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Tres etapas de la creación

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Bereshit (Génesis 1:1-6:8 )

por Rav Jonathan Sacks

El enorme desafío y privilegio de asemejarnos a Dios.

"Y Dios dijo, que haya… Y hubo… Y Dios vio que era bueno"

De esta manera comienza el más revolucionario e influyente relato de la creación en la historia del espíritu humano.

En su comentario, Rashi cita a Rabí Itzjak, quien cuestionó por qué la Torá debía comenzar con la historia de la creación (1). Dado que se trata de un libro de leyes (los mandamientos que unen a los hijos de Israel como una nación), debería haber comenzado con la primera ley que se les otorgó a los israelitas, la cual sólo aparece en el décimo segundo capítulo de Éxodo.

La respuesta de Rabí Itzjak es que la Torá comienza relatando el nacimiento del universo para justificar la entrega de la Tierra de Israel al pueblo de Israel. El Creador del mundo es ipso facto el dueño y el director del mundo. Lo que Él regala confiere un título de propiedad. El reclamo del pueblo judío a su tierra es diferente al de cualquier otra nación. Este no surge de hechos arbitrarios de establecimiento, asociaciones históricas, conquistas o acuerdos internacionales (aunque en el caso del actual estado de Israel se aplican estos cuatro criterios). La relación del pueblo de Israel con su tierra surge de algo más profundo: la palabra de Dios mismo, el Dios reconocido por las tres religiones monoteístas: el judaísmo, el cristianismo y el islam. Esta es una lectura política del capítulo. Pero quiero sugerir otra interpretación (no incompatible, pero adicional).

Una de las declaraciones más sorprendentes de la Torá es el hecho de que debemos asemejarnos a Dios, imitar a Dios. "Santos serán, porque Santo Soy Yo, Hashem su Dios" (Levítico 19:2).

Los Sabios enseñan: "Tal como está escrito que Dios es bondadoso, también tú debes ser bondadoso. Tal como Él es misericordioso, también tú debes ser misericordioso. Tal como Él es Santo, también tú debes ser santo". También los profetas describen a Dios con diversos atributos: lento para la ira, abundante en verdad, justo, recto, perfecto, poderoso, etc., para enseñarnos que estas cualidades son buenas y correctas y que un ser humano debe cultivarlas y de esta forma imitar a Dios en la medida de sus posibilidades (2).

Por lo tanto, implícito en el primer capítulo de Génesis hay un enorme desafío: así como Dios es creativo, también tú debes ser creativo. Al crear al hombre, Dios dotó a una criatura (la única hasta el momento reconocida por la ciencia) con la capacidad no sólo de adaptarse a su medio sino de adaptar su medio a ella, de dar forma al mundo, de ser activo y no meramente pasivo en relación con las influencias y las circunstancias que lo rodean:

La existencia del bruto es indigna porque es una existencia indefensa. La existencia humana es digna porque es una existencia gloriosa, majestuosa, poderosa… En la antigüedad el hombre no podía luchar contra las enfermedades y multitudes sucumbieron a la fiebre amarilla y a todas las otras plagas con una indefensión degradante que no podía proclamar dignidad. Sólo el hombre que construye hospitales, descubre técnicas terapéuticas y salva vidas es bendecido con dignidad… El hombre civilizado ha ganado control limitado sobre la naturaleza y en ciertos aspectos se ha convertido en su amo. Con este dominio también ha adquirido dignidad. Su maestría ha hecho posible que actúe de acuerdo con su responsabilidad (3).

Por lo tanto, el primer capítulo de Génesis contiene una enseñanza. Nos dice cómo ser creativos: en tres etapas. La primera es la etapa de decir: "Que haya". La segunda es la etapa de "y hubo". La tercera es la etapa de ver "que es bueno".

Incluso una mirada superficial a este modelo de creatividad nos enseña algo profundo y contrario a la intuición: lo que es verdaderamente creativo no es la ciencia ni la tecnología por sí mismas, sino la palabra. Esto es lo que crea todo lo existente.

De hecho, lo que diferencia al Homo sapiens del resto de los animales es la capacidad de hablar. El Targum Onkelos traduce la última frase de Génesis 2:7: "Dios formó al hombre del polvo de la tierra e insufló en su nariz aliento de vida, y el hombre se convirtió en un alma viviente", como: "y el hombre se convirtió en rúaj memalelá, un espíritu que habla". Porque podemos hablar, podemos pensar y, por lo tanto, podemos imaginar un mundo diferente del que existe actualmente.

La creación comienza con la palabra creativa, la idea, la visión, el sueño. El lenguaje, y con él la capacidad de recordar un pasado distante y conceptualizar un futuro distante, se encuentra en el eje de nuestra singularidad como seres a la imagen de Dios. Tal como Dios creó el mundo natural con palabras ("Y Dios dijo… y hubo"), así también nosotros creamos el mundo humano con palabras, que es la razón por la cual el judaísmo se relaciona con tanta seriedad con las palabras: "La muerte y la vida están en poder de la lengua", dice el Libro de Proverbios 18:21). Ya al principio de la Torá, en el comienzo mismo de la creación, se presagia la doctrina judía de la revelación: Dios no se revela a la humanidad en el sol, las estrellas, el viento o la tormenta, sino en y a través de palabras, palabras sagradas que nos hacen socios de Dios en la obra de la redención.

"Y Dios dijo: que haya… y hubo" – es la segunda etapa de la creación, para nosotros la más difícil. Una cosa es concebir una idea, otra cosa es ejecutarla. "Entre la imaginación y el acto cae la sombra" (4). Entre la intención y el hecho, el sueño y la realidad, se encuentra la lucha, la oposición y la falibilidad de la voluntad humana. Después de haberlo intentado y fracasado, es demasiado fácil concluir que en definitiva no podemos lograr nada, que el mundo es como es y que todos los emprendimientos humanos están destinados a terminar en fracaso.

Sin embargo, esta es una idea griega, no judía: que Hubris termina en Némesis, que el destino es inexorable y que debemos resignarnos a él. El judaísmo sostiene lo contrario: que a pesar de que la creación es difícil, trabajosa y que puede estar plagada de contratiempos, a ella nos convoca nuestra vocación humana esencial. Rabí Tarfón dijo: "No depende de ti terminar la tarea, pero tampoco eres libre para desistir de ella" (5). Hay una bella frase rabínica que afirma: majshavá tová HaKadosh Baruj Hu metzarfá lemaasé (6).

Por lo general, esto lo traducen como: "Dios considera una buena intención como el acto mismo". Yo lo traduzco de forma diferente: "Cuando un ser humano tiene una buena intención, Dios lo ayuda a convertirlo en un acto", es decir: Él nos da fuerzas (y si no es en este mismo momento, entonces eventualmente), para convertirlo en un logro.

Si el primer paso de la creación es la imaginación, el segundo es la voluntad. La santidad de la voluntad humana es una de las características más distintivas de la Torá. Existieron muchas filosofías (el nombre genérico para ellas es determinismo), que sostenían que la voluntad humana es una ilusión. Estamos determinados por otros factores: un instinto genéticamente codificado, fuerzas económicas