¿El judaísmo es una herencia cultural pintoresca o es la fuente de las verdades más profundas de la vida?

27/05/2025

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Una exploración de lo que significa ser un judío creyente.

“¿Cree usted en Dios?”.

Esta pregunta se la formularon a Albert Einstein en una entrevista poco después de cumplir cincuenta años. Siempre sentí que la pregunta misma es una jutzpá. Me recuerda una caricatura que vi una vez de dos peces nadando en el océano, y uno le pregunta al otro: “¿Tú crees en el agua?”

Sin embargo, el ateísmo es una ideología con muchos adeptos en la sociedad occidental actual, especialmente en el ámbito académico y entre quienes se consideran intelectuales. Así que pensé que un buen lugar para comenzar nuestra discusión sería considerar la respuesta dada a esta cuestión de fe por una de las grandes mentes científicas, un judío que redefinió la comprensión humana del universo mediante sus revolucionarias teorías. Esta fue la respuesta de Einstein:

“No soy ateo. El problema es demasiado vasto para nuestras mentes limitadas. Estamos en la posición de un niño pequeño que entra en una enorme biblioteca llena de libros en muchos idiomas. El niño sabe que alguien debe haber escrito esos libros. No sabe cómo. No entiende los idiomas en los que están escritos. El niño sospecha vagamente que hay un orden misterioso en la disposición de los libros, pero no sabe cuál es. Esa, me parece, es la actitud del ser humano más inteligente hacia Dios. Vemos el universo maravillosamente ordenado y obedeciendo ciertas leyes, pero sólo entendemos estas leyes vagamente”.

Es significativo que Einstein, a través de su profunda comprensión de la complejidad del universo y de las leyes que rigen el mundo natural, reconociera que la única explicación racional para todo ello es Dios. Por implicación, rechaza el darwinismo, que postula que las formas de vida vegetal, animal y humana surgieron por accidente mediante procesos evolutivos aleatorios, sin un diseño inteligente.

Hoy en día, el rechazo implícito de Einstein a la evolución aleatoria está ganando terreno entre muchos científicos, quienes se niegan a atribuir la perfección, precisión y sofisticación del mundo natural, o la complejidad insondable de la mente humana, al azar ciego o a accidentes aleatorios. Para ser claros, el fenómeno de los micro cambios dentro de una especie animal particular, mediante un proceso evolutivo de adaptación a su entorno (como la longitud del pico de un ave) no es discutido ni controvertido. Lo que se cuestiona es que la teoría de la evolución aleatoria pueda explicar el origen mismo de la vida o la creación de criaturas vivas complejas a partir de organismos simples.

Un ejemplo notable de esta tendencia hacia el diseño inteligente se encuentra en el libro del Profesor Stephen Meyer: Return of the God Hypothesis: Three Scientific Discoveries that Reveal the Mind Behind the Universe (El regreso de la hipótesis de Dios: tres descubrimientos científicos que revelan la mente detrás del universo). En esta obra, el Profesor Meyer, un respetado académico de Cambridge, explora la historia de la ciencia y su relación con la creencia en Dios, mostrando cómo la fe en un Creador está resurgiendo entre los científicos.

Meyer contrasta este resurgimiento con la perspectiva de los “nuevos ateos”, como Richard Dawkins y otros que defienden una visión neo-darwiniana extrema del universo. Dawkins, por ejemplo, declaró que el universo “tiene precisamente las propiedades que deberíamos esperar si, en el fondo, no hay diseño, ni propósito, sólo una indiferencia ciega y despiadada”.

Sin embargo, Meyer presenta tres grandes descubrimientos científicos que demuestran lo que él llama la “hipótesis de Dios”, que dominó el pensamiento científico durante siglos y que ahora resurge entre muchos de los más grandes científicos del mundo. Esta hipótesis sostiene que, desde una perspectiva puramente científica, la evidencia apunta al diseño inteligente de un creador consciente que posee las cualidades atribuidas a Dios.

“El ADN es como un programa informático”

Sólo para darte un adelanto del libro, que recomiendo ardientemente, Meyer describe cómo el descubrimiento del ADN por parte de los biólogos moleculares asesta un golpe fatal a la evolución aleatoria como teoría plausible para el origen de la vida. Los científicos descubrieron que el ADN opera como un sistema avanzado de información que transmite instrucciones utilizando secuencias codificadas en forma alfabética o digital para construir y hacer funcionar incluso los componentes más básicos que constituyen una célula viva. En resumen, como observó Bill Gates: “El ADN es como un programa informático”.

Esta realidad plantea dos problemas devastadores para la evolución aleatoria. El primer problema es su improbabilidad matemática. Incluso para el organismo unicelular más primitivo, el ADN almacena las instrucciones de ensamblaje para construir sus proteínas cruciales. Meyer demuestra que la probabilidad de producir aleatoriamente una sola proteína funcional de longitud moderada (150 aminoácidos) es de una entre 10^164, lo que la sitúa en el ámbito de lo ridículamente inverosímil.

Y, aun así, como explica Meyer, eso no proporciona suficiente proteína funcional: “El número de combinaciones así producidas representaría aún sólo una diminuta porción (menos de una entre un billón de billones) del número total de combinaciones posibles de aminoácidos que corresponden a una proteína funcional”. Y esto es sólo una proteína: una célula viva requiere cientos de ellas. Y eso es solo una célula: el ser humano promedio tiene 36 billones de células.

El descubrimiento del ADN asestó otro golpe fatal a la teoría de la evolución aleatoria. Hasta entonces, los científicos asumían que el universo consistía sólo de dos entidades básicas: materia y energía. Con los nuevos descubrimientos del ADN, se reveló un tercer componente fundamental de la vida: la información. La información no es física. La teoría de la evolución aleatoria no puede explicar cómo la información no material llegó a existir a través de fuerzas puramente físicas y materiales.

