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Tootsie y la belleza

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24/07/2015 | por Yvette Alt Miller

Dustin Hoffman nunca hubiese puesto sus ojos en Tootsie por no considerarla suficientemente atractiva.

“Si hubiese conocido a esa mujer en una fiesta, nunca le hubiese hablado”.

Esa fue la reflexión de Dustin Hoffman cuando se vio por primera vez en la pantalla vestido como Tootsie en la película homónima de 1983. En una entrevista, Hoffman recordó con lágrimas el momento en que se dio cuenta que, en la vida real, nunca le hubiese hablado a su personaje femenino por no considerarlo lo suficientemente atractivo.

Hoffman se lamentó por todas las mujeres interesantes que nunca conoció por su predisposición hacia las mujeres convencionalmente hermosas, una revelación que llegó al corazón de muchos y muchas. Su entrevista se hizo viral con gran rapidez; todos podemos relacionarnos con su frustración por no ser capaces de ir más allá de lo físico en nuestras relaciones interpersonales.

No sólo a Dustin Hoffman le resulta difícil evitar ser persuadido por la apariencia externa. Las personas atractivas ganan más dinero, son más felices y más saludables que sus colegas de apariencia normal. Daniel Hamermesh, profesor en la Universidad de Texas, cuantificó lo que denomina “la ventaja de la belleza”: Un ingreso de $230.000 dólares más a lo largo de la vida que el ingreso de hombres igualmente cualificados pero de apariencia más ordinaria.

Increíblemente, los investigadores han encontrado evidencia incluso de que los padres brindan más atención a los hijos más atractivos que a los demás, siendo por ejemplo más flexibles con ellos en las tiendas. ¿Es posible que seamos tan superficiales que incluso en este, el más profundo de los lazos, nos veamos influenciados por el atractivo superficial?

De hecho, muchos de nosotros hemos sentido en persona la frustración de haber sido obviados en presencia de pares más atractivos.

El afecto crea belleza

El judaísmo propone una idea muy distinta sobre la belleza. En lugar de la fórmula moderna, en la cual la gente bella tiene más posibilidades de atraer la atención (y por ende de hacer que los demás quieran conocerlos mejor), la Torá revierte la ecuación: consideramos que una persona es atractiva cuando ya la conocemos y nos agrada.

Los sabios del Talmud se preguntaron cómo definir la belleza física. “¿Debe uno alabar a una novia fea diciéndole que es hermosa? ¿Hacerlo no sería una mentira?” (Ketuvot 17a).

Donde hay afecto crecerá la belleza.

El gran sabio Hillel respondió: podemos alabar a una novia —sin importar como se vea— diciendo que es hermosa, porque para su esposo efectivamente es hermosa. Hillel reconoció una poderosa verdad: nuestros sentimientos por los demás influyen poderosamente en nuestra percepción y, donde hay afecto, hay belleza. Es más, esta belleza es más fuerte que la mera belleza estética, ya que se trata del producto de un afecto más profundo.

Vemos ejemplos de esto todo el tiempo: el insulso vecino cuya esposa cree que es el más bello de todos, el niño ordinario cuya madre cree que podría ser modelo, el mejor amigo o hermano cuyo envejecimiento o aumento de peso gradual con el pasar de los años ni siquiera advertimos. Recuerdo a mi abuela riendo al describirse como “nunca fui una belleza”. Yo no sabía de qué estaba hablando, porque ante mis ojos ella era increíblemente hermosa, ¿y quién podría no estar de acuerdo?

El judaísmo dice que otra forma de forjar conexiones con los demás, es invertir en su bienestar.

Esta lógica va en contra de la sabiduría convencional. Mientras que en la actualidad muchos creen que los sentimientos de amor nos acercan a los demás, el judaísmo cree que lo opuesto es verdad.

El hecho de dar genera un lazo. Nos conecta, lo cual a su vez genera un mayor interés por ellos.

La conexión con Tishá B’Av

El Talmud dice que el Segundo Templo fue destruido debido al ‘odio infundado’, sinat jinam. Pero, ¿acaso cada uno de nosotros no tiene buenas razones para que alguien no le agrade?

Dustin Hoffman nos dio un excelente ejemplo que, por desgracia, aplica a muchos de nosotros: no nos agrada cierta gente sólo por causa de su apariencia. Simplemente no nos gusta la forma en que se ven, lo cual lleva al distanciamiento, a la pérdida de afecto, a la frialdad y a la falta de cuidado. Eso es odio infundado; negar la condición humana de una persona sin ninguna razón.

La reconstrucción del Templo comienza por nosotros. Revisa con una mirada crítica tus prejuicios y abandona tu discriminación automática. En lugar de eso, acércate a la gente y realiza actos de bondad. Descubre la exquisita belleza que yace dentro de cada una de las maravillosas creaciones de Dios.




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