Transforma vidas con una sonrisa

03/10/2025

5 min de lectura

Cómo llevar más alegría a los demás y sentirse un poco mejor uno mismo.

Sucot se conoce tradicionalmente como Zman Simjateinu — “el tiempo de nuestra alegría”.

La mayoría quisiéramos ser personas alegres que puedan llevar alegría a los demás, pero ¿cómo empezamos a alcanzar un nivel tan alto? El primer paso es comenzar a apreciar a cada persona, incluido uno mismo. En este espíritu, el Talmud dice:

"Cada ser humano está obligado a decir: el mundo fue creado para mi" (Mishná Sanedrín 4:5)

Sin embargo, al decir estas palabras, nos enfrentamos a la siguiente pregunta: Si todo el mundo fue creado para mí, ¿cómo puede decir mi vecino que todo el mundo fue creado para él? Encontramos una respuesta a esta pregunta en las palabras de un Rebe jasídico, conocido como Reb Zusha de Anipoli, quien enseñó:

Nuestros Sabios han dicho: "Así como sus rostros son diferentes, también sus pensamientos son diferentes". Existen millones de personas en la tierra, y todas tienen los mismos rasgos básicos en sus rostros: dos ojos, una nariz y una boca. Sin embargo, no hay dos personas que se vean iguales. De manera similar, si las apariencias externas de las personas son tan diversas, cuán grandes deben ser las diferencias en su funcionamiento interno, en las cualidades de sus almas y en sus naturalezas. Si la belleza del alma en todos los seres humanos fuera idéntica, ¿por qué Dios necesitaría crear millones de personas, donde cada una no es diferente de la otra?

Sin embargo, el secreto es este: cada persona es enviada a este mundo para cumplir una tarea Divina específica, para llevar a cabo en la tierra un propósito elevado y celestial. Esta es la misión de los seres humanos en la tierra; además, por cada persona que Dios envía al mundo, Él tiene muchas tareas y propósitos diferentes. El trabajo de una persona es totalmente independiente del de cualquier otra persona, y cada uno debe llevar a cabo y completar su propósito asignado.

Por lo tanto, Dios dota a cada persona de talentos y atributos necesarios para cumplir su tarea. Estos talentos claman dentro de cada persona, exigiendo ser expresados y cumplir la misión para la cual fueron enviados a este mundo. (Hamodia, 10 de Jeshván 5759)

En esta enseñanza, Reb Zusha de Anipoli nos ayuda a entender que el mundo fue creado para cada ser humano, por la contribución que cada uno tiene para ofrecer.

Cada ser humano es creado a imagen de Dios, el Dador Supremo, y cada ser humano tiene algo especial que dar al mundo. Por ello nos necesitamos unos a otros, y por ello debemos honrarnos y apreciarnos mutuamente. En este espíritu, encontramos la siguiente enseñanza talmúdica:

"Saluda a todos con un rostro cálido, alegre y agradable" (Pirkei Avot 1:15)

Cuando saludamos a alguien alegremente, demostramos que nos alegra que esté en este mundo. Este es uno de los regalos de amor más valiosos que podemos dar a otro ser humano. Es un regalo que da vida y eleva el ánimo de los demás. A través de la cálida sonrisa en nuestro rostro, la persona se siente reconocida y apreciada, y este sentimiento es más importante que cualquier regalo material que pudiéramos ofrecer.

Aliviar el dolor

Una persona influenciada por la cultura occidental moderna, con su énfasis en el individualismo, podría objetar lo siguiente ante la enseñanza de la Torá: “¿Acaso la expresión de mi rostro no es asunto personal mío?”

Rav Israel Salanter, un gran sabio del siglo XIX, enseñó que la expresión de nuestro rostro puede afectar el estado de ánimo de quienes nos rodean. Por lo tanto, nuestro rostro se considera parte del “dominio público”, no del “dominio privado”.

Una víspera de Iom Kipur, Rav Salanter se encontró con una persona camino a la sinagoga para la plegaria de Kol Nidrei. Rav Salanter lo saludó cálida y alegremente, pero esta persona estaba tan absorta en la solemnidad y grandeza del Día de Expiación que no devolvió el saludo. De hecho, tenía una expresión sombría por contemplar la seriedad del juicio Divino.