Meyer señala que la metodología científica aceptada al buscar la explicación más plausible para un fenómeno observable es confiar en lo que se llama “experiencia uniforme”, que significa lo que sabemos por experimentar otros fenómenos similares. Y como él lo expresa: “Nuestra experiencia con la revolución de la información del siglo XXI, por no hablar de siglos usando y generando información, sugiere que la presencia de información funcional (especialmente en forma alfabética o digital) es una de esas cualidades que sólo deberíamos esperar si el diseño inteligente y el propósito han desempeñado un papel en los orígenes de la vida”.

En su libro, Meyer presenta otros dos grandes descubrimientos científicos que prueban que la única explicación plausible para la existencia del universo y de formas de vida complejas en él, es un creador supremo que posee todas las cualidades que atribuimos a Dios. Como lo expresó Einstein: “Todo aquel que esté seriamente involucrado en la búsqueda de la ciencia se convence de que un espíritu se manifiesta en las leyes del universo —un espíritu inmensamente superior al del hombre, y ante el cual nosotros, con nuestros poderes modestos, debemos sentirnos humildes”.

Einstein habría sido contado entre este grupo creciente de científicos que reconocen la abrumadora evidencia científica de un creador Divino.

El Punto Ciego de Einstein

Pero Einstein no pudo llevar su pensamiento al siguiente nivel. Walter Isaacson, en su aclamado libro Einstein: Su vida y su universo, cita declaraciones en las que Einstein matiza su creencia en Dios. Por ejemplo: "No puedo concebir un Dios personal que influya directamente en las acciones de los individuos o que se siente a juzgar a las criaturas de Su propia creación".

El error crítico de Einstein estuvo en el ámbito de la filosofía.

Isaacson también relata un momento revelador cuando una niña, estudiante de sexto grado en una escuela dominical en Nueva York, le preguntó a Einstein:

"¿Los científicos rezan?"

La respuesta de Einstein fue clara: "Un científico difícilmente se inclinará a creer que los eventos pueden ser influenciados por una plegaria, es decir, por un deseo dirigido a un ser sobrenatural".

En otra ocasión, cuando se le insistió sobre la naturaleza de su creencia en Dios, Einstein dijo: "Soy determinista. No creo en el libre albedrío. Los judíos creen en el libre albedrío. Creen que el hombre moldea su propia vida. Rechazo esa doctrina. En ese sentido, no soy judío".

Isaacson añade que Einstein no creía en la existencia del alma ni, en consecuencia, en la vida después de la muerte. Todo esto sitúa a Einstein en oposición directa a los principios fundamentales del judaísmo, como él mismo reconoció: “En ese sentido, no soy judío”. Como judíos, creemos en un Dios profundamente personal, en el libre albedrío humano, en el alma y en una dimensión espiritual, en un mundo con significado y propósito divino.

¿Dónde se equivocó Einstein? Él fue uno de los más grandes científicos de todos los tiempos. Pero era un científico, no un filósofo. Einstein comprendía el mundo físico, las leyes de los átomos, las moléculas, la energía, la masa, el tiempo y el espacio. Su error no fue científico. Nunca me atrevería a cuestionar su pericia en ese campo, especialmente porque no es el mío.

Pero donde Einstein cometió un error crítico fue en el ámbito de la filosofía. Lógicamente, ningún ser inteligente con el nivel de sofisticación y brillantez necesarios para crear este mundo (para crear al ser humano, para crear una mente como la de Einstein), actuaría de forma irracional. Y crear un mundo sin propósito o razón alguna sería irracional.

Permítanme proponer una analogía. Imaginen que alguien construye una casa, una hermosa casa de varios pisos, con un jardín lujoso, exquisitamente amueblada y adornada con magníficas obras de arte, todo meticulosamente ensamblado. Ahora imaginen que encuentran la casa vacía. Así que se acercan al propietario de la casa, quien la construyó, la pagó, invirtió tiempo y esfuerzo en ella, y le preguntan: "¿Por qué construyó esta casa?" Y él responde: "Por ninguna razón". Se sentirían desconcertados, y preguntarían: "¿Pero usted no vive en ella? ¿La construyó para que viviera otra persona? ¿Fue una inversión?" Y él dice: "No, la construí sin ninguna razón".

Esa respuesta no tendría sentido. Una persona no construiría semejante casa sin algún motivo, algún propósito. Invertir tiempo, esfuerzo y otros recursos en construir algo tan magnífico, sólo para afirmar después que se hizo sin ningún propósito, sería irracional al punto de la locura. De igual manera, afirmar que Dios creó este magnífico universo, que es inconmensurablemente más sofisticado y complejo que cualquier casa, sin propósito alguno, es afirmar que este ser inteligente actúa sin razón ni racionalidad. Esa afirmación, en sí misma, es filosóficamente errónea.

De acuerdo con Einstein, Dios no sólo creó el mundo sin propósito, sino que tampoco tiene interés alguno en las acciones de las personas que creó, no le importa el destino de sus vidas, ni lo que ocurre en Su universo.

Pero en realidad es aún más inquietante que eso. De acuerdo con Einstein, Dios no sólo creó el mundo sin propósito, sino que además no tiene ningún interés en las acciones de las personas que creó, no le importa el destino de sus vidas, ni lo que ocurre en Su universo.

Aquí va otra analogía, más perturbadora. Imaginen que unos padres les dicen: "No amamos a nuestros hijos. No tenemos ningún interés en ellos. No nos importa si viven o mueren, si son felices o están tristes, si tienen éxito o fracasan, si sufren o celebran". ¿Qué les dirían a esos padres? Sentirían que esto va más allá de la locura. Es la mentalidad de un psicópata.

