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Sentir la historia

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Ki Tavó (Deuteronomio 26:1-29:8 )

por Rav Jonathan Sacks

Ki Tavó comienza con la ceremonia cuando llevaban los primeros frutos al Templo. La Mishná (Bikurim 3) trae un relato detallado de lo que sucedía:

Quienes vivían cerca de Jerusalem llevaban higos y uvas frescas, quienes vivían más lejos llevaban higos secos y pasas de uva. Delante de ellos marchaba el buey, con sus cuernos revestidos de oro y con una corona de hojas de olivo sobre la cabeza.

Delante de ellos iban tocando una flauta hasta que llegaban cerca de Jerusalem. Cuando se acercaban a Jerusalem, enviaban mensajeros y engalanaban sus primicias. Los gobernantes, los magistrados y los tesoreros del Templo salían a recibirlos. De acuerdo con el honor que merecían quienes llegaban, salían a recibirlos. Todos los artesanos de Jerusalem solían levantarse por ellos y saludarlos, diciendo: "Hermanos, hombres que llegan de tal y tal lugar, sean bienvenidos".

Seguían tocando para ellos la flauta hasta que llegaban al Monte del Templo. Cuando llegaban al Monte del Templo, incluso el rey Agripas se colocaba la canasta sobre su hombro y entraba hasta el patio del Templo…

Era una ceremonia magnífica. Sin embargo, en un contexto histórico, el aspecto más significativo era la declaración que debía efectuar cada individuo:

"Mi padre fue un arameo errante que descendió a Egipto con unas pocas personas y vivió allí y se convirtió en una gran nación, poderosa y numerosa… Entonces Dios nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, con gran pavor y con señales milagrosas y maravillas" (Deuteronomio 26:5-10)

Este pasaje es muy conocido. Forma parte del texto de la Hagadá que leemos en el Séder de Pésaj. Sin embargo, que sea tan conocido no debe ocultar su carácter revolucionario. Al escuchar estas palabras, estamos ante la presencia de una de las más grandes revoluciones en la historia del pensamiento.

Los antiguos veían los dioses en la naturaleza, sobre todo al pensar en la cosecha y todo lo que la acompañaba. La naturaleza no cambia. El tiempo natural es cíclico: las estaciones del año, el movimiento de los planetas, el ciclo de nacimiento, muerte y nueva vida. Cuando los antiguos pensaban en el pasado, no era un pasado histórico sino un pasado mítico/metafísico/cosmológico. El tiempo primigenio antes del tiempo, cuando el mundo se formó a partir de la lucha entre los elementos.

Eso es exactamente lo que no ocurrió en el antiguo Israel. Podría haber sido de otra manera. Si el judaísmo hubiese sido una clase diferente de religión, quienes llevaban las primicias podrían haber recitado un cántico de alabanza a Dios como el autor de la creación y Quien mantiene la vida. Encontramos varios de estos cánticos en el Libro de los Salmos:

Canten al Eterno con agradecimiento, hagan música para Dios con el arpa. Él cubre el cielo con nubes, él provee lluvia a la tierra y hace que crezca el pasto en las montañas, y el pan que mantiene su corazón (Salmos 147:7-8)

El significado de la declaración por los primeros frutos es que no se trata de la naturaleza sino de la historia: un bosquejo en miniatura de la secuencia de eventos desde los días de los patriarcas hasta el éxodo y luego la conquista de la Tierra. Iosef Jaim Ierushalmi hizo el mejor análisis de la transformación intelectual que esto implicó:

El antiguo Israel fue el primero que asignó un significado decisivo a la historia y de esta manera forjó una nueva perspectiva del mundo… De repente, por así decirlo, el encuentro crucial entre el hombre y lo divino se desplazó del reino de la naturaleza y el cosmos al plano de la historia, ahora concebida en términos del desafío divino y la respuesta humana… Los rituales y festividades del antiguo Israel ya no eran principalmente repeticiones de arquetipos míticos destinados a aniquilar el tiempo histórico. Cuando ellos evocan el pasado, no es el pasado primitivo sino el pasado histórico, en el que se cumplieron grandes y críticos momentos de la historia de Israel… Sólo en Israel y en ninguna otra parte, se siente el mandato de recordar como un imperativo religioso para todo el pueblo ("Zakhor: Jewish History and Jewish Memory", págs. 8-9).

