10 razones por las que amo ser judía


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Una exploración profunda de Sucot y su enfoque en la particularidad y la universalidad judía.
La derrota del reino del sur por los babilonios en el siglo VI AEC fue el trauma más profundo y definitorio de la era bíblica. Aún podemos sentir el abrumador dolor del Libro de Lamentaciones, su crudeza intacta a pesar de los milenios transcurridos, cuando el profeta contempla la derrota de su pueblo y las ruinas del Templo. Aún podemos oír la desesperación de los exiliados que, “junto a los ríos de Babilonia”, se sentaron y lloraron al recordar a Sion. Sin embargo, tal como lo habían prometido los dos grandes profetas del exilio, Jeremías y Ezequiel, el pueblo regresó. El imperio babilonio fue derrotado por una nueva superpotencia, Persia, bajo cuyo ilustrado gobernante, Ciro, los judíos recibieron permiso de regresar.
La situación que encontraron en la Tierra Santa fue devastadora. El pueblo había perdido casi todo contacto con su herencia religiosa. Como escribió más tarde Nehemías, ya no observaban el Shabat. Se habían casado con pueblos vecinos. Ya no sabían hablar hebreo: “La mitad de sus hijos hablaba la lengua de Ashdod, o la lengua de alguno de los otros pueblos” (Nehemías 13:24). Había comenzado la reconstrucción del Templo, pero hubo una serie de dificultades, y los exiliados que regresaban optaron en cambio por reconstruir sus casas y campos. El Templo no terminado era un recordatorio visual del estado quebrantado de Israel, política, cultural y religiosamente.
Un profeta que asumió la tarea de encender una chispa de esperanza en las brasas moribundas de la identidad nacional fue Zacarías. Su mensaje, asombroso dadas las circunstancias, era que, a pesar de su estado desolado, el pueblo del pacto reviviría, e inspiraría no sólo a sí mismo, sino al mundo entero. Llegaría el día en que “Diez hombres de todas las lenguas y naciones agarrarán con firmeza a un judío por el borde de su manto y dirán: ‘Iremos con ustedes, porque hemos oído que Dios está con ustedes’” (Zacarías 8:23). Zacarías también expresó uno de los resúmenes más breves y certeros de la historia judía: “‘No con ejército ni con fuerza, sino con Mi espíritu', dice el Señor de los Ejércitos” (4:6).
Todos los profetas habían previsto que la nación sería castigada por sus pecados, pero eventualmente volvería a Dios. Comenzando con Ezequiel en el exilio en Babilonia, la profecía tomó ahora un cariz más oscuro, como si el camino de aquí a la Era Mesiánica ya no pudiera pasar por los procesos normales de la historia. La gloria de Israel sería restaurada, pero esto sucedería únicamente mediante la intervención Divina en el guion humano, sacudiendo los cimientos del mundo. La escatología, Ajarit HaIamim, la visión del Fin de los Días, comenzó a volverse más inquietante.
Jerusalem no sólo sería la capital de Israel, sino que se convertiría en el centro espiritual del mundo.
Zacarías fue el primer profeta que dijo que aun después de que los judíos regresaran a su tierra, esto no sería el fin de sus problemas. Las naciones del mundo formarían una alianza y librarían guerra contra el pueblo judío en Jerusalem. Dios mismo se vería obligado a intervenir para defender a Su pueblo y derrotar a sus enemigos. La tierra temblaría. Dios partiría el Monte de los Olivos y allanaría los campos circundantes. El Monte Sion se elevaría en soledad, de él brotarían corrientes de agua trayendo fertilidad a la tierra. Tras estos sucesos trascendentales, las naciones llegarían a reconocer que hay un solo Dios: “En aquel día, Hashem será Rey sobre toda la tierra; en aquel día el Hashem será Uno y Su nombre Uno” (14:9), versículo que hoy es una de las líneas más conocidas de la plegaria judía.
