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Responsabilidad emocional

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Itró (Éxodo 18-20 )

por Rav Dr. Mordejai Schiffman

¿Cómo es posible que la Torá nos ordene sentir o no sentir ciertas emociones?

Muchos tenemos la impresión de que nuestras emociones son algo que simplemente nos ocurre, en contra de nuestra voluntad y sin que hagamos nada al respecto. Algo o alguien presiona nuestras palancas emocionales, lo cual genera un circuito neuronal en nuestro cerebro y provoca una reacción psicológica, y no hay nada que podamos hacer para evitar que eso ocurra. Mi compañero de trabajo me enoja, mi esposa me hace feliz, el tráfico me pone nervioso y mi vecino me provoca envidia.

La Dra. Lisa Feldman Barret, neurocientífica y psicóloga, etiqueta a esta perspectiva como la visión clásica de las emociones. Esto tiene sus raíces en la antigua filosofía y cuenta con defensores en la psicología moderna. Sin embargo, basándose en décadas de investigaciones, ella argumenta que es completamente incorrecto.

En su libro "La vida secreta del cerebro: Cómo se construyen las emociones", la Dra. Barret describe su teoría de la emoción construida, y afirma que nosotros creamos y construimos nuestras emociones. Somos los arquitectos de nuestras propias emociones a través de nuestras interpretaciones de los eventos, lo cual puede basarse en nuestras experiencias pasadas y en nuestro medio social y cultural. Esta teoría puede darnos fuerza y al mismo tiempo (puede interpretarse) como una causa de ansiedad, porque le otorga a cada persona la responsabilidad por sus propias emociones.

En el siglo XII, Rav Abraham Ibn Ezra se refirió al tema de la responsabilidad emocional y a su relación con el Décimo Mandamiento, la prohibición de envidiar al prójimo. El Ibn Ezra escribió que muchas personas creen que no tienen control sobre sus emociones y, por lo tanto, la Torá no puede ordenarnos qué hacer en asuntos relacionados con la mente. Ellos pueden entender que se legisle un comportamiento, pero no los estados internos de la persona. Sin embargo, el Ibn Ezra argumenta que la Torá puede y de hecho nos ordena regular nuestras emociones, y que efectivamente tenemos control sobre ellas.

El Ibn Ezra provee una parábola con la cual nos puede costar relacionarnos en la era moderna, pero el mensaje sigue resonando. Él argumenta que un pobre que viviera en el siglo XII no desearía casarse con una princesa debido a que le parecería imposible llegar a cortejarla. Él equipara semejante deseo a desear tener alas y volar por el cielo. Dado que esto es imposible, ese pensamiento no llevaría a una emoción. Similarmente, hay ciertas perspectivas, creencias e interpretaciones religiosas que se espera que construyamos y que nos ayudarán a evitar tener envidia de nuestros semejantes. Si creemos firmemente que Dios nos provee con todo lo que necesitamos, y nos esforzamos para llegar a estar satisfechos con nuestra propia porción, entonces no sentiremos envidia. Aunque estas no son creencias sencillas de inculcar, dado que está dentro de nuestro control trabajar sobre ellas, somos considerados responsables por las emociones que experimentamos.

Basados en esta idea del Ibn Ezra respecto a que podemos construir y controlar nuestras emociones, comentaristas posteriores proveyeron diversas estrategias respecto a cómo trabajar sobre el tema de la envidia. Rav Iosef Dov Halevi Soloveitchik en su comentario "Beit Halevi" sugiere que si alguien tiene un fuerte deseo o tentación pero entonces se asusta, la tentación se ahogará debido al miedo. Así también, si alguien tiene temor y reverencia por Dios, ese temor evitará la tentación. Alternativamente, Rav Iaakov Tzvi Meckelenburg sugiere que si nuestro corazón está repleto de amor y pasión por Dios, entonces no quedará lugar para sentir envidia hacia otros.

Si bien estas estrategias pueden parecer demasiado elevadas, ellas colocan nuestras emociones dentro de nuestra capacidad de control. Aunque puede que no sea sencillo y requiera tiempo y esfuerzo lograrlo, podemos trabajar y construir nuestra perspectiva del mundo de forma tal que tomemos la responsabilidad por nuestras propias emociones. Al hacerlo, podremos vivir vidas más sanas espiritual y emocionalmente.





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