Shavuot y el regalo de ser judío

11/06/2024

3 min de lectura

No importa dónde estás ni dónde has estado, siempre puedes volver a casa.

Hace algunos años, tuve que tomar un vuelo a último momento para volver a casa porque mi padre estaba gravemente enfermo. En esa época vivíamos en Israel y hasta que llegué al aeropuerto Ben Gurión no me había dado cuenta de que mi pasaporte estadounidense estaba vencido.

"Bueno, puede salir, pero no sé cómo va a entrar cuando regrese", me dijo el oficial de seguridad al devolverme mi pasaporte ya vencido. Aturdida, pasé el control de seguridad y llamé a mi madre desde la puerta de embarque en un estado de pánico que iba incrementando.

"Sólo sube al avión. Voy a pensar qué hacer mientras viajas", me aseguró. Y de alguna manera, sabía que lo haría.

Para entonces, mi madre había sido jueza de una Corte Suprema durante muchos años, y ella me esperaba en la puerta del avión con un equipo de seguridad que nos ayudó a pasar el control de pasaporte en tiempo récord. En ese momento, estaba tan estresada y sufriendo anticipadamente por mi duelo que di por obvia toda la situación. Pero años más tarde, muchas veces pensé en ese momento cuando salí del avión y encontré a mi madre en la puerta.

Mientras yo lloraba sobre su hombro, ella murmuró a mi oído: "Resulta que no siempre necesitas un pasaporte para volver a casa".

Tienes un hogar, siempre

Uno de los más grandes regalos es tener siempre, sin importar en dónde estés, un hogar al que puedes regresar, sin que te formulen preguntas. Y más que un lugar físico, el hogar judío en el que fui educada me brindó un espacio profundo y espiritual de pertenencia que me ha acompañado donde quiera que haya ido. Me ha dado los valores que me enseñaron a tratar a los demás con compasión y a vivir una vida con propósito que trasciende los límites finitos de mí misma. La sabiduría del judaísmo me dio las palabras y el aliento para construir una conexión con Dios cada día de mi vida. Me ha dado la disciplina para seguir adelante incluso cuando no puedo ver cómo moverme. Estuvo para mí en la Universidad de Pensilvania donde luché con las complejas preguntas de la vida que no tienen respuesta. Estuvo para mi cuando comencé mi carrera y cuando me casé y no podía entender cuál era mi lugar en este mundo. Estuvo para mí cuando nacieron nuestros hijos, y no sabía cómo educarlos en un mundo que parece más peligroso a cada instante.

Y estuvo para mí a lo largo de incontables años de desafíos y alegrías y todo lo que está entremedio. Por supuesto, todavía tengo preguntas para las cuales no tengo respuestas. Todavía no siempre estoy segura de adónde estoy yendo. Pero tengo en mi interior un espacio que llamo hogar que es profundo y suficientemente vasto para abarcar toda la inevitable incertidumbre al lado del profundamente arraigado regalo de mi fe.

No hay otro regalo como este espacio. Un lugar que nos conecta con nuestros abuelos y bisabuelos con tradiciones y plegarias que nos han mantenido durante generaciones por todo el mundo. Un espacio que cuenta con la pausa sagrada del Shabat y un tiempo valioso con nuestras familias. Un espacio que nutre constantemente la esperanza que está profundamente impregnada en nuestra fe de que mañana habrá para nosotros una segunda oportunidad.

Tejido conectivo

Desde el 7 de octubre, ese espacio dentro de cada uno de nosotros se ha expandido infinitamente. Nos ha conectado profundamente los unos con los otros. Hemos compartido nuestras tragedias más espantosas pero también nuestros más profundos momentos de alegría. Para muchos hubo una profunda sensación de estar retornando a nuestras identidades judías que quizás durante demasiado tiempo estuvieron ocultas en el trasfondo. A pesar de las protestas, el dolor continuo y la óptica distorsionada de otros países, hemos encontrado una forma de aferrarnos los unos a los otros y a nuestras identidades como nunca antes lo habíamos hecho.

Ahora celebraremos la festividad de Shavuot, en la que recordamos ese momento hace miles de años cuando estuvimos todos juntos al pie del Monte Sinaí y recibimos el sagrado regalo de la Torá. Ese día, nuestras almas se unieron como una sola porque todas volvieron a casa, al lugar al que siempre han pertenecido.

Este es el primer año en el que siento que realmente existe un hilo invisible que conecta de nuevo a todas nuestras almas por todo el mundo. Tráiganlos a casa ahora. Esta conexión está dentro de cada uno de nuestros corazones cuando cerramos los ojos por las noches, y está de nuevo en el momento en que nos despertamos.

Este es el regalo de ser un judío hoy. No hay un lugar más valioso que el hogar dentro de cada uno de nosotros, donde podemos aferrarnos los unos a los otros y a Dios. Él siempre ha estado esperándonos con los brazos abiertos, sin importar dónde hayamos estado. Tráiganlos a casa ahora. Tráigannos a todos a casa. Ha habido un espacio durante miles de años adonde siempre has pertenecido, que te está esperando. Y resulta que no siempre necesitas un pasaporte para volver a casa...

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Natalia Labzovskaya
Natalia Labzovskaya
12 días hace

Bello artículo! Lo siento muy profundamente.

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