Fue en el marco de esta profecía que Zacarías hizo una predicción única. Jerusalem no sólo sería la capital de Israel, sino que se convertiría en el centro espiritual del mundo. Las naciones se reunirían allí una vez al año en Sucot:
Entonces todos los sobrevivientes de las naciones que atacaron a Jerusalén subirán año tras año para adorar al Rey, al Señor de los Ejércitos, y para celebrar la Fiesta de las Cabañas. Si alguno de los pueblos de la tierra no sube a Jerusalén para adorar al Rey, el Señor de los Ejércitos, no habrá lluvia para ellos. Si el pueblo de Egipto no sube ni participa, tampoco tendrán lluvia. Hashem les enviará la plaga con que azotará a las naciones que no suban a celebrar la Fiesta de los Tabernáculos. Esta será la sanción de Egipto y el castigo de todas las naciones que no suban a celebrar la Fiesta de los Tabernáculos. (14:16–19)
No hay otra profecía semejante en todo el Tanaj; ninguna que diga que una festividad judía será algún día global, observada por todas las naciones. Las festividades de peregrinación eran parte del patrimonio único de Israel, no de sus verdades universales. Trataban de Israel y sus estaciones, y de los momentos formativos de la historia judía: el éxodo de Egipto, la entrega de la Torá en el monte Sinaí y, en el caso de Sucot, los cuarenta años de deambular en el desierto sin un hogar permanente. Zacarías estaba, por lo tanto, haciendo una afirmación sin precedentes cuando habló de Sucot como una festividad no sólo para Israel sino para todos.
¿Qué lo llevó a decir esto? Hubo un rasgo inusual en los sacrificios de Sucot que pudo haber inspirado esta idea. Mientras que en el caso de la otra festividad de siete días, Pésaj, las ofrendas eran iguales todos los días, en Sucot eran diferentes. El primer día se ofrecían trece novillos, el segundo doce, y así sucesivamente hasta el séptimo día, cuando eran siete, sumando en total setenta (Números 29:12–34). En la Torá, setenta corresponde al número de naciones en que fue dividida la humanidad según Génesis 10. Los Sabios concluyeron que al presentar una ofrenda de setenta novillos en Sucot, los israelitas estaban en efecto sacrificando y rezando en nombre de toda la humanidad (Sucá 55b). Zacarías pudo haberse inspirado, entonces, en una idea implícita en la propia Torá.
Sucot es la más universalista de las festividades y paradójicamente la más particularista.
De ahí la paradoja: Sucot es la más universalista de las festividades, la única que algún día será celebrada por toda la humanidad. Como deja claro Zacarías, esto tiene que ver con su asociación con la lluvia, y no hay nada específicamente judío en la necesidad de lluvia. Todos los países, especialmente en el Medio Oriente, la necesitan. Al mismo tiempo, también es la más particularista de las festividades. Ninguna otra nación tomó como símbolo no un castillo, una fortaleza o un arco triunfal, sino una frágil cabaña. Ninguna otra nación nació, no en su tierra, sino en el desierto. Lejos de ser universal, Sucot parece intensamente particularista, la festividad de un pueblo como ningún otro, cuya única protección era su fe en las alas protectoras de la Presencia Divina.
Hay otros rasgos inusuales en Sucot. En la lista de días sagrados en Deuteronomio 16, no se menciona la alegría en relación con Pésaj. Se menciona una vez en relación con Shavuot, pero se menciona dos veces en el contexto de Sucot:
Te alegrarás [vesamajta] en tu fiesta… Durante siete días celebrarás una fiesta para Hashem tu Dios en el lugar que Hashem elija. Porque Hashem tu Dios te bendecirá en toda tu cosecha y en todo el trabajo de tus manos, y estarás completamente alegre [vehaita aj saméaj]. (Deuteronomio 16:14–15)
Esto llevó a describir a Sucot como zeman simjateinu, “el tiempo de nuestra alegría”. Pero ¿por qué una doble alegría?
Al volver al relato de las festividades en Levítico 23, notamos algo más inusual sobre Sucot. Sucot no se define en términos de un símbolo predominante, sino de dos. El primero es el mandato de tomar “las cuatro especies” de frutos y follaje:
El primer día tomarán fruto del árbol de hadar, ramas de palmeras, ramas de árboles frondosos y sauces del arroyo, y se regocijarán delante del Señor su Dios durante siete días. (Levítico 23:40)
El segundo mandato es muy distinto:
Habitarán en cabañas durante siete días: todos los ciudadanos de Israel habitarán en cabañas, para que las generaciones futuras sepan que Yo hice habitar a los israelitas en cabañas cuando los saqué de la tierra de Egipto: Yo soy Hashem su Dios. (Levítico 23:42–43)
Fue este mandato de salir de nuestras casas y vivir en una morada temporal, lo que dio su nombre a la festividad.
