Recuerdos de vivir en la sucá

05/10/2025

3 min de lectura

En esa choza temporal sentíamos nuestra permanencia.

Cuando el aire se enfriaba y las hojas cambiaban de color, nos mudábamos a nuestra sucá. Era una pequeña choza de lona, de metro ochenta de lado, sin nada especial. Sin ventana, sin agua corriente, sin calefacción, sin una puerta adecuada para mantener alejados a los insectos. En realidad, era una gran incomodidad... ir y venir a la cocina por cada cosa olvidada, los platos y cubiertos chocaban y hacían ruido, la comida caliente se enfriaba antes de poder comerla. Si había llovido la noche anterior, aún caían gotas sobre nuestras cabezas desde las ramas de bambú (el sjaj) dentro de nuestros tazones, platos y comida.

Pero allí éramos felices.

En esa choza temporal sentíamos nuestra permanencia como pueblo. Sentíamos los miles de años que se extendían detrás de nosotros, la historia que nos hizo favorecidos, amados. Sentíamos nuestra conexión con Dios, que es a la vez antigua y eterna. En la sucá recordábamos quiénes habíamos sido para Él. Recordábamos que Él dijo sobre nosotros: “Recuerdo la bondad de tu juventud, cuando me seguiste por un desierto”. Nos recordábamos a nosotros mismos quiénes volveríamos a ser algún día.

En la sucá nos despojábamos de nuestras pretensiones, de nuestras exigencias y de los lujos del mundo que conocíamos adentro. Cuando desaparecían todos los adornos que pensábamos necesitar, nos dábamos cuenta de que no los extrañábamos. En la sucá, reducidos a lo más esencial, comprendíamos que éramos todos iguales. Judíos sentados juntos, recordando juntos.

En la sucá sabíamos lo que era verdad.

Como en el Santo Templo, en nuestra sucá había lugar para todos. Parecía que las paredes se expandían para acomodar a familiares, vecinos y amigos. Con abrigos gruesos nos apretábamos unos contra otros y reíamos cuando los codos chocaban. “¡Entren, entren!”, les decíamos, y ellos lo hacían, y se quedaban también.

El hombro de mi abuelo se apretaba tanto contra el mío que podía sentir la respiración en su pecho. Pensé en todas las chozas temporales en las que él se había alojado, mientras luchaba por sobrevivir en Europa, en Israel y en Norteamérica. Pensé en todas ellas y concluí que la nuestra era la mejor.

Las decoraciones eran primitivas: dibujos de niños cubiertos de nylon y retratos de antiguos rabinos rodeando las paredes. A través de las ramas del sjaj colgaban shofares, tarros de miel y manzanas brillantes. Habíamos hecho lo que pudimos para embellecerla, pero en definitiva seguía siendo una choza. Y eso estaba bien. Así debía ser. En la choza no había charlas de negocios ni de obligaciones. Había sólo risas y cantos, y a veces los ecos de melodías de otras sucot en los patios contiguos. “¿Todavía están ahí afuera?”, gritaban nuestros vecinos jovialmente. “¡Todavía aquí!”, respondíamos.

En la sucá, nosotros, los judíos, sabíamos cuál era nuestro lugar. Sabíamos que éramos diferentes, especiales, elegidos. Que el mundo no nos poseía de ninguna manera y que haríamos lo que siempre habíamos hecho, sin importar el clima, la hora tardía o las miradas escépticas de los demás. En la sucá sabíamos lo que era verdad. Sabíamos que era correcta nuestra lealtad a Su promesa. La dulzura de nuestra celebración, nuestra jalá y miel, nuestra sopa y nuestro canto. Sabíamos la alegría de los niños quedándose despiertos mucho más allá de su hora de dormir para mirar las estrellas titilando a través del sjaj endeble de esa pequeña morada de lona. Sabíamos que los rabinos en las paredes nos sonreían y que Dios mismo nos sonreía mientras esperábamos que Él nos llevara a casa.

La noche avanzaba. A lo lejos retumbó un trueno y me estremecí un poco. “¿No tendrás miedo de un poco de lluvia, verdad?”, preguntó mi zeide. “¡Hemos pasado por cosas mucho peores!”.

Él rió un poco. “Nu”, dijo y sopló su té. Luego se inclinó hacia mí, con intención: “Escucha bien, mamale. Una sucá es como el galut, como este largo, largo exilio. Tal vez no sea tan cómoda, pero nos sentamos. Nos sentamos y esperamos y Le mostramos nuestra espera. Pronto, pronto Él nos hará entrar de vuelta a casa”.

Todo cambia, pero todo sigue igual.

Asentí a mi zeide. Pronto entraremos, dijo, y yo le creí. En la negrura mis párpados se volvían más pesados, los retratos en las paredes se difuminaron, el canto subía y bajaba a mi alrededor. Cerré los ojos solo un momento… y pasaron los años.

Esta noche, en nuestra propia sucá de lona, observo a mi hijo, con los ojos bien abiertos mirando a los rabinos en las paredes, su silla de metal tambaleándose sobre el pavimento irregular de la entrada. El sjaj gotea agua sobre nuestra mesa y estamos apretados unos contra otros. Todo cambia, pero todo sigue igual, pienso. Nosotros, los judíos, somos los mismos; la sucá es la misma, este largo exilio sigue siendo el mismo. Oigo la voz de mi zeide dentro de mi cabeza: “Una sucá es como el galut. Tal vez no sea tan cómoda, pero nos sentamos. Pronto, pronto Él nos hará entrar”.

Y asiento sobriamente porque, después de todos estos años de espera, todavía le creo.

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