Simjat Torá en una sinagoga cantonista

12/10/2025

3 min de lectura

Una historia verdadera de Simjat Torá.

Aproximadamente cada seis meses, un rabino venía a mi casa para solicitar una modesta contribución destinada a apoyar un poblado de inmigrantes que él mismo había ayudado a construir en Israel, un lugar pensado para recibir a los recién llegados de Rusia. Su voz vibrante y aguda, junto con sus ojos alegres y danzantes, desmentían los profundos surcos de su frente, marcados dolorosamente por décadas de castigo a manos de las autoridades comunistas, por el terrible “crimen” de ser un judío observante en la Unión Soviética de los años cincuenta, sesenta y principios de los setenta.

Con el tiempo, aquella visita se convirtió en un pequeño ritual. Yo le preguntaba al diminuto rabino si quería comer algo, y él siempre respondía en su ídish con acento ruso: “Quizás, sólo un vaso de té”. Mi esposa le servía una taza humeante de infusión color ámbar oscuro, acompañada de una generosa rebanada de pastel casero. Ambos parecían devolverle un poco de fuerza, enderezando sus hombros encorvados. Era evidente que, tras recorrer casa por casa en busca de donaciones, había pasado bastante tiempo desde su última comida completa.

Él levantó la vista, me sonrió con dulzura y dijo: “¿Sabes que existió una sinagoga de cantonistas?”.

Recordé entonces las historias que había escuchado de niño, relatos sombríos y heroicos de uno de los capítulos más duros —y a la vez más dignos— de la historia judía.

A aquellos niños los arrancaban de los brazos de sus padres. Los torturaban una y otra vez hasta que aceptaban convertirse al cristianismo… o morían a causa de sus heridas.

Los cantonistas eran niños judíos que, entre 1825 y 1840, fueron reclutados a la fuerza por el ejército del zar Nicolás I. Muchos tenían apenas diez años. Eran obligados a servir durante veinticinco años, en un intento de “reeducarlos” y asimilarlos a la sociedad rusa. Las autoridades imperiales consideraban aquello una manera de “corregir” a los obstinados judíos. Los pequeños eran secuestrados de sus hogares, sometidos a torturas, y constantemente presionados para que abandonaran su fe.

Los hacían pasar hambre, los golpeaban, los azotaban con látigos fabricados con las correas de sus propios tefilín —las filacterias que los judíos observantes colocan en brazos y cabeza durante la oración—, confiscados cruelmente. En su estado de desnutrición, las heridas abiertas en pecho y espalda se infectaban. Muchos niños, que resistían heroicamente durante meses sin renunciar a su judaísmo, terminaban muriendo o cediendo al falso bautismo. El zar quería un ejército de rusos cristianos, leales y uniformes, para defender su imperio.

Para evitar este destino atroz, algunos padres que vivían escondidos en los bosques llegaban a cometer actos desesperados: amputaban los miembros de sus hijos con ayuda de herreros locales, con tal de volverlos inelegibles para el reclutamiento. Otros niños, trágicamente, se quitaban la vida antes que renegar de su identidad.

Se calcula que unos cuarenta mil jóvenes judíos fueron forzados a servir en el ejército de Nicolás I. Muy pocos lograron sobrevivir manteniendo su fe.

Y aun aquellos que, milagrosamente, conservaron en secreto su judaísmo y regresaron con sus familias después de veinticinco años de servicio, fueron recibidos con desconfianza, vistos como traidores por una comunidad que no comprendía del todo el precio que habían pagado.

“En realidad, los cantonistas tenían su propia sinagoga”, continuó el rabino. “Después de todo, no tenían a dónde más ir”.

“Mi abuelo me contó que una vez asistió a la sinagoga de los cantonistas en Simjat Torá —la festividad que celebra la conclusión y el reinicio del ciclo anual de lectura de la Torá—. Aquellos hombres podían bailar como cosacos. Eran gigantes, fuertes como robles, y los pesados rollos de la Torá parecían escarbadientes en sus brazos. Bailaban sin descanso durante horas. Aunque eran menospreciados por otros judíos, y no eran muy instruidos ni podían observar la Torá con precisión, aun así sabían regocijarse en su judaísmo. Celebraban con una alegría pura, casi salvaje. Era algo realmente asombroso”.

El rabino hizo una pausa, el tiempo justo para sumergir un terrón de azúcar en la taza aún humeante. Colocó el terrón en su boca y bebió un largo sorbo de té.

“Entonces, durante la última hakafá —la vuelta final alrededor del atril central de la sinagoga—, los cantonistas, como si hubieran ensayado, se quitaron las camisas al mismo tiempo. Con los rollos de la Torá pegados a su piel desnuda, cubierta de cicatrices y llagas horribles, comenzaron a bailar con aún más fuerza. Sus sonrisas se transformaron en ríos de lágrimas mientras miraban hacia la multitud reunida, como diciendo: ‘Ustedes tal vez estudiaron y observaron esta Torá, pero nosotros entregamos nuestros cuerpos y nuestras vidas por ella. ¡La Torá es tan nuestra como de ustedes!’”.

Cuando dejó la taza sobre el plato, su mano temblaba, y el leve golpeteo del porcelanato llenó el silencio.

Secándose una lágrima con la servilleta, el rabino murmuró: “En el mundo democrático, todo es tan fácil. Y aun así, muchos dicen: ‘Es tan difícil’. Vaya uno a entender”.

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