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Sobrevivir el fracaso y hacerse amigo de la derrota

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04/01/2022 | por Rav Adam Jacobs

Las caídas y las derrotas son dolorosas, pero inevitables. La forma en que lo enfrentamos puede tener un gran impacto en la calidad de nuestra vida.

Al comenzar un nuevo año, uno de los "regalos" ocultos de la era del COVID salta a la vista. Millones de personas comprendieron que están sumamente insatisfechas con sus circunstancias actuales, lo que abre la puerta a cambios que antes no hubieran podido considerar. ¿Debo mudarme? ¿Tengo que cambiar de carrera? ¿Necesito viajar al trabajo todos los días? Hemos desempolvado esa poderosa herramienta que se encuentra en silencio en nuestros cobertizos mentales y comenzamos a agitarla agresivamente. Esa herramienta es nuestra capacidad de elección.

Ahora que comenzamos a despertar, quizás debemos preguntarnos: "¿Cuán lejos puede llegar esto del libre albedrío?". Porque a pesar de lo maravillosos que pueden llegar a ser los cambios externos en nuestro estilo de vida, mientras sigamos esclavizados a nuestras reacciones (a menudo tóxicas) a esas circunstancias, por lo general descarrilaremos nuestra propia sensación de felicidad y bienestar y correremos frenéticamente en una rueda de hámster sin salida con incontrolables altibajos mentales.

Muchas personas sienten que se aprovechan de ellas, que las juzgan mal, que son incomprendidas y devaluadas. A menudo sentimos fracaso y derrota, y parece imposible poder llegar a ver nuestras derrotas como algo beneficioso. Pero la derrota personal es inevitable, y la forma en que nos relacionemos con ella tendrá un impacto masivo en la calidad de nuestra vida.

Los acontecimientos se desarrollarán de forma muy distinta a lo que deseamos profundamente. Un proyecto muy importante no podrá concretarse de forma inexplicable, una persona que necesitas por completo en tu vida decidirá que "simplemente no está interesada en ti" y cortará toda la comunicación. Otros responderán cruelmente a tu sacrificio y bondad hacia ellos, con desdén y desprecio. Cuando esto ocurre, nos quejamos y nos hundimos en el charco ácido del fracaso. Las decisiones que se toman en este estado emocional degradado suelen tener consecuencias de gran alcance.

¿Cómo podemos, entonces, enfrentar todo esto?

El fracaso, mi intrépido compañero

Un enfoque clásico a este antiguo problema es buscar la luz del sol entre las nubes oscuras. Hay una historia que me gusta mucho en la obra Los deberes del corazón, del rabino y filósofo español Bejaia Ibn Pekuda, del siglo XI. Él cuenta que un rabino caminaba por la calle con varios de sus alumnos y pasaron al lado del cadáver de un perro. "¡Qué espectáculo más vil!", comentaron los estudiantes. "Miren qué blancos y bonitos son sus dientes", dijo el rabino.

La derrota es la muerte de una realidad percibida de forma falsa. También es un nacimiento hacia la claridad, a una mayor consciencia y a la verdad misma.

El rabino estaba dispuesto a buscar lo bueno en una situación que parecía muy desagradable. Esto sin duda es un indicio significativo de un pensamiento inteligente y de una psiquis equilibrada. Lo que en este momento nos parece grotesco, injusto, extremadamente inaceptable y simplemente malas noticias, tiene que ser completamente reenfocado. Este es el camino para salir de la rueda del hámster.

El poeta libanés-norteamericano Kahlil Gibran capturó efectivamente la desafiante y liberadora actitud necesaria para lograr esto. En cinco estrofas brillantes, él explicó cómo vivir en un nivel más elevado de lo que habitualmente hacemos. En esencia, él "se hace amigo" de su fracaso:

Derrota, mi derrota, mi soledad y mi aislamiento.

Para mí eres más valiosa que mil triunfos,

Y más dulce para mi corazón que toda la gloria mundana.

Derrota, mi derrota, el conocimiento de mí mismo y mi desafío.

Tú me has enseñado que sigo siendo joven y de pies ligeros

Y a no dejarme atrapar por laureles que se marchitan.

Y en ti he encontrado la dicha de estar solo 

Y la satisfacción de ser evitado y despreciado.

Derrota, mi derrota, mi fulgurante espada y mi escudo,

En tus ojos he leído

Que ser elevado al trono es ser esclavizado,

Y que ser comprendido es ser rebajado,

Y que ser alcanzado es todo menos alcanzar la plenitud

Y como un fruto maduro, caer y ser consumido.

Derrota, mi derrota, mi intrépida compañera,

Oirás mis cantos, mis gritos y mis silencios,

Y nadie más que tú me hablará del batir de alas,

De la impetuosidad de los mares,

Y de montañas que arden en la noche.

Y sólo tú escalarás mi alma escarpada y rocosa. 

Derrota, mi derrota, mi coraje inmortal, 

Tú y yo reiremos juntos con la tormenta,

Y juntos cavaremos tumbas para todo lo que muere en nosotros,

Y hemos de erguirnos al sol, como una sola voluntad,

Y seremos peligrosos.

La derrota es la muerte. Es la muerte de una realidad percibida de forma falsa, o una mentira asumida con dulzura. También es un nacimiento a la claridad, a una mayor conciencia y a la verdad misma. También estos son regalos, aunque vienen envueltos en un paquete opaco de tristeza y confusión. De hecho, la derrota es una "compañera intrépida" y si le permitimos que nos inspire entonces "reiremos juntos con la tormenta".

Cuando colectivamente enfrentamos la tormenta del COVID y experimentamos la tempestad de nuestras propias almas, en la medida en que podamos reconocer y reenfocar nuestros fracasos, nuestras pérdidas y nuestras derrotas como "maestros" y "amigos" exigentes pero efectivos, ese es el grado en el cual lograremos prosperar a través de lo que vivimos.

También esto es para bien.



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