La Hagadá predijo lo que pasaría después del 7 de octubre
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Un celo mal dirigido, un fuego prohibido y, en un instante, dos de los más grandes miembros de Israel caen muertos. En el punto culminante de la inauguración del Tabernáculo (Mishkán), la ofrenda no autorizada de Nadav y Avihú convierte la celebración en tragedia. ¿Cómo pudo ocurrir un desastre así en un momento tan sagrado? Y aún más desconcertante: ¿por qué Moshé consuela a Aharón diciendo que esta tragedia, de alguna manera, santifica a Dios?
Estas preguntas llegan al núcleo de nuestra relación con lo Divino y revelan una verdad profunda sobre el amor mismo.
Al principio, antes de que Dios creara el cielo y la tierra, solo existía Dios: infinito y omnipresente. En una realidad así, no había espacio para que existiera nada más.(1) Imagina a un artista intentando pintar detalles blancos sobre un lienzo blanco: sin contraste, sin separación, no puede surgir ninguna forma definida. Por eso, Dios hizo espacio: se “retiró” de la creación en un proceso que los cabalistas llaman tzimtzum, que puede traducirse como “autolimitación para dar lugar a otro”.
Este primer acto de creación establece el modelo para toda relación significativa. Así como Dios contrajo Su presencia infinita para permitir la existencia del mundo, también nosotros debemos practicar nuestro propio tzimtzum en las relaciones. Una persona completamente centrada en sí misma no deja espacio para los demás. (Esto explica en gran medida por qué tantos multimillonarios tienen tantos fracasos matrimoniales o no se casan en absoluto) Solo podemos tener éxito en el matrimonio o la amistad cuando estamos dispuestos a adaptar nuestros intereses, ideas y objetivos para dar lugar a otro. Este mismo principio rige nuestra relación más importante: nuestra conexión con Dios.
Construir el Mishkán cumplía precisamente este propósito: crear un espacio para la presencia Divina entre nosotros. Así como Dios hizo lugar en Su infinitud para el mundo, Él nos ordenó crear un espacio en nuestro mundo para Su presencia. El Tabernáculo, y luego el Templo en Jerusalem, representa nuestro propio tzimtzum: limitar deliberadamente nuestra autoexpresión para permitir que lo Divino entre en nuestra realidad.
A lo largo de la Torá celebramos acciones espontáneas: Moshé rompe las tablas, Pinjás defiende el honor de Dios. La espontaneidad expresa nuestros deseos individuales y nuestra singularidad. Pero el servicio en el Mishkán exigía algo distinto: precisión y contención, no expresión personal. Para crear un espacio sagrado para otro, debemos silenciar el “yo”, el “mío”, el “para mí”.
Para que Dios entre, debemos hacernos a un lado, un principio que, trágicamente, Nadav y Avihú pasaron por alto. Ellos priorizaron su entusiasmo religioso por encima de la obediencia humilde a las instrucciones de Dios.
El Zóhar señala un detalle revelador: la Torá describe su ofrenda como “fuego extraño”(2) y no “incienso extraño”. ¿Por qué?
Porque el fuego simboliza el orgullo. El “fuego extraño” de su arrogancia desplazó la presencia de Dios. Dios respondió medida por medida: Su fuego Divino los expulsó de Su mundo.(3) Sus trágicas muertes enseñan una lección eterna: amar a Dios requiere respetar los límites de la relación, incluso para los más elevados espiritualmente. Al enseñar esta lección dolorosa pero necesaria, Nadav y Avihú santificaron el nombre de Dios.
Podrías preguntarte: “Si nos limitamos, ¿no reducimos el amor que expresamos en la relación?”
Todo lo contrario. Mira a tu alrededor: el exceso de cultivo destruye la tierra. La pasión sin control lleva a la inmoralidad. El exceso de entrenamiento causa lesiones. Las limitaciones no solo previenen el desastre, sino que crean las condiciones para florecer.
El mismo principio también responde a la pregunta clásica: “¿Por qué el judaísmo tiene tantas reglas detalladas?” Las leyes canalizan nuestras aspiraciones espirituales con precisión. Sin dirección, somos como una escopeta que dispersa energía en todas direcciones. Con la dirección adecuada, somos como un rifle de precisión que apunta a un blanco a kilómetros de distancia. Solo respetando los límites que Dios establece podemos construir una relación auténtica con Él. Como hemos visto, este modelo Divino se extiende a todas nuestras relaciones: desde el matrimonio hasta la amistad, desde nuestras comunidades hasta nuestro mundo. La lección de Nadav y Avihú nos recuerda que el amor verdadero, ya sea hacia Dios o hacia los demás, florece no a pesar de los límites, sino gracias a ellos.(4)
Esta semana, elige una relación que sea importante para ti. Examínala con atención: ¿en qué aspectos podrías estar desplazando las necesidades de la otra persona con tus propios deseos o expectativas? Luego, actúa: haz algo que hable el lenguaje de amor de la otra persona, no el tuyo.
Esta sencilla práctica de dar un paso atrás para permitir que el otro avance refleja el tzimtzum cósmico de Dios. Cuando se aplica a nuestras relaciones (con amigos, familia, comunidad y, en última instancia, con Dios) estas se convierten en santuarios en miniatura donde ambas partes pueden existir plenamente, sin que una abrume a la otra, y ambas se ven enriquecidas por el espacio sagrado que hay entre ellas.
Este ensayo está inspirado en las enseñanzas de Rav Jonathan Sacks y de Rav Aharón Lopiansky.
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