Que Einstein afirme que Dios creó el mundo sin propósito, que no le preocupa, no le interesa ni ama a Sus creaciones, es atribuirle a Dios una naturaleza desapegada, psicopática. Es retratar al Creador del universo como una máquina sin alma, lo cual explica por qué algunos han descrito las ideas de Einstein como “un manto bajo el cual se oculta la espantosa aparición del ateísmo”.

Una vez que Einstein superó el darwinismo y reconoció el diseño inteligente del universo, el siguiente paso lógico debería haber sido concluir que Dios creó el mundo con propósito, con interés y preocupación por Su creación.

¿Qué llevó a Einstein a cometer un error filosófico tan básico? ¿Qué lo llevó a pronunciarse, de forma no científica, en un campo que no era de su competencia (la filosofía)? Aunque no tengo pruebas, sospecho que fue la presión social de relacionarse con los círculos intelectuales de élite de Europa Occidental. En ese tiempo y lugar, era una moda ser ateo, al igual que Sigmund Freud, Bertrand Russell y muchos otros. A su favor, como científico objetivo, Einstein no sucumbió del todo a la presión social de su época, porque se negó a ignorar la abrumadora evidencia del diseño inteligente. Pero se limitó a aceptar lo mínimo indispensable: creer que Dios creó el universo. Al no dar el siguiente paso lógico, cometió un error de razonamiento filosófico, cayendo en su propia forma de ateísmo.

Einstein quería ambas cosas: afirmar que Dios creó el universo, pero negar que tuviera propósito o sentido. Al menos el darwinismo es coherente en este aspecto: el universo y todas las formas de vida, incluida la humana, son el producto de una serie de accidentes aleatorios, con “ningún diseño, ningún propósito, solo indiferencia ciega y despiadada”. Pero, como seres humanos, sabemos de forma intuitiva y profunda que eso es falso.

La psicología de Frankl y el alma

Esto nos lleva a la siguiente parte de nuestra discusión. Ya hemos explorado argumentos desde la ciencia y la filosofía, ahora veamos la psicología. Viktor Frankl fue un judío contemporáneo de Einstein, pero que trágicamente no logró escapar de Europa a tiempo para evitar las garras de los nazis. Frankl hizo una contribución transformadora a la psicología, de una magnitud comparable a la de Einstein en la ciencia.

A través de sus experiencias en el Holocausto, Frankl llegó a la conclusión de que la necesidad más profunda de los seres humanos no es, como sostenían otras escuelas de psicología, la acumulación de poder, la experiencia del placer o la adquisición de posesiones. Es la búsqueda de sentido. En última instancia, los seres humanos somos criaturas que buscan significado, y eso, sostenía Frankl, es el mayor motor del comportamiento humano.

Frankl nunca pretendió que su teoría se entendiera en un sentido teológico, como lo hace el judaísmo al hablar de servir a Dios y encontrar un propósito divino. Él creía que incluso quienes no creen en Dios ni en un propósito superior pueden encontrar salud psicológica y consuelo atribuyendo subjetivamente un significado personal a sus vidas.

Pero hagamos una pregunta más profunda, una que, hasta donde sé, el propio Frankl no abordó, pero que para mí surge naturalmente de su obra. ¿Cómo puede ser que, si el ser humano es puramente material (compuesto sólo de átomos y moléculas, producto de un proceso evolutivo aleatorio, sin diferencia alguna de una ameba, un mono, un perro o un pájaro), su impulso más profundo sea el de encontrar significado? ¿De dónde proviene esta necesidad innata de sentido? ¿Cómo puede un ser puramente material poseer un anhelo tan espiritual? Los átomos y las moléculas no pueden “buscar significado”.

La conclusión ineludible es que el ser humano no es simplemente físico. Debemos tener una dimensión espiritual que es la fuente de la necesidad humana básica de significado.

La conclusión ineludible es que el ser humano no es simplemente físico. Debemos tener una dimensión espiritual que es la fuente de la necesidad humana básica de significado. A través de Frankl, la psicología moderna lleva a una persona honesta a reconocer que, como seres humanos, tenemos una entidad espiritual real y tangible entretejida en nuestra constitución física: un alma.

Esa es la diferencia fundamental entre los seres humanos y los animales. Los animales no buscan significado. Los animales sólo buscan sobrevivir. Por ejemplo, no verás a tu perro labrador preguntándose por el propósito de la vida o deprimido porque corre en círculos por el jardín. Mientras tenga su plato de comida, agua y un lugar para dormir, será un perro feliz y funcional. Los animales sí tienen una fuerza vital dada por Dios, una capacidad incluso para la conexión emocional, pero no tienen alma, algo que es exclusivo del ser humano.

Por lo tanto, gracias a Frankl, sabemos que Einstein se equivocó al decir que el ser humano, al igual que su concepción de Dios, es una máquina sin libre albedrío, sin moralidad, sin alma… la descripción perfecta de una herramienta moderna de inteligencia artificial. No importa cuán sofisticada se vuelva la IA, ninguna máquina podrá tener jamás una necesidad psicológica de sentido y propósito. Esto requiere consciencia, autoconciencia, un aspecto metafísico: un alma.

Es por eso que, como seres humanos, sabemos instintivamente que el darwinismo es falso, que Richard Dawkins comete un error terrible al decir que el universo tiene “ningún diseño, ningún propósito, sólo indiferencia ciega y despiadada”. Más allá de los argumentos científicos que refutan esta sombría visión de la existencia, entendemos de manera profundamente intuitiva que nuestras vidas no son un accidente. En el fondo, sabemos que nuestras vidas tienen sentido y propósito. Sabemos que nuestra necesidad de significado emana de nuestra alma, de nuestra esencia.