Ninguna otra festividad tiene este simbolismo dual, y su yuxtaposición es curiosa. Las “cuatro especies” y la sucá no sólo son distintas en carácter, sino que en cierto sentido se contraponen. Las “cuatro especies” están asociadas con la tierra de Israel. La sucá es lo opuesto, un recordatorio del éxodo, del exilio, del desierto y de la tierra de nadie. También hay un conflicto en términos prácticos. Las cuatro especies eran, como dijeron los sabios, símbolos y un modo de intercesión por la lluvia (Taanit 2b). De hecho, los rabinos dijeron que la lluvia del año entrante se determinaba el primer día de Sucot (Mishná, Rosh HaShaná 1:2). Pero el mandato de vivir siete días en una sucá con sólo hojas por techo presupone la ausencia de lluvia. Si llueve en Sucot, con excepción de la primera noche, estamos exentos del mandato de habitar en la sucá mientras dure la lluvia, si es lo suficientemente fuerte como para arruinar la comida sobre la mesa (Mishná, Sucá 2:9).
Todo esto da la impresión de que Sucot representa dos festividades, no una. De hecho, así es, y en ello radica su singularidad. Aunque las festividades suelen enumerarse juntas, representan dos ciclos de tiempo muy distintos. Primero está el ciclo anual de las festividades de peregrinación: Pésaj, Shavuot y Sucot. Estas narran la historia singular de la identidad e historia judías: el éxodo, la revelación en el monte Sinaí y el largo viaje por el desierto. Al celebrarlas, reconstituimos aquello que hizo de Israel el pueblo particular que es. La sección central de la Amidá en estas festividades comienza con la declaración clásica de la particularidad judía: “Tú nos has elegido de entre todos los pueblos.”
Hay un segundo ciclo: las festividades del séptimo mes, Rosh Hashaná, Iom Kipur y Sucot. Así como el séptimo día, Shabat, es zejer lemaasé bereshit, un recuerdo de la creación, así también lo es el séptimo mes. Haiom harat olam, “Hoy nació el universo”, decimos en nuestras plegarias en Rosh Hashaná. Cuando se trata de la Creación, todos hemos sido creados, y todos somos responsables ante nuestro Creador, tanto judíos como no judíos. Por eso, la Mishná dice que en Rosh Hashaná “Todos los que han venido a este mundo pasan ante Él como ovejas” (Mishná, Rosh Hashaná 1:2). Toda la humanidad es juzgada. El lenguaje de las plegarias en los Días Solemnes es marcadamente más universal que en otros momentos. La sección central de la Amidá comienza hablando no de Israel, el pueblo elegido, sino de la humanidad en su conjunto: “Y así pon el temor de Ti… sobre todo lo que has creado.” Rosh Hashaná y Iom Kipur tratan de la soberanía de Dios sobre todo el mundo. Reflexionamos sobre la condición humana, no sólo la judía.
Los dos ciclos reflejan dos aspectos muy diferentes de Dios en su relación con el mundo: como Creador y como Redentor.
Los dos ciclos reflejan dos aspectos muy diferentes de Dios en su relación con el mundo: como Creador y como Redentor. Como Creador, nos relacionamos con Dios a través de la naturaleza. Como Redentor, nos relacionamos con Dios a través de la historia. Como Creador, Dios es universal. Todos estamos hechos a imagen de Dios, formados a Su semejanza. Compartimos un pacto de solidaridad humana, hecho por Dios con Nóaj (Noé) y, a través de él, con toda la humanidad después del Diluvio. Somos conciudadanos del mundo bajo la soberanía de Dios. Sin embargo, como Redentor Dios es particularista. Cualquiera que sea Su relación con las demás naciones (y Él tiene una relación con las demás naciones, así insisten los profetas), los judíos lo conocemos a través de Sus actos de salvación en el pasado de Israel: el éxodo, la revelación y el viaje a la Tierra Prometida.