Esta historia no era académica, el campo de los eruditos o de una elite literaria. Pertenecía a todos. La declaración era recitada por todos. Conocer la historia de nuestro pueblo era una parte esencial de la ciudadanía en la comunidad de fe. No sólo eso, sino que además se decía en primera persona: "Mi padre… Entonces Dios nos sacó de Egipto… Él nos trajo a este lugar". Esta internalización de la historia fue lo que llevó a los Sabios a decir: "En cada generación, cada persona debe verse a si misma como si ella personalmente hubiera salido de Egipto" (Mishná Pesajim 10:5). Esto es la historia transformada en memoria.

Ser un judío es ser parte de una historia que se extiende a lo largo de cuarenta siglos y prácticamente en todos los países sobre la faz de la tierra. Como dijo Isaías Berlin:

Todos los judíos que son conscientes de su identidad como judíos están inmersos en la historia. Tienen memorias más largas, son conscientes de una continuidad más larga como comunidad que cualquier otro que haya sobrevivido… Cualesquiera que sean los factores que puedan haber entrado en la amalgama única que aunque los judíos no siempre reconocen, el resto del mundo reconoce de forma instantánea como judía, la consciencia histórica, el sentido de continuidad con el pasado, es una de las más poderosas (Against the Current, pág. 252).

A pesar del énfasis que el judaísmo tiene sobre lo individual, tiene un sentido distintivo respecto a qué es esa individualidad. No estamos solos. En el judaísmo no hay una sensación de individualidad atómica, del ser por y en sí mismo, tal como encontramos en la filosofía occidental a partir de Hobbes. En cambio, nuestra identidad está conectada horizontalmente con otros individuos: nuestros padres, esposos, hijos, vecinos, miembros de la comunidad, otros ciudadanos, otros judíos. También estamos unidos verticalmente con aquellos que nos precedieron, cuya historia volvemos propia. Ser judíos es ser un eslabón en la cadena de las generaciones, un personaje en un drama que comenzó mucho antes de que naciéramos y que continuará mucho después de nuestra muerte.

El judaísmo insiste que la memoria es esencial para la identidad. No llegamos de la nada y nuestra historia no termina con nosotros. Somos hojas en un árbol antiguo, capítulos de una larga y bien escrita historia, una letra en el rollo del libro del pueblo del Libro.

Hay algo trascendental en esta sensación histórica. Ella refleja el hecho de que a los seres humanos les lleva tiempo aprender, crecer, superar los instintos a menudo disfuncionales y destructivos, alcanzar la madurez moral y espiritual y crear una sociedad digna y generosa. (Todo esto es uno de los grandes temas de la Biblia). Por eso, el pacto se extiende a lo largo del tiempo y por eso, de acuerdo con los Sabios, los únicos garantes adecuados del pacto en el Monte Sinaí, fueron los niños que iban a nacer.

Esto es lo más cerca que podemos llegar a la inmortalidad en la tierra: saber que somos los guardianes de las esperanzas de nuestros antepasados y los fideicomisarios del pacto para el futuro. Eso era lo que sucedía en los tiempos del Templo, cuando la gente llevaba sus primicias a Jerusalem y en lugar de celebrar la naturaleza, celebraban la historia de su pueblo desde los días en que "Mi padre era un arameo errante", hasta el presente. Como dijo Moshé en sus últimas palabras para la posteridad:

Recuerda los días de antaño, consideren las generaciones pasadas. Pregunta a tu padre y él te declarará; a tus ancianos y ellos te lo explicarán (Deuteronomio 32:7)

Ser judíos es saber que la historia de nuestro pueblo vive en nosotros.




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