Desobediencia civil, el coraje de las parteras en Egipto y el legado de Martin Luther King


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Yaron Lischinsky y Sarah Lynn Milgrim fueron asesinados a sangre fría la noche del miércoles por un hombre armado que gritaba consignas propalestinas.
Lo que iba a ser el inicio de una nueva vida en común se convirtió en una tragedia nacional. Yaron Lischinsky y Sarah Lynn Milgrim, dos empleados de la embajada israelí en Washington comprometidos con la causa de la paz entre israelíes y palestinos, fueron asesinados a sangre fría la noche del miércoles por un hombre armado que gritaba consignas propalestinas. El ataque tuvo lugar a la salida de un evento diplomático organizado por el American Jewish Committee en el Capital Jewish Museum, bastante cerca de la Casa Blanca.
Ambos estaban a punto de comprometerse. Según confirmó el embajador israelí en Estados Unidos, Yechiel Leiter, Yaron había comprado un anillo esa misma semana y planeaba pedirle matrimonio a Sarah la próxima en Jerusalem.
El atacante, identificado como Elias Rodríguez, de 30 años y residente en Chicago, fue detenido inmediatamente después del tiroteo por el equipo de seguridad del museo. Testigos aseguran que, al ser arrestado, gritó: “Lo hice por Gaza. ¡Palestina libre!”. Como era esperable, este asesino es además un ignorante: la kefyeh que tenía como símbolo de su “lucha” no era palestina, sino jordana.
La jefa de policía metropolitana de Washington, Pamela Smith, confirmó que Rodríguez no tenía antecedentes penales y que el arma fue recuperada tras su confesión. Las autoridades continúan investigando si actuó solo o si tenía vínculos con organizaciones extremistas.
El ataque ha estremecido tanto a la comunidad judía estadounidense como al cuerpo diplomático israelí. No solo por su brutalidad, sino también por lo que simboliza: un atentado dirigido contra funcionarios israelíes en territorio estadounidense, a las puertas de un museo judío, en el marco de un evento dedicado a la cooperación interreligiosa y diplomática.
El primer ministro israelí, Binyamin Netanyahu, expresó su dolor por las víctimas, a quienes describió como “jóvenes cuyas vidas fueron truncadas en un instante por un asesino antisemita repugnante”. Agregó: “Somos testigos del terrible costo del antisemitismo y de la incitación descontrolada contra el Estado de Israel. Ambas deben combatirse con la máxima firmeza”.
Netanyahu también ordenó reforzar la seguridad en todas las misiones diplomáticas israelíes del mundo y mantuvo una conversación con la fiscal general de EE.UU., Pam Bondi, quien le aseguró que el culpable —y cualquier colaborador— será llevado ante la justicia.
El ministro de Asuntos Exteriores, Gideon Saar, instruyó izar las banderas a media asta en todas las misiones diplomáticas israelíes y afirmó: “Hablé con el padre de Yaron y le dije que su hijo era un soldado en el frente diplomático, y cayó como caen los soldados en el campo de batalla. Esto es el resultado directo de la incitación antisemita venenosa y desbocada contra Israel y los judíos desde el 7 de octubre, como nunca antes habíamos visto”.
Desde Estados Unidos, el expresidente Donald Trump también condenó el ataque con vehemencia: “¡Estos horribles asesinatos en D.C., basados obviamente en el antisemitismo, deben terminar, YA! El odio y el radicalismo no tienen lugar en EE.UU.”, escribió en Truth Social.
El asesinato de Lischinsky y Milgrim no es un hecho aislado. Desde el ataque terrorista de Hamás del 7 de octubre de 2023, la comunidad judía en EE.UU. ha enfrentado una ola sin precedentes de incidentes antisemitas. Solo en 2024, la Liga Antidifamación (ADL, por sus siglas en inglés) reportó más de 9.300 casos de acoso, vandalismo y agresiones —un promedio de más de uno por hora.
El CEO de ADL, Jonathan Greenblatt, publicó una declaración contundente: “Este tiroteo toca una fibra profunda porque se produce tras una campaña incesante de odio y acoso contra la comunidad judía. Pero no nos van a intimidar. No nos van a silenciar. No temblaremos ni retrocederemos. Vamos a luchar por nuestros derechos, a defender nuestras creencias y a proteger a nuestra comunidad, ahora y siempre”.
Otras organizaciones judías también expresaron su horror. El Congreso Judío Mundial calificó a las víctimas como “personas que dedicaron sus vidas a tender puentes entre comunidades, no a levantar muros”. Bnai Brith denunció el ataque como “moralmente depravado y lleno de odio”, recordando que el evento al que asistían buscaba justamente fomentar la colaboración interreligiosa y responder a crisis humanitarias.
Yaron Lischinsky, de 28 años, era investigador en la sección de Asuntos de Medio Oriente y el Norte de África de la embajada israelí en Washington. Había crecido en Baviera, Alemania, y se había mudado a Israel a los 16 años. Desde 2022 trabajaba en la embajada en EE.UU., destacándose por su compromiso con el entendimiento intercultural.
Sarah Milgrim, ciudadana estadounidense, trabajaba en el área de diplomacia pública de la embajada. Contaba con un máster en estudios internacionales de la American University y otro en recursos naturales y desarrollo sostenible de la Universidad para la Paz de las Naciones Unidas. Según Tech2Peace, una organización donde era voluntaria, “Sarah unía a las personas con empatía y propósito. Su voz y su espíritu serán profundamente extrañados”.
Ambos participaban activamente en iniciativas de diálogo entre israelíes y palestinos. La Sociedad Germano-Israelí, que conocía a Lischinsky, lo describió como un “joven inteligente y comprometido, profundamente interesado en la coexistencia pacífica en Oriente Medio”.
La escalada de discursos de odio ha sido visible especialmente en los campus universitarios de EE.UU., donde manifestaciones propalestinas han incluido llamados explícitos a “globalizar la intifada” —una consigna que glorifica atentados violentos contra civiles israelíes—. Grupos como Combat Antisemitism Movement advirtieron que este crimen “no ocurrió en el vacío”, sino como consecuencia directa de una incitación constante.
La muerte de Sarah y Yaron —dos jóvenes que encarnaban la esperanza de una paz posible— resuena más allá de lo simbólico. Representa una línea roja que ha sido cruzada. En una ciudad donde los diplomáticos deberían estar protegidos y el diálogo valorado, la intolerancia ha golpeado con violencia.
Y aún así, como afirmó un dolido pero desafiante embajador Leiter: “Su memoria no será en vano. Su causa, la causa de la paz, continuará”.
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