Entonces, si tomamos la visión científica de Einstein de que el universo fue creado por Dios, la combinamos con la filosofía del propósito que se deriva lógicamente de ello, y luego añadimos la afirmación de Frankl de que la necesidad humana más profunda es la de encontrar sentido, llegamos a una conclusión ineludible: que Dios creó a la humanidad, las únicas criaturas espirituales en el universo, para cumplir un propósito superior.

Evidencia de la Historia

Esto lleva a una pregunta obvia: ¿cómo podríamos saber cuál es nuestro propósito dado por Dios, a menos que Él nos lo revelara? Por lo tanto, se deduce que Dios buscaría revelar a la humanidad Su propósito para la creación y nuestro papel dentro de ella. Como judíos, sabemos cuándo ocurrió ese momento, porque forma parte de nuestra historia.

Hay cosas que sabemos mediante el proceso de verificación de la historia registrada y aceptada. Algunos eventos, especialmente, destacan como innegables debido a su escala, la cual hace que el registro de estos eventos no pueda haber sido fabricado. Nadie que esté vivo hoy conoció a Alejandro Magno o a Napoleón Bonaparte, ni a muchas otras figuras históricas. Sin embargo, sabemos con certeza razonable que existieron y llevaron a cabo lo que está registrado en nuestros libros de historia. Decir que sus historias fueron inventadas, que de algún modo las vastas campañas militares que llevaron a cabo y los cambios políticos que provocaron, afectando a naciones y continentes, fueron simplemente inventados e insertados fraudulentamente en los libros de historia, sería absurdo.

Otro ejemplo: sabemos, como hecho histórico, que ocurrió el Holocausto, y que seis millones de judíos fueron asesinados. Sabemos, como hecho histórico, que hubo un hombre llamado Adolf Hitler que hizo la guerra a Europa y masacró a sus judíos. Nunca lo conocimos a él ni a los otros líderes nazis, pero no dudamos de lo que sucedió. Esto no significa que algunas personas, con una agenda de odio, no intenten negarlo. Pero la noción de que fue fabricado, como afirman algunos negadores del Holocausto, es irracional. La magnitud de los eventos hace imposible falsificar el registro histórico.

De la misma manera en que sabemos estos hechos históricos, como judíos, también conocemos los hechos históricos de los orígenes de nuestro pueblo. Sabemos que Dios nos redimió de la esclavitud en Egipto con las Diez Plagas y la división del mar, y luego nos habló en el Sinaí para revelarnos la Torá. Lo sabemos porque estos eventos son demasiado grandes como para haber sido inventados, y nosotros, los judíos, hemos estado contando lo que ocurrió alrededor de nuestras mesas del Séder por generaciones.

Esto no pretende ser un argumento simplista del tipo “si la gente cree que algo ocurrió, entonces debe haber ocurrido”. Las personas creen en toda clase de cosas. Después de todo, hay muchas religiones, algunas con millones e incluso miles de millones de seguidores, que creen en afirmaciones contrapuestas de verdad. No todas pueden ser ciertas. Pero el judaísmo está en una categoría diferente. Hace afirmaciones que ninguna otra religión hace. Hace afirmaciones sobre grandes eventos históricos que fueron experimentados por toda una nación. Todas las otras religiones registradas en la historia humana se basan en la afirmación de un individuo o de un pequeño grupo de individuos de que Dios se les apareció, realizó diversos milagros para ellos y les dijo que fundaran una nueva religión. Estas afirmaciones no se pueden probar ni refutar. Uno simplemente cree en la integridad y honestidad de quienes hacen la afirmación, o no lo hace.

El judaísmo es la única religión que afirma que toda una nación (los judíos) presenció los milagros abiertos del Éxodo y, poco después, escuchó a Dios hablarles directamente mientras proclamaba los Diez Mandamientos.

No puede haber una afirmación más audaz y con una especificidad real. Los dos eventos definitorios de la historia judía, el Éxodo de Egipto y la revelación masiva en el Sinaí, ocurrieron ante los ojos de toda la nación exactamente hace 3.336 años, con cincuenta días de diferencia, comenzando con la salida de Egipto el miércoles 15 del mes judío de nisán a la medianoche, y culminando con Dios hablando al pueblo judío el 6 de siván (una mañana de Shabat) revelando los Diez Mandamientos a toda la nación, aproximadamente tres millones de hombres, mujeres y niños como testigos presenciales.

Aunque estos eventos ocurrieron hace miles de años, los mismos principios de historia verificable que se aplican a eventos más recientes como el Holocausto también se aplican aquí. Para entender cómo, representemos el escenario como si nada de esto hubiera ocurrido (los judíos nunca fueron esclavizados en Egipto, ni liberados por Dios con milagros, ni escucharon Su voz), para probar si se trata de una teoría plausible.

Imagina que la nación judía está viviendo pacíficamente en su tierra y alguien aparece de la nada y les dice a los judíos de ese tiempo que, aunque nunca han oído hablar de ello, sus antepasados fueron esclavos en Egipto durante cientos de años, y que Dios los liberó con las Diez Plagas, y dividió el mar para permitirles escapar de sus perseguidores, antes de ahogar a todo el ejército egipcio, la gran superpotencia de ese tiempo. Y luego toda la gente escuchó a Dios hablarles en el Sinaí.

