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Tishá BeAv, el día nacional de tragedia del pueblo judío, es paradójicamente una festividad sagrada. Descubre cómo el dolor y la distancia pueden abrir el camino hacia la cercanía más profunda con Dios.
Tishá BeAv marca el día más triste del calendario judío. Carga con el peso de milenios de sufrimiento: desde las lágrimas de nuestros antepasados en el desierto hasta las cenizas de los dos Templos, desde las expulsiones medievales hasta las deportaciones del Holocausto.
Paradójicamente, el día más triste de la historia judía también está clasificado como un “moed”, un tiempo sagrado de encuentro con Dios, la misma categoría que reciben nuestras festividades más alegres. ¿Cómo es posible que un día marcado por tantas tragedias también sea considerado una festividad sagrada?
La historia comienza en el año 1314 AEC con un colapso nervioso nacional. Nuestros antepasados, liberados de la esclavitud en Egipto y a punto de entrar en la Tierra Prometida, eligieron el miedo en lugar de la fe. Aceptaron el informe difamatorio de los espías sobre la Tierra de Israel, lloraron contra Dios y desearon no haber salido nunca de Egipto. Como consecuencia, Dios condenó a esa generación a vagar durante cuarenta años y morir en el desierto.
Más importante aún, el Talmud(1) nos enseña que Dios decretó que aquellas lágrimas innecesarias derramadas ese día, el 9 de Av, establecerían esa fecha como un día perpetuo de catástrofe y duelo para la nación judía.
Posteriormente ocurrieron en esa misma fecha otras grandes calamidades: la destrucción del Primer Templo por los babilonios (586 AEC)(2), la destrucción del Segundo Templo por los romanos (70 EC)(3), la derrota de la rebelión de Bar Kojba (135 EC)(4) y la destrucción total de Jerusalem por las fuerzas romanas (135 EC).(5) Siglos después, las tragedias continuaron: la expulsión de los judíos de Inglaterra (1290),(6) la expulsión de España (1492),(7) el inicio de la Primera Guerra Mundial (1914)(8) y las deportaciones del Gueto de Varsovia (1942)(9) también comenzaron en Tishá BeAv.
Con toda esta tragedia y tristeza, puede resultar sorprendente descubrir que el Shulján Aruj, el código de la ley judía, citando Lamentaciones 1:15, designa a Tishá BeAv como un “Moed”. Este término, que significa “tiempo de encuentro con Dios”, suele describir nuestras festividades más alegres: Pésaj, Sucot y Shavuot.
Pero ¿cómo puede un día de devastación merecer la misma clasificación que nuestras fiestas?
Rav Ierujam Levovits(10) revela el secreto: la tradición judía reconoce dos tipos de encuentros con Dios: los encuentros nacidos de la cercanía y los encuentros nacidos de la distancia. Ambos califican como citas sagradas con lo Divino.
Este concepto puede parecer opuesto a la lógica hasta que se considera la siguiente analogía, ofrecida por uno de mis maestros, Rav David Steinhauer:
Imaginemos una pareja atravesando una crisis profunda. Durante años han ignorado sus problemas y han fingido que todo estaba bien. Pero cada día el dolor aumenta, los resentimientos se vuelven más amargos y el final del matrimonio se acerca.
Un día algo cambia. Sus miradas se cruzan y surge un instante de reconocimiento mutuo. Por primera vez en mucho tiempo dejan de fingir. Empiezan a llorar y, entre lágrimas, finalmente se enfrentan el uno al otro. El reconocimiento compartido de la distancia se convierte, paradójicamente, en el momento de mayor cercanía que han tenido en años: el comienzo de la reparación de la relación.
En Tishá BeAv nos enfrentamos cara a cara con la triste realidad de lo alejados que estamos de Dios.
Con esta metáfora podemos comprender el concepto de un moed, una festividad, de la distancia. Como nación y como individuos, nuestra relación con Dios está lejos de ser perfecta. Seguimos en el exilio, nuestro Templo permanece en ruinas y, a nivel personal, a menudo elegimos la comodidad antes que el compromiso en nuestra vida espiritual. En Tishá BeAv nos enfrentamos cara a cara con la triste realidad de lo alejados que estamos de Dios.(11)
En cierto sentido, Tishá BeAv se convierte en la más auténtica de todas las festividades. No conmemoramos algo que fue; lamentamos algo que sigue siendo. A través del duelo, al sentir el dolor del sueño roto de nuestra relación con Dios, encontramos una cercanía que difícilmente alcanzamos en cualquier otra época del año. En las palabras del gran maestro jasídico, el Baal Shem Tov: “Quien cree que está cerca de Dios, en realidad está lejos; y quien cree que está lejos, en realidad está cerca”.
Esta perspectiva transforma por completo la forma en que observamos la “festividad” de Tishá BeAv. La mayoría de las personas viven el día sumergiéndose en tragedias históricas: viendo documentales sobre el Holocausto, leyendo relatos sobre la destrucción del Templo o estudiando la historia de las persecuciones sufridas por el pueblo judío. Aunque reflexionar sobre estos acontecimientos nos conecta con la gravedad de Tishá BeAv, no debemos detenernos allí. El verdadero poder transformador del día surge cuando examinamos nuestra propia distancia respecto de Dios.
El poder transformador del día surge cuando examinamos nuestra propia distancia respecto de Dios.
Pregúntate: ¿Qué tan lejos estoy de creer verdaderamente en Dios y vivir de acuerdo con esa creencia? ¿Solo pienso en Dios cuando las cosas salen mal, ignorándolo durante los momentos cotidianos llenos de bendiciones? ¿Me preocupo por mi futuro en lugar de acudir a Dios con mis dificultades?
Lamentablemente, pasamos gran parte de nuestra vida alejados de Dios. Durante todo el año, Dios siente esa separación mientras nosotros permanecemos en gran medida inconscientes de Su presencia. Tishá BeAv nos ofrece la oportunidad de detenernos, sentarnos en el suelo y compartir ese dolor con Dios. A través de este reconocimiento sincero damos el primer paso para reconstruir nuestra relación con Él.
Este proceso de transformación no ocurre de la noche a la mañana. Las siete semanas que separan Tishá BeAv de Rosh Hashaná representan el tiempo necesario para convertir el reconocimiento en reparación. El doloroso reconocimiento que experimentamos hoy se convierte en la base del trabajo de teshuvá (retorno o arrepentimiento) de las Altas Fiestas. Sin sentir cuánto nos hemos alejado, carecemos de motivación para realizar el difícil trabajo de regresar.
Solo desde este lugar de reconocimiento auténtico y dolor compartido podemos plantar las semillas de una vida y un mundo mejor; un mundo lleno de la presencia de Dios y de nuestra conciencia de esa presencia.
Que tengas un ayuno significativo.
Taanit 29ª
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