Qué haría si yo fuera judío


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Olvídate de la caminata recreativa. Un verdadero camino espiritual es empinado y desafiante.
"Sólo hay dos clases de judíos en el mundo". El rabino se dirigía a un grupo de treinta adolescentes canadienses en una azotea de la Ciudad Vieja de Jerusalem. "Los que están avanzando y los que no".
Sus palabras resonaron en mí. Unos 30 años antes, siendo estudiante universitaria, había abandonado el judaísmo con el que crecí porque lo consideraba totalmente estático. Me lancé en búsqueda de un camino espiritual. Un camino, por definición, te lleva a algún lugar.
Después de 17 años inmersa en religiones orientales, asistí a una conferencia de Rav David Din, de bendita memoria. Él dijo que Halajá, la ley de la Torá, proviene de la raíz que significa “caminar, ir”. “La Halajá es un camino”, afirmó. “Uno avanza por él”.
Esa revelación me golpeó como si fuera un rayo. Si la Torá era realmente un camino espiritual dinámico, yo estaba dispuesta a dar mis primeros y vacilantes pasos en él.
En realidad, la metáfora del camino no es del todo correcta. Puedo recorrer miles de kilómetros de camino, acumular 100.000 millas de viajera frecuente y seguir siendo la misma persona que era cuando comencé, aunque quizás un poco más sabia y un poco más cansada. En un camino espiritual real, lo que cambia es la persona, no el paisaje. Sé que estoy "avanzando" si no soy la misma persona que era hace un año. Un odómetro espiritual mide cambios internos, no distancia externa.
Sé que estoy “avanzando” si no soy la misma persona que era hace un año.
Muchos caminos son planos y rectos. Un verdadero camino espiritual es empinado y, a veces, tiene giros repentinos. El término hebreo para cambio es teshuvá, que significa “retorno”, es decir: cambiar de dirección. Los valores, acciones y prioridades de una persona experimentan un cambio radical. Quien recorre el camino con comodidad está en una caminata recreativa, no en un camino espiritual.
Y aquí está el meollo del asunto. Los seres humanos no somos serpientes. Las serpientes cambian su piel al crecer sin que les duela. Cuando los humanos crecen, deben dejar atrás algún aspecto de su antiguo yo. Esto exige una renuncia dolorosa: renunciar a una parte de lo que fui la semana pasada, a esa piel cómoda que estoy acostumbrada a llamar "yo".
Por ejemplo, si una persona con un temperamento explosivo aspira a enojarse menos, debe cambiar su reacción automática ante los eventos que la alteran. En el proceso de superar este rasgo negativo, deberá hablar y actuar de forma diferente a como lo ha hecho toda su vida. Ese esfuerzo por romper patrones habituales requiere no sólo trabajo duro, sino también el deseo de ser diferente, de dejar atrás su carácter fogoso y familiar.
Para que un ser humano crezca realmente en lo espiritual, debe romper la barrera de la comodidad.
Esto puede ser aterrador, y a veces, emocionante.
Durante mi decimoquinto año viviendo en un ashram de estilo hindú, una comunidad espiritual en los bosques de Massachusetts, se me concedió una licencia de ausencia por dos meses. Pasé ese tiempo estudiando Torá con un rabino en Nueva York y en un momento, decidí comprometerme a observar las mitzvot de la Torá.
El único problema era que no tenía la intención de dejar el ashram, donde trabajaba a tiempo completo como secretaria personal de la Gurú y administradora del lugar. Yo dirigía el departamento editorial, estaba a cargo de las inversiones y enseñaba Vedanta durante las frecuentes ausencias de la Gurú. El ashram no sólo establecía los parámetros de mi camino espiritual, sino de toda mi vida. No tenía otro hogar, ni amigos, ni carrera. Dejar el ashram era impensable.
Mi impasible rabino no se inmutó. Al regresar de una conferencia en Vermont, hizo un desvío conmigo hacia la casa de retiro privado de mi Gurú en Cape Cod. Durante una conversación de una hora con ella, le expuso todos los requisitos de un judío observante de la Torá. Mi Gurú, totalmente reacia a perderme, aceptó todo. Me construiría una cabaña con una cocina kosher propia. El sábado sería mi día libre. En cuanto a la adoración de ídolos en el santuario interior, yo quedaría exenta de esa función para siempre.
Me sentí aliviada al llevar al rabino de regreso a Nueva York. Podía ser una judía observante sin tener que perder nada de lo que apreciaba.
Cuando llegó el momento de volar de regreso al ashram, me sentía tan desgarrada como si estuviera en el potro de la Inquisición.
Extendí mi licencia de ausencia por otros dos meses y me fui a estudiar Torá a Jerusalem durante el verano. Cuando llegó el momento de regresar al ashram, me sentía tan desgarrada como si estuviera en el potro de la Inquisición. Mi voluntad era regresar a mi vida habitual en el ashram, donde gozaba de cierto estatus, prestigio y seguridad. La voluntad de Dios era que practicara la Torá en Jerusalem, donde era una principiante de treinta y siete años, ignorante de las cosas básicas que allí podía explicar cualquier niño de seis años.
No tenía dinero, ni perspectivas laborales (imagina mi currículum: 1970–1985 secretaria de un ashram), ni seguro médico. Tampoco tenía garantía de que encontraría a alguien con quien casarme. Había conocido muchas mujeres más guapas que llevaban años aquí y seguían solteras.