En este escenario imaginado, si el líder que intenta introducir esta historia fantástica afirmara que los eventos ocurrieron apenas unos años antes, nadie lo aceptaría, porque sabrían si ellos mismos fueron esclavizados y liberados milagrosamente. Su única oportunidad sería afirmar que estos eventos sucedieron siglos antes. Pero incluso entonces, ¿cómo podría convencer a los judíos de ese tiempo, los descendientes de quienes supuestamente experimentaron la esclavitud masiva y la liberación milagrosa, de aceptar su historia maravillosa, cuando ninguno de ellos había oído ni la más vaga mención de estos eventos? Si lo que afirma fuera cierto, ¿cómo es posible que ninguno de los millones de descendientes de los que supuestamente fueron esclavizados por los egipcios y liberados por Dios tuviera conocimiento de ello? Si su afirmación fuera más limitada, es decir si estos eventos sólo ocurrieron a un pequeño grupo dentro de la nación, entonces podría explicar de manera plausible por qué los demás judíos de su tiempo no lo habían oído. Pero su afirmación es que toda la nación, cada judío en ese momento, experimentó estos eventos dramáticos.

Si la afirmación más poderosa que una religión puede hacer sobre su legitimidad y autenticidad es la de una revelación masiva a toda una nación, ¿por qué ninguna otra religión —aparte del judaísmo— ha usado ese argumento?

¿Cómo, entonces, habría logrado convencer a los judíos de esa primera generación de que debían, por ejemplo, celebrar un Séder, y todas las demás leyes de Pésaj, aunque nunca hubieran oído hablar de los eventos históricos trascendentales que el Séder conmemora? ¿Y cómo habría llegado el Séder a ser tan importante que generaciones futuras lo observaran durante miles de años, hasta hoy?

La única explicación racional y plausible es que estos eventos realmente ocurrieron. Nadie podría haber introducido estos eventos trascendentales en la historia judía si hubieran sido fabricados, porque todos los descendientes de quienes supuestamente vivieron estas cosas las habrían oído si realmente ocurrieron. Por lo tanto, la afirmación de una experiencia nacional completa no puede ser fabricada.

Esto explica por qué el judaísmo es la única religión que ha hecho una afirmación tan audaz. Si la afirmación más poderosa que una religión puede hacer sobre su legitimidad y autenticidad es la de una revelación masiva a toda una nación, ¿por qué ninguna otra religión —aparte del judaísmo— ha usado este argumento? La respuesta es que, si no es verdad, no se puede sostener. Es una mentira increíble. La afirmación de que toda la nación escuchó a Dios hablarles es demasiado grande y demasiado audaz como para ser inventada. Debe haber sucedido.

El plano revelado de Dios 

Lo que surge de la ciencia, la filosofía, la psicología y la historia es la imagen de un Ser asombroso que llamamos Dios, que creó el universo con toda su brillantez y complejidad, y lo hizo con un propósito claro, el cual comunicó a la humanidad, en un momento específico de la historia, mediante una revelación masiva a una nación esclava que Él mismo liberó.

Después de entregar los Diez Mandamientos, a pedido y ante la mirada de toda la nación judía, Dios designó a Moshé para recibir y transmitir el resto. Dios entregó esta información en dos formas. Está la Torá Escrita, el Jumash, o los “Cinco Libros”, que dictó palabra por palabra a Moshé. Luego está la Torá Oral, la interpretación y ampliación del texto, también dada por Dios a Moshé y transmitida de generación en generación, en una línea ininterrumpida de maestro a alumno, hasta los sabios, que destilaron estas enseñanzas en los textos clave que hoy tenemos en el Talmud.

Tenemos un registro exacto de los nombres de cada uno de los principales sabios en cada generación, responsables de la transmisión precisa de la Torá Oral, desde el momento en que fue dada hace 3.336 años, hasta hoy.

Lo que significa que hoy, en la Torá y el Talmud que tenemos en nuestras manos, poseemos el regalo más precioso conocido por la humanidad: el sistema completo y documentado del plano de Dios para la creación. Hagamos una pausa por un momento y consideremos las implicaciones de esto. Significa que no tenemos que especular. Todo ha sido revelado por el propio Creador. Tenemos en nuestro poder las verdades fundamentales de la existencia, de parte de Aquel que creó todo.

Esto significa que ser judío no es una identidad cultural, nacional o étnica. No se trata de preservar costumbres entrañables heredadas de nuestros abuelos. No damos caridad ni actuamos con compasión, no guardamos el Shabat ni el kashrut porque sean cosas bonitas. Lo hacemos porque el Creador del universo dice que necesitamos hacer estas cosas para cumplir nuestro propósito en la vida.

Todo lo que hacemos como judíos sólo tiene sentido como una expresión de nuestra fe. Cuando rezamos, reconocemos y nos conectamos con Dios. Cuando decimos Kadish, reconocemos la inmortalidad del alma de nuestro ser querido. Cuando hacemos un Séder, reafirmamos para nosotros y nuestros hijos los hechos históricos de nuestros orígenes. Cuando nos reunimos cada semana alrededor de la mesa de Shabat, declaramos que Dios es el Creador del universo.

La Torá no es un libro de historias reconfortantes y cosas bonitas que nos contamos a nosotros mismos y a nuestros hijos. Ni siquiera se trata de una herencia antigua que ha resistido la prueba del tiempo. Ser judío es reconocer y vivir según la verdad que nos reveló Dios.

Trece verdades fundamentales

Una vez que sabemos qué es verdadero y real, entonces el significado y el propósito de la vida, y lo que tenemos que hacer, se vuelve claro. Como sistema autorizado por Dios, la Torá es toda verdad, pero hay algunas verdades esenciales que son los fundamentos sobre los que se apoya el judaísmo. Sin la claridad de estos primeros principios, estamos perdidos. Una vez que los conocemos, todo lo demás encaja. Ellos dan forma y enmarcan nuestra forma de vivir.

Estas verdades fueron reveladas por Dios en el Sinaí, transmitidas a lo largo de las generaciones, registradas en la Torá Escrita y en el Talmud, y finalmente destiladas en trece principios fundamentales por uno de los grandes sabios de la historia judía, Rav Moshé ben Maimón, conocido como Maimónides o el Rambam.