Rav Salanter le comentó a su estudiante: “¿Por qué debo sufrir por la preocupación de otra persona con el juicio Divino?” Rav Salanter enseñó de esta manera que, independientemente de nuestro estado de ánimo, tenemos la responsabilidad de saludar a todos con un rostro alegre y agradable.

Rav Iejiel Gordon, un sabio del siglo XX y decano de la Ieshivá de Lomzá, tenía cáncer. Quienes lo visitaron durante los últimos meses de su vida describen cómo contaba historias e intentaba alegrar a sus visitantes, a pesar de su gran dolor. Él sabía que se entristecían al ver su estado deteriorado, por lo que saludaba a cada visitante con un rostro alegre.

Los discípulos de otro sabio del siglo XX, Rav Jaim Friedlander, notaron que él tenía una cálida sonrisa en el rostro incluso cuando hablaba por teléfono. Alguien le preguntó: “La otra persona no puede ver tu sonrisa Entonces, ¿para qué molestarse?” Rav Friedlander respondió: “Aunque el oyente no pueda ver mi sonrisa, puede escuchar mi sonrisa”. Él explicó que una expresión feliz en nuestro rostro al hablar por teléfono se “escucha” a través de nuestra voz.

Iniciar el saludo

Cuando nuestro patriarca Iaakov llegó a la tierra de Jarán, encontró un grupo de pastores y comenzó su saludo llamándolos: “Mis hermanos” (Génesis 29:4). Rav Levi ben Geshon (conocido como el “Ralbag”), comentarista bíblico del siglo XIV, señala que aunque los pastores eran completos extraños, Iaakov los llamó “hermanos”. El saludo de Iaakov debe inspirarnos, por lo tanto, a saludar a cada persona de manera amorosa y alegre, pues todos tenemos el mismo Creador.

No sólo tenemos la obligación de saludar a cada persona de manera alegre y agradable; también tenemos la obligación de intentar iniciar el saludo, como dice Pirkei Avot: “Inicia un saludo a toda persona” (4:20).

Rav Iojanan ben Zakai fue el sabio principal en la Tierra de Israel al final del período del Segundo Templo, y el Talmud relata que él iniciaba un saludo con cada persona que encontraba en el mercado, tanto judíos como no judíos (Berajot 17a). Podemos apreciar aún más su actitud al recordar que los gentiles que vivían en Israel eran los romanos paganos y sus aliados, usualmente hostiles hacia los judíos.

Rav Irving Bunim, educador de Torá del siglo XX, ofrece la siguiente visión sobre iniciar un saludo:

Hay muchas personas cuyo pequeño orgullo no les permite reconocer a nadie a menos que sean reconocidos primero. La otra persona debe dar el primer paso. Él cree que esta es su manera de establecer y mantener su "dignidad".

Otros vacilarán por inseguridad al ser los primeros en ofrecer un saludo cálido a quienes encuentran. Tienen miedo de dar un gesto de amistad y recibir a cambio sólo una mirada fría. Por lo tanto, insistirán en esperar hasta que la persona que encuentran tome el "riesgo emocional", mientras ellos "juegan a lo seguro".

Cualquiera que sea la razón, tal comportamiento está equivocado. Toma la iniciativa, dice nuestro Sabio. No busques un sentido de orgullo o importancia, ni una ilusión de seguridad, a expensas de los sentimientos de otro. Dale un saludo amistoso con una cálida sonrisa e indaga, si quieres, por su bienestar. (Ética desde el Sinaí)

Hoy, hay muchas personas que se sienten desanimadas y desconfían de los demás, especialmente con la amenaza del terrorismo a nivel mundial. Al saludar a cada persona con un rostro cálido y alegre, podemos elevar su ánimo y recordarles que son necesarios y apreciados. De esta manera, emularemos los modos amorosos y compasivos de nuestro Creador:

"Porque así dijo el Altísimo y Elevado, Que mora por siempre y cuyo Nombre es santo: Yo habito en la exaltación y la santidad, pero estoy con los desanimados y humildes de espíritu, para revivir el espíritu de aquellos que se sienten abatidos y para revivir el corazón del desanimado." (Isaías 57:15)

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