En mi mente resonaban las palabras de la novela "San Francisco", de Nikos Kazantzakis. Francisco visita a un anciano santo y le pregunta: “¿Cuál es el camino?” El anciano responde: “No es un camino. Es un abismo. Salta”.
Salté.
Dos años y medio después, cuando mi hermano vino a visitarnos a mí, a mi esposo y a nuestra hijita en Jerusalem, me dijo: “Eres como un gato. Saltas desde lo alto de los edificios y siempre caes de pie”.
Lo corregí: “Caigo en los brazos de Dios”.
Esto no significa que una persona que aspira a crecer en el judaísmo deba cambiar cada aspecto de su vida. Sólo un cambio es necesario, pero es absolutamente esencial: el aspirante debe salir del asiento del director y colocar allí a Dios.
En cada decisión, grande o pequeña, el factor decisivo debe ser la voluntad divina, y no la propia.
Por supuesto, para quienes fuimos educados en el humanismo secular, esto requiere una revolución copernicana. Se nos ha condicionado a creer que el individuo es el centro del universo. Renunciar a mi voluntad por otro, incluso —o especialmente— por Dios, es la máxima herejía en la religión del humanismo secular.
Se nos ha condicionado a creer que el individuo es el centro del universo.
El editor de National Review, David Klinghoffer, en su elocuente y provocador libro The Lord Will Gather Me In, relata su visita, ya adulto, al rabino reformista de la sinagoga donde creció. Klinghoffer, luchando con el mismo tema, buscaba clarificar la posición reformista sobre la naturaleza obligatoria de la Torá. El rabino le explicó: “…la decisión de obedecer o no la Torá se basa en lo que yo considero significativo y relevante. El movimiento reformista interpreta la tradición judía diciendo que el Pacto permite la elección individual informada.” Klinghoffer lo resume así: “En otras palabras, ser reformista significa hacer lo que uno quiere”.
Pero crecer —en cualquier camino espiritual— implica hacer a veces, o con frecuencia, lo que uno no quiere. Esa es la barrera de la comodidad que debe superarse en todo camino espiritual serio.
Para un judío que cree que Dios reveló Su voluntad en la Torá, esto significa:
Cada día, a veces cada hora, plantea desafíos y oportunidades de crecimiento. Para los judíos religiosos y no religiosos por igual, el imperativo es dar el siguiente paso, más allá de la zona de confort. La complacencia es lo opuesto al judaísmo.
El imperativo de crecer y cambiar se aplica a todos, incluidos aquellos que han sido observantes durante décadas o que nacieron en familias observantes. La teshuvá, el proceso de retornar, es una obligación diaria para todo judío.
La Mishná dice: “Haz teshuvá el día antes de morir”. Como obviamente nadie sabe qué día va a morir, la implicación es que uno debe hacer teshuvá todos los días.
Recuerdo un Iom Kipur unos cuatro años después de haberme hecho baalat teshuvá, es decir, después de dejar el ashram y comenzar a vivir como judía observante en Jerusalem. Todo el tema de Iom Kipur es hacer teshuvá, cambiar nuestros caminos, para que Dios nos conceda el regalo del perdón. Ese Iom Kipur me desperté de pronto y me di cuenta que tenía que hacer teshuvá otra vez. Me había estado dejando llevar, descansando en los laureles después del gran esfuerzo de cambiar toda mi vida. Ya había hecho teshuvá, pensé, ¿entonces para qué eran esas 400 páginas del servicio de Iom Kipur? Me sentía cómoda en mi nuevo estilo de vida.
De pronto experimenté esa misma sensación de vértigo que en mi primer día de universidad, cuando me di cuenta (después de esforzarme como una fiera durante cuatro años de secundaria para ser admitida en una universidad de élite) que ahora tenía que volver a estudiar duro para entrar a un buen posgrado. Ese Iom Kipur, de pie en la sinagoga, comprendí que la lucha por ser mejor, más amable, más paciente, más aceptadora de la voluntad de Dios, nunca termina. El camino tiene mesetas, pero su punto final se aleja como el horizonte.
Cuentan una historia sobre William James, profesor de Psicología en Harvard hace casi un siglo. Al final de una de sus conferencias públicas, un hombre del público se le acercó.
“Profesor James”, comenzó el hombre. “Fui su alumno hace diez años, y lo oí dar una conferencia sobre exactamente el mismo tema. Pero lo que dijo esta noche contradice totalmente lo que dijo entonces”.
“Mi buen señor”, respondió James. “¿Cree usted que me he quedado quieto?”
“La falsa coherencia es el espantajo de las mentes pequeñas.”
Crecer requiere el valor de reexaminar nuestras suposiciones y valores, de admitir que quienes somos hoy no es lo mejor que podemos ser, y a veces exponernos a la acusación de contradecir nuestras propias posturas. Como dijo George Bernard Shaw: “La falsa coherencia es el espantajo de las mentes pequeñas”.
Cada uno debe crecer, cambiar, esforzarse por ser una mejor persona y un mejor judío que la semana pasada. En estos tiempos difíciles, sólo podemos permitirnos ser un tipo de judío: el que está avanzando.
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