Estas son las verdades fundamentales del judaísmo:

  1. Dios es el Creador y la fuente de todo lo que existe.
  2. Dios es indivisible, el único Dios, la única fuente de existencia, sin comparación con ningún otro ser.
  3. Dios trasciende toda forma física o limitaciones que restringen a otros seres del universo material.
  4. Dios existe más allá del tiempo. Él es eterno, anterior al tiempo y sigue existiendo una vez que el universo físico ya no está.
  5. Sólo Dios es digno de que una persona se dirija a Él en plegarias.
  6. Dios puede y ha comunicado directamente con ciertos individuos especiales (profetas), de grandeza espiritual, intelectual y moral, haciéndolos dignos de recibir tal comunicación, como está registrado en la Biblia.
  7. Moshé fue el mayor de todos los profetas, y el único a quien Dios habló directamente, “cara a cara, como una persona habla con su prójimo”.
  8. Toda la Torá que tenemos hoy es exactamente la misma que Dios dio a Moshé, quien registró fielmente la Torá Escrita como fue dictada palabra por palabra, y transmitió con fidelidad la Torá Oral tal como le fue enseñada directamente por Dios.
  9. La Torá que tenemos nunca puede ser cambiada ni reemplazada.
  10. Dios conoce los pensamientos y acciones de todas las personas.
  11. Dios recompensa a quienes cumplen Sus mitzvot y hace responsables a quienes las violan.
  12. Dios enviará al Mashíaj para traer la redención final al mundo.
  13. En el momento de la redención, Dios resucitará milagrosamente a aquellos que lo merezcan.

Estos principios hablan por sí mismos. Y, sin embargo, son sólo lo esencial, los fundamentos que sostienen el edificio del judaísmo, pero que necesitan el significado y la narrativa que rodea a la Torá para darnos el panorama completo. Ahora intentaré llenar parte de esa gran imagen.

Un Creador amoroso: Principios 1-4

Los primeros cuatro principios forman una descripción básica de lo que sabemos sobre Dios. Como seres encerrados en un cuerpo y en un mundo material, Dios está más allá de nuestra comprensión total, como Él le dijo a Moshé: “Ningún ser humano puede verme y vivir”. Sin embargo, lo que sí podemos saber es que Dios es el Creador y la fuente de toda existencia (Principio 1), que ningún otro ser se le asemeja en lo más mínimo (Principio 2), y que Él trasciende los elementos básicos del mundo físico: el espacio (Principio 3) y el tiempo (Principio 4). Estos principios están conectados.

Reconocer a Dios como el Creador del universo implica que Él trasciende sus creaciones. Él creó el espacio, por lo tanto, no puede estar contenido en él. No tiene cuerpo ni forma material, lo que significa que no podemos ver a Dios. Trascender lo físico también significa que Dios no puede ser definido ni descrito con los términos convencionales aplicables a los seres físicos, como cuerpo, movimiento, género, enfermedad o sueño. Él está por encima de la ira o el resentimiento, de las necesidades emocionales o físicas. Como creó el tiempo, está por encima de él. No existe el concepto de antes o después respecto a Dios. Él es eterno.

Con Dios como Creador, no hay nada aleatorio en el asombroso mundo. Si consideramos al ser trascendente y todopoderoso descrito en los primeros cuatro principios, Sus creaciones dependen de Él y Él no depende de ellas. Como no tenía nada que ganar al crear el mundo, fue un acto de amorosa bondad. Esto se refleja en cómo creó un mundo no de mínima funcionalidad, sino de abundancia generosa y deslumbrante belleza y diversidad, con innumerables especies de flores y árboles, aves, peces y animales, paisajes magníficos, un mundo elaborado de complejidad asombrosa.

La grandeza humana: Principios 5-6

Dado que crear el mundo fue un acto de amorosa bondad, Dios no es un Creador distante. Él creó este mundo con un propósito directamente relacionado con los seres humanos. Los principios 5 y 6 revelan que el ser humano es la única criatura en el mundo con la capacidad de conectarse con Dios, de nutrir un vínculo emocional y espiritual estrecho mediante la plegaria o de recibir comunicación de Dios.

Esto sólo es posible porque el ser humano, único entre todas las criaturas, posee un alma que —de todo lo que existe en el universo— guarda la semejanza más cercana con Dios. El Talmud explica las similitudes: el alma llena el cuerpo como Dios llena el universo; el alma sostiene al cuerpo como Dios sostiene al universo; el alma ve, pero no puede ser vista, así como Dios ve, pero no puede ser visto. A esto se refiere la Torá cuando dice que el ser humano fue creado “a imagen de Dios”.

El alma es la fuente de nuestro impulso humano único por el sentido de la vida, y de nuestros atributos divinos como el libre albedrío, la compasión, la generosidad, la inspiración, la creatividad y el altruismo. El alma es inmortal, precede al cuerpo en el mundo espiritual, junto a Dios y otras almas, y tras la muerte del cuerpo, regresa a ese mundo.

La misión de vida revelada: Principios 7-9

En Su bondad, Dios reveló directamente la misión del alma en este mundo en el Sinaí, a través de Moshé (Principios 7 y 8), y fue transmitida de generación en generación, fielmente y con integridad, hasta llegar a nosotros hoy (Principio 8). Dios diseñó el sistema con perfecta precisión y equilibrio, y lo utilizó como plano para la creación misma, por eso es eternamente relevante para todos los tiempos y lugares. Agregar o quitar mitzvot o principios de fe, alterar un sistema diseñado personalmente por Dios, pensando que de algún modo sabemos más que Quien nos creó, es una arrogancia desmesurada (Principio 9).

La Torá contiene toda la sabiduría e instrucciones prácticas que necesitamos para cumplir nuestra misión en la vida. Estas instrucciones consisten en 613 mandamientos, cada uno con ramificaciones, detalles e complejidades. Parte del sistema aplica a toda la humanidad, y parte sólo a nosotros, los descendientes de quienes estuvieron en el Sinaí.