Ahora se vuelve obvio qué hace a Sucot único. Es la única festividad que forma parte de ambos ciclos. Pertenece al ciclo anual de la historia judía (Pésaj, Shavuot y Sucot), el año que comienza en Nisán, el mes del éxodo en el que comenzó la historia nacional judía. Pero también pertenece al ciclo del séptimo mes que representa la creación y la naturaleza: Rosh Hashaná, Iom Kipur y Sucot. El año de la naturaleza comienza en Rosh Hashaná, el aniversario mismo de la creación. De ahí la doble alegría y el doble simbolismo.
Las “cuatro especies” representan lo universal de Sucot. Se relacionan con la naturaleza. Son la única ocasión en que hacemos una mitzvá con objetos naturales: un lulav, un etrog, ramas de mirto y sauce. Esto representa la dependencia de la humanidad de la naturaleza, y la necesidad de lluvia que tiene la naturaleza. Por eso Zacarías previó que cuando todas las naciones reconozcan a Dios, se reunirán en el séptimo mes para rezar por la lluvia en Sucot. La sucá, en cambio, no tiene nada que ver con la lluvia. Tiene que ver con la historia y con lo que hace única a la historia judía. Hemos pasado por repetidas experiencias de exilio. Con demasiada frecuencia los judíos han sabido que donde estaban era sólo una morada temporal. La historia judía ha sido a menudo un largo viaje a través del desierto del tiempo.
Algo más acerca de Sucot, en este caso común tanto a las “cuatro especies” como a la sucá, también apunta a esta dualidad. Las “cuatro especies” son productos no procesados de la naturaleza. El recubrimiento de la sucá también debe hacerse con materiales que alguna vez crecieron y ahora están separados de la tierra, pero que aún no se han convertido en objetos elaborados capaces de contraer tumá, impureza. Tanto las “cuatro especies” como el recubrimiento de la sucá representan la frontera entre naturaleza y cultura, lo que Lévi-Strauss llamó lo “crudo” y lo “cocido.” La naturaleza es universal. La cultura no lo es. Una vez más sentimos la tensión entre nuestra humanidad común y nuestra especificidad religiosa, entre lo que nos hace iguales y lo que nos hace diferentes.
Nuestras diferencias moldean nuestra identidad. Nuestras semejanzas forman nuestra humanidad.
Más que cualquier otra festividad, Sucot representa el carácter dual de la fe judía. Creemos en la universalidad de Dios, junto con la particularidad de la historia y la identidad judías. Todas las naciones necesitan lluvia. Todos somos parte de la naturaleza. Todos dependemos de la compleja ecología del mundo creado. Todos estamos amenazados por el cambio climático, el calentamiento global, la destrucción de los bosques tropicales, la sobreexplotación de recursos no renovables y la extinción masiva de especies. Pero cada nación es diferente. Como judíos somos herederos de una historia diferente a la de cualquier otro pueblo: pequeños, vulnerables, sufriendo repetidos exilios y derrotas, pero sobreviviendo y celebrando.
Sucot, por lo tanto, representa la tensión en el corazón del judaísmo de una manera que no comparte ninguna otra fe. El Dios de Israel es el Dios de toda la humanidad. Pero la religión de Israel no es, y no será, la religión de toda la humanidad. Zacarías nos dice que incluso en la Era Mesiánica las naciones celebrarán únicamente Sucot junto con Israel, no las otras festividades, a pesar de que en ese día Dios será Uno y Su Nombre Uno.
Esta es una de las verdades más importantes que el judaísmo ofrece al mundo: la humanidad está formada por nuestras semejanzas y nuestras diferencias. Nuestras diferencias moldean nuestra identidad. Nuestras semejanzas forman nuestra humanidad. No somos ni completamente distintos ni totalmente iguales. Si fuéramos completamente distintos, no podríamos comunicarnos. Si fuéramos todos iguales, no tendríamos nada que decir. Nuestras diferencias importan. Pero también importa la verdad de que, a pesar de nuestras diferencias religiosas, compartimos una humanidad común. Sucot es, por lo tanto, la festividad de una doble alegría: la de ser parte de este pueblo, y al mismo tiempo participar en el destino universal de la humanidad.
Adaptado de “Season of Joy”, la introducción de Rav Jonathan Sacks a la edición Gross Family del Majzor para Sucot Koren Sacks.
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