman, yo y el Sr. Maurice Goldring.

Durante esos años, conocí a un hombre maravilloso en mi congregación. Era viudo y no tenía hijos, aunque sí tenía sobrinos y sobrinas. Era bastante adinerado, pero a los 55 años ya había sufrido dos ataques al corazón y sobrevivido al cáncer. Sus médicos le aconsejaron pasar los pocos años que le quedaban bajo el sol de Florida en vez las heladas y nieves del norte de Nueva Jersey. Así que se retiró a Miami Beach, donde se convirtió en un líder de nuestra comunidad. Consciente de las predicciones de sus médicos, compró puntualmente un plan de anualidades que le proporcionaría un ingreso generoso hasta los noventa años. Estaba convencido de que moriría antes de esa edad.

Pero Dios dispuso otra cosa, y este hombre llegó a su 90º cumpleaños en buen estado, aún productivo y activo. Pero ya no tenía ingresos, y rápidamente consumió sus ahorros. Ningún banco le concedería una hipoteca debido a su edad. Entonces organicé entregas de comida y otras necesidades para él.
El hombre había apoyado incondicionalmente a la Ieshivá de Ponevizh, dando cada año una donación considerable a Rav Kahaneman. Un día, el Rav me indicó que lo llevara a la casa de este hombre. Le dije que su antiguo benefactor ahora no tenía dinero y que nuestra visita en esas circunstancias lo avergonzaría. Sin embargo, el Rav insistió.

“Ha ayudado generosamente a la ieshivá. Ahora la ieshivá va a devolverle el favor”.

Llegamos y nos sentamos en la sala de la casa del hombre. El Rav anunció con su voz melodiosa y con su maravillosa sonrisa: “Hasta ahora, ha ayudado generosamente a la ieshivá en sus momentos de necesidad. Ahora la ieshivá va a devolverle el favor. Cada mes, la ieshivá le enviará el equivalente de su cheque mensual, y quiero que continúe viviendo como siempre lo ha hecho”. Ante las protestas del hombre, Rav Kahaneman añadió: “Después de 120 años, tú y yo resolveremos este asunto entre nosotros”.

Al salir de la casa de aquel anciano desconcertado, el Rav me dijo: “Una ieshivá también está obligada a realizar actos de bondad y misericordia hacia los demás”. Y eso fue exactamente lo que hizo. Durante los siguientes cuatro años, hasta que el hombre falleció, la ieshivá le envió un cheque mensual.
A su muerte, dejó su casa de Miami Beach a la ieshivá.

Todo es por tu culpa

Durante mis años como administrador rabínico, volé mucho. Siempre parecían ocurrir cosas interesantes en mis viajes, lo que me dio muchas historias de avión. A principios de 1974, cuando el embargo petrolero árabe contra los Estados Unidos estaba en pleno auge, me senté en un avión junto a una empresaria muy elegante. A mitad del vuelo, sin previo aviso, se volvió hacia mí y dijo: “¿Sabe? Todos estos problemas que tenemos son por su culpa”. Estados Unidos sufría una grave escasez de nafta, con largas filas en cada estación de servicio, lo que despertaba mucho antisemitismo. Sin embargo, me sorprendió la naturaleza y el tono de sus palabras.

De alguna manera, le respondí con mucha calma: “No, señora. Puede ser que tenga que ver conmigo, pero definitivamente no es mi culpa”. No dijimos nada más durante el resto del vuelo.

Recuerda: muchas cosas pueden suceder en la sociedad y en la historia humana en las que el pueblo judío puede ser el catalizador, pero de ninguna manera eso nos hace culpables de lo que ocurre. Esta sutileza crucial sustenta toda apreciación inteligente de la historia judía.

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