Cada alma que llega a este mundo sigue un viaje distinto. Todos compartimos una misión general, con las mismas ideas de la Torá y mitzvot a nuestra disposición, pero en quién nos convertimos es diferente para cada persona. No hay dos almas iguales. Cada uno de nosotros es un universo entero: irreemplazable, invaluable para nuestro Creador, con una misión única para hacer realidad nuestro potencial singular.

Dios se preocupa por nosotros: Principios 10-11

Aprendemos de nuestras fuentes que Dios nos ama como un padre ama a su hijo. Toda la creación respira con el amor de Dios, y toda la Torá está impregnada de Su cuidado, guiándonos para cumplir nuestro propósito, como un padre amoroso guía a sus hijos.

Las mitzvot son para nuestro beneficio. Dios no necesita que lo obedezcamos. Por definición, como el ser eterno, trascendente, único y todopoderoso (Principios 1-4), Dios no necesita nada de nosotros. Pero Dios desborda bondad y generosidad, y es inherente a esa bondad el deseo de compartirla. Por eso, por amor, nos dio las mitzvot como herramientas para desarrollar nuestro potencial y lograr nuestro propósito vital en todas las áreas de la experiencia humana: física, psicológica, espiritual; en la familia, comunidad y sociedad; en relación con Dios, con los demás y con nosotros mismos.

Dios tiene consciencia y le importa cómo nos hablamos unos a otros, si somos generosos, amables y compasivos (Principio 10). Le importa que guardemos el Shabat, que estudiemos Torá, que recemos con intención sincera. Él nos creó para elevarnos, para ser altruistas y sabios. La combinación de la sabiduría y las mitzvot de la Torá es la fórmula perfecta para alcanzar la grandeza en todos los aspectos de la vida.

Como acto de amor, Dios envía nuestra alma a este mundo con la misión de alcanzar grandeza y mérito eterno a través de las mitzvot, para que al dejar el cuerpo y regresar a Dios y al mundo espiritual, podamos disfrutar la recompensa de todos nuestros esfuerzos en este mundo. Dios creó este mundo para darnos la oportunidad de alcanzar la recompensa eterna de una vida bien vivida (Principio 11).

La muerte, el momento de claridad: Principio 11

Para el alma es difícil venir a este mundo físico. El mundo espiritual, de donde procede, es perfecto, puro y prístino. Es un lugar donde el alma puede deleitarse en la presencia de Dios. No hay confusión ni desafíos, sólo verdad y luz, bondad y compasión.

Para que nuestros logros sean significativos, al menos debemos tener la posibilidad de fracasar. Esto implica tener libertad para elegir entre alternativas significativas. Por eso el alma debe venir al mundo material de confusión y turbulencia.

Para que nuestros logros sean significativos, al menos debemos tener la posibilidad de fracasar. Esto implica tener libertad para elegir entre alternativas significativas. Por eso el alma debe venir al mundo material de confusión y turbulencia.

Tras completar su viaje por este mundo, el alma regresa a Dios y al mundo espiritual para rendir cuentas sobre su tiempo en un cuerpo (Principio 11). En ese momento de claridad absoluta, comprendemos que toda nuestra vida ha conducido a ese instante de verdad, ese encuentro cercano con nuestro Creador, esa honesta rendición de cuentas de las decisiones que tomamos.

La rendición de cuentas ocurre principalmente en el Mundo Venidero (Principio 11). Todo el bien que hacemos durante nuestra vida confiere una luz espiritual a nuestra alma que permanece con nosotros para siempre, iluminando nuestra existencia eterna, brindándonos una alegría y serenidad inimaginables, y una sensación de plenitud por un trabajo bien hecho (Principio 11). Cada letra de sabiduría de la Torá que asimilamos, cada mitzvá que cumplimos, cada rasgo de carácter que desarrollamos, queda grabado eternamente en nuestra alma.

De igual manera, nuestras malas acciones y errores, nuestras falsedades y egoísmos, cada mitzvá que transgredimos, forman una oscuridad espiritual que acompaña al alma al Mundo Venidero. Al llegar allí, Dios amorosamente ayuda a eliminar esa oscuridad y purifica nuestra alma (Principio 11). Esto ocurre mediante el proceso doloroso pero catártico de enfrentar nuestros errores en Su presencia, reconocer dónde fallamos y sentir el profundo dolor del arrepentimiento.

Y al mirar atrás nuestra vida junto a Dios, toda nuestra existencia cobra sentido. Vemos claramente el viaje del alma desde el momento en que fue enviada al vientre. Vemos todo lo que nos ocurrió, cada incidente y evento, desde el nacimiento hasta la muerte, desde la perspectiva de Dios; vemos el plan Divino, la imagen completa de nuestras vidas, lo que nos sucedió y por qué.

Finalmente entendemos cómo Dios orquestó todas nuestras circunstancias como plataforma para lograr lo que necesitábamos; que todas las bendiciones y oportunidades únicas que disfrutamos, así como las luchas personales y el dolor que soportamos, estaban orientadas al viaje de nuestra alma. Mientras vivimos en un cuerpo estamos llenos de confusión y duda, incluso de ira o resentimiento. Pero al final, liberada del cuerpo, el alma alcanza una claridad y paz absolutas. Finalmente vemos cómo cada parte de nuestra historia personal encaja. Vemos cómo todo lo que enfrentamos fue un catalizador para cumplir nuestro propósito: convertirnos en quienes nacimos para ser.

