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Secretos sucios

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Ki Tavó (Deuteronomio 26:1-29:8 )

por Rav Ari Kahn

Los secretos cometidos a puertas cerradas provocan corrosión interna.

¿Qué provoca que una sociedad se descomponga? ¿Qué ofensas llevan a la destrucción política? ¿Qué clase de comportamiento hace que una sociedad pierda su derecho a existir? En cierto sentido, este es el tema principal del libro de Devarim. Las palabras de despedida de Moshé contienen abundantes advertencias contra los pecados que resultarán en el exilio de la tierra que están a punto de heredar. De hecho, las advertencias y las reprimendas de Moshé comprenden una parte tan grande del texto que es difícil "clasificarlas" en términos de su destructividad.

Moshé instruye al pueblo sobre un ritual singular que deben realizar al ingresar a la Tierra de Israel. Todas las tribus tienen que organizarse en dos campamentos, parados sobre dos colinas enfrentadas. Allí, toda la nación jurará lealtad a Dios declarando su compromiso general e individual con las leyes y las costumbres de la Torá. Este evento fundamental parece ser perfectamente lógico. Al comenzar la siguiente etapa de su vida como nación en su tierra natal, parece apropiado que haya una reformulación y ratificación de su "constitución". Sin embargo, este ritual no culmina con una declaración general de propósito, sino que se proclaman y aceptan o afirman once leyes específicas.

Quizás de forma predecible, la primera de estas once leyes es la prohibición de idolatría. A pesar de que esta prohibición ya fue enseñada muchas veces, la formulación precisa en este caso es un poco sorprendente:

"'Maldito el que haga una imagen tallada o de fundición, lo que es abominable para Hashem, incluso si es una pieza de fina escultura, y la coloca en un lugar oculto'. Y todo el pueblo responderá: 'Amén'" (Devarim 27:15)

El escenario es dramático, y el uso de una "maldición" sin duda agrega color. Sin embargo, el contenido de esta maldición parece limitarse a sí misma: la prohibición de hacer idolatría nunca antes estuvo limitada a imágenes grabadas en "un lugar oculto".

La segunda "maldición" prohíbe faltar el respeto a los padres. La progresión parece seguir un patrón reconocible, reminiscente a los Diez Mandamientos. Sin embargo, las tres siguientes maldiciones se refieren a leyes que no encontramos en los Diez Mandamientos: correr el marcador de los límites, engañar a los ciegos y pervertir la justicia a los desprotegidos. Si bien podemos tratar de hacer "encajar" estas leyes dentro del marco de los Diez Mandamientos, no es tan sencillo.

Las cuatro maldiciones siguientes se refieren a pecados sexuales, y después de ellos una vez más hay una ley que se refiere a algo oculto o secreto.

"'Maldito el que golpee a su prójimo en secreto'. Y todo el pueblo responderá: 'Amén'". (Devarim 27:24)

La penúltima maldición es para la persona que acepta un soborno, seguido por una declaración más general:

"'Maldito el que no mantenga con firmeza las palabras de esta Torá, para cumplirlas' Y todo el pueblo responderá 'Amén'".

Aunque no es sorprendente que se señale de forma particular a la idolatría y a los pecados sexuales (aunque no necesariamente los pecados sexuales particulares aquí mencionados), no podemos dejar de sorprendernos por el énfasis que esta lista coloca en las cosas que están ocultas. Por lo general, cuando imaginamos las transgresiones que pueden llevar al colapso de una sociedad, nuestros pensamientos gravitan hacia cosas que van mal en la esfera pública. La profanación pública de lugares sagrados, corrupción de instituciones públicas, incluso la depravación en público parecen ser cosas mucho más peligrosas para la sociedad que lo que ocurre en la privacidad del hogar. Sin embargo, las transgresiones que deben proclamar en esta asamblea fundacional son precisamente las contrarias. Este énfasis inesperado tiene la intención de enseñarnos una importante lección: cuando se trata de la desviación pública de la ley, el sistema judicial ordenado por la Torá es capaz de enfrentar el problema, pero el pecador secreto constituye la peor amenaza a la estabilidad de la sociedad.

Los pecados secretos, los pecados cometidos detrás de puertas cerradas, provocan corrosión moral desde adentro. Estos pecados no llegan a los ojos ni los oídos públicos, pero son precisamente ellos los que dañan el cuerpo público, de a un individuo a la vez. La disonancia entre la fachada pública y la vida privada en ruinas erosiona la dedicación y la identificación del individuo con lo colectivo, y la sociedad no puede mantenerse mucho tiempo cuando se sostiene sobre endebles pies de barro.

Antes de comenzar con la grandiosa empresa de vivir como una nación sagrada en una tierra sagrada, era necesario efectuar una declaración pública, un compromiso público con la decencia y la santidad de la vida personal de cada individuo. Las tentaciones en la nueva tierra serían abundantes, y los capítulos previos del libro de Devarim establecieron el mecanismo para crear una colectividad sagrada: cortes y jueces, una fuerza policial y sanciones. Sin embargo, en el nivel individual, en la privacidad del hogar o de la mente, la racionalización y la justificación del pecado son un peligro mucho mayor. Por ello, desde el comienzo, cada miembro de la nación debía participar en un ritual que reforzaba su entendimiento de las consecuencias del pecado en el nivel más personal. En vez de dar una lista de las sanciones legales que recibirían, la parashá Ki Tavó enmarca las consecuencias en términos de maldiciones. Las repercusiones del pecado privado se enmarcan en los términos más privados. La doble vida de quien peca en secreto es una vida maldita que socava la conexión del individuo con la sociedad y eventualmente carcome las bases mismas de la sociedad.

El antídoto para este efecto dominó de disonancia y falta de cohesión es la responsabilidad mutua. La simbiosis entre el individuo y la sociedad debe estar en primer lugar en nuestra consciencia al construir nuestra nueva sociedad. Por lo tanto, el pueblo debía pararse en las dos colinas enfrentadas, en una disposición especialmente diseñada de individuos, familias, tribus y todo el pueblo, porque su compromiso debía ser en cada uno de estos niveles. La responsabilidad de cada uno con todos y de lo colectivo con cada individuo es muy profunda. Todos estamos en el mismo bote. Si yo hago un pequeño agujero en mi cuarto privado, el bote se llena de agua y todos están en peligro.



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