Soldados judíos

07/07/2026

4 min de lectura

Matot (Números 30:2-32:42 )

¡Saludos desde la ciudad sagrada de Jerusalem!

Esta parashá relata la guerra que el pueblo judío libró contra la nación de Midián, en represalia por haber seducido mediante las mujeres midianitas a los hombres de Israel. Moshé (Números 31:3) ordena al pueblo preparar "anashim" (hombres) para esta guerra. Rashi entiende que esta palabra significa "hombres justos". Según el Midrash (Shir HaShirim Rabá 4:3), estos hombres eran considerados justos porque nunca se colocaban los tefilín de la cabeza antes de colocarse los del brazo. Si lo hubieran hecho, Moshé no los habría elogiado como hombres justos y no habrían obtenido la victoria en la guerra.

Esto resulta extraño por dos razones. En primer lugar, la ley judía exige que una persona se coloque primero el tefilín del brazo y después el de la cabeza. ¿Por qué, entonces, cumplir esta norma convierte a alguien en una persona especialmente justa y apta para ir a la guerra? Además, la Torá nunca menciona el uso correcto de los tefilín como requisito para ninguna guerra previa. ¿Por qué aparece precisamente en relación con la guerra contra Midián?

El Rebe de Slonim (Netivot Shalom) responde con una afirmación sorprendente: "Todo el judaísmo depende de la enseñanza contenida en el precepto de los tefilín". Esta enseñanza consiste en que el judío debe dedicar tanto su corazón como su mente al servicio de Dios. (Cabe señalar que una persona puede beneficiarse del mensaje espiritual de los tefilín incluso cuando no los lleva puestos). Veamos más de cerca el significado del corazón y de la mente para comprender mejor esta enseñanza.

El corazón es la fuente de nuestras pasiones y deseos, mientras que la mente es la fuente de nuestras ideas, convicciones y razonamientos. La naturaleza humana nos tienta a dejar libres nuestras pasiones y, después, construir argumentos intelectuales que justifiquen haber cedido a ellas. Precisamente por eso la ley judía exige colocarse primero el tefilín del brazo. La caja situada sobre el brazo, frente al corazón, nos enseña a orientar nuestras pasiones hacia Dios. Solo después podemos dedicar nuestras capacidades intelectuales al servicio Divino y confiar en que nuestras ideas no son una distorsión de la realidad.

Por esta razón, la Torá llama a los tefilín un "ot", una "señal" (Éxodo 13:9). La verdadera señal de un judío consiste en dominar el arte de dirigir los deseos del corazón hacia Dios, lo cual le permite confiar en que su razonamiento intelectual es recto y verdadero.

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Las mujeres midianitas

Esta idea nos ayuda a comprender por qué precisamente los hombres que se colocaban correctamente los tefilín fueron los soldados elegidos para la guerra contra Midián. Para derrotar a Midián, los judíos debían contrarrestar el plan del profeta pagano Bilam, quien organizó la caída espiritual del pueblo de Israel. Bilam alentó a las hijas de Midián a prostituirse para atraer a los hombres judíos para cometer actos inmorales. Bilam sabía que Dios no toleraría semejante conducta (ver Sanedrín 106a, basado en Números 24:14) y castigaría rápidamente a quienes incurrieran en esos actos inmorales.

Esto demuestra que Bilam comprendía muy bien la enseñanza de los tefilín, pero decidió utilizarla de manera destructiva. Su estrategia consistía en corromper primero el corazón del pueblo judío, porque sabía que una vez conquistado el corazón, la mente terminaría siguiéndolo.

Esta idea se refleja claramente en el orden en que la Torá narra los acontecimientos. Primero se mencionan las pasiones del corazón: "El pueblo comenzó a prostituirse con las hijas [midianitas]" (Números 25:1). Luego, algunos versículos más adelante, aparece la corrupción de la mente, cuando el pueblo comenzó a rendir culto a los ídolos (Números 25:3). La idolatría del pueblo proporcionó una justificación intelectual para sus actos inmorales, ya que, según la filosofía idólatra de Midián, cualquier comportamiento era aceptable. El pecado de los hombres judíos con las mujeres midianitas demuestra que, cuando un deseo se apodera del corazón, la mente es capaz de fabricar cualquier justificación para satisfacer ese deseo.

Por ello, la respuesta de Israel contra Midián exigía utilizar la enseñanza de los tefilín de manera positiva. Esto se logró seleccionando soldados que siempre se colocaban primero el tefilín del brazo y después el de la cabeza. El tefilín del brazo, al orientar los deseos del corazón hacia Dios, protege contra la inmoralidad, mientras que el tefilín de la cabeza, al orientar el pensamiento hacia Dios, protege contra la idolatría. Así comprendemos que aquellos hombres no eran considerados justos simplemente por cumplir correctamente un detalle técnico de la halajá, sino que ellos encarnaban el profundo mensaje espiritual de los tefilín. Primero sometían las pasiones del corazón a Dios y, solo entonces, dirigían también su pensamiento hacia Él.

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La fe en Dios

Rav Eljanán Wasserman (en Kovetz Maamarim) utiliza esta misma idea para explicar por qué incluso algunos de los pensadores y filósofos más brillantes del mundo no han logrado reconocer la existencia de Dios. En su opinión, la existencia de un Creador Supremo es sencilla y evidente. Así como una casa demuestra la existencia de un constructor, un universo muchísimo más complejo y sofisticado demuestra la existencia de un Creador. Sin embargo, muchas grandes mentes no aceptan esta evidencia por una razón muy simple: aceptar la existencia de Dios exigiría cambiar su forma de vivir. Creer en un Dios sabio que establece normas morales impide vivir únicamente según los propios deseos. Por ello, para satisfacer los impulsos del corazón, las personas pueden llegar a elaborar las filosofías más extravagantes con tal de justificar ese estilo de vida.

Esta idea también ayuda a comprender por qué la Torá ordena creer en Dios (Maimónides, Sefer HaMitzvot, precepto positivo Nº 1, basado en Éxodo 20:2). ¿Cómo puede la Torá ordenar a un incrédulo que crea? A simple vista, creer no depende de la voluntad. La respuesta, de acuerdo con Rav Wasserman, es que el mandamiento no consiste en obligar a alguien a tener fe. Lo que la Torá ordena es eliminar los obstáculos que impiden creer, es decir, controlar las pasiones desenfrenadas del corazón. Una vez que desaparecen esos bloqueos, la fe en Dios surge de manera natural.

Que todos tengamos el mérito de convertirnos en verdaderos soldados judíos, canalizando primero las pasiones del corazón y luego los pensamientos de la mente hacia Dios, para que podamos ser una señal para el resto del mundo de que existe un solo Dios, Creador del universo.

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