También sentimos consuelo y satisfacción al ver cómo este mundo y el venidero son en realidad un solo mundo, cómo este mundo es un “corredor hacia el palacio” del Mundo Venidero, donde se corrigen todas las injusticias. Cuando el alma está limitada por el cuerpo, sólo vemos fragmentos dispersos del gran panorama de Dios. Al entender que ambos mundos son parte de un solo continuo, comprendemos que lo que sucede a las personas en este mundo, en términos de sufrimiento y placer, éxito y fracaso, es sólo una pequeña parte de la historia total de la existencia.

Y, después de todo nuestro esfuerzo y lucha por cumplir nuestra misión divina, finalmente descansamos en el Mundo Venidero. Disfrutamos de armonía y dicha, y estamos completamente en paz, bañados en el resplandor de nuestras buenas acciones y todo aquello por lo que trabajamos arduamente durante nuestra vida. Por fin habitamos un mundo sin sufrimiento ni obstáculos, sin distracción ni confusión, habiendo completado el viaje de nuestra alma por este mundo.

La máxima muestra de amor: Principios 12-13

Así como el alma recorre su propio viaje, la humanidad en su conjunto atraviesa un viaje colectivo que comenzó en los albores de la creación. El viaje de la humanidad es una prueba, que ofrece la oportunidad de alcanzar la grandeza ante Dios, mientras también se nos hace responsables del curso de la historia.

Los Principios 12 y 13 son la máxima expresión del amor Divino por la humanidad. El gran viaje de la historia culminará en la redención final. No sabemos cuándo sucederá. Pero, en términos del Principio 12, tenemos fe en que puede ocurrir hoy, o cualquier día.

Cuando sea que ocurra, creemos que al final Dios guiará la historia hacia un desenlace glorioso, cuando Sus valores y sabiduría impregnarán a la humanidad, cumpliendo así el gran propósito de la creación, y anunciando la llegada del Mundo Venidero: un mundo redimido, saturado de bendiciones divinas, con Su presencia revelada para todos.

Dios hace una promesa amorosa: a pesar de los giros y vueltas de la historia humana, con naciones y líderes que periódicamente sumen al mundo en un abismo oscuro de crueldad, ateísmo, vacío y barbarie, también habrá fuerzas de luz que llenarán el mundo de innovación, desarrollo, bondad y compasión. Estas fuerzas de luz y oscuridad, bien y mal, lucharán a lo largo de la historia, compitiendo constantemente por la supremacía. Habrá momentos en los que la oscuridad supere a la luz, y otros en los que la luz supere a la oscuridad.

Pero, en última instancia, por el amor de Dios, el viaje de la historia culminará en redención y bondad. La luz triunfará finalmente con la llegada del Mashíaj y la redención definitiva del mundo.

Este será un mundo en el que “el conocimiento de Dios cubrirá la tierra como las aguas cubren el mar”, en el que “ninguna nación alzará espada contra otra nación” y “Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros”; un mundo con un Santuario restablecido que irradiará luz espiritual; un mundo de paz y prosperidad universales, de unidad y buena voluntad generalizadas, sin “hambre, ni guerras, ni celos ni competencia”, en el que “la bondad será abundante”. Un mundo que, finalmente, tras una larga y turbulenta historia, habrá llegado a su destino.

Este tiempo milagroso también traerá de vuelta a generaciones pasadas, aquellos que sufrieron en la oscuridad pero se mantuvieron justos. Ellos serán revividos y renacerán para disfrutar de este mundo perfeccionado, bañado por la presencia de Dios y la redención final (Principio 13).

En ese momento, la humanidad alcanzará su victoria definitiva sobre el sufrimiento y la vulnerabilidad de la condición humana, tal como lo prometieron los profetas en nombre de Dios: “Él hará desaparecer la muerte en vida eterna, y el Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros”.

La máxima de amor.

Ser judío

Ser judío no se trata sólo de las mitzvot que hacemos, sino de lo que creemos. Por decirlo en términos simples, es antijudío ver la vida como un ateo, ver un mundo sin “diseño, ni propósito, sólo una indiferencia ciega e implacable”. Ser judío es ver la vida a través de los ojos de las generaciones de judíos que nos precedieron, que vieron un mundo de abundancia y belleza desbordantes, de significado y propósito, un mundo creado amorosamente por Dios, Quien nos dio una misión para hacer el bien y crear un legado eterno.

Ser judío es comprender e interiorizar las trece verdades fundamentales del judaísmo. Sin fe en estas creencias básicas, es imposible vivir como judío. O morir como judío. Nuestra Tradición Oral revela que sólo a través de estas creencias podemos acceder al Mundo Venidero. Sin ellas, no podemos conocer ni cumplir nuestro propósito.

Estudia estos trece principios. Apréndelos, familiarízate con ellos, profundiza en su significado. Si tienes dificultades con alguno de ellos, no te desesperes, sigue trabajando en ello. En este ensayo, presenté algunos de los argumentos racionales que demuestran la verdad de estos principios fundamentales. Al hacerlo, apenas he arañado la superficie de este campo de estudio. Hay muchos más argumentos poderosos por explorar. Lo que emerge es que, como judíos, no tenemos que dar un salto de fe ciega. Hay pruebas abrumadoras que respaldan todo lo que creemos desde un punto de vista científico, racional y fáctico.

No permitas que las dudas sobrepasen tu fe. Generaciones de judíos antes que nosotros han creído de todo corazón en estos principios. Busca más conocimiento, aprende de tus maestros y Rabinos, estudia más profundamente y encuentra las pruebas que lleven a tu corazón una fe completa.

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LIDIA ROSENSTEIN
LIDIA ROSENSTEIN
8 meses hace

Según Einstein, él creía en la "versión" de Dios de Baruch Spinoza. Y nunca dijo, hasta donde yo sé, que D'os no tuviera un propósito. De hecho su expresión favorita era DIOS NO JUEGA A LOS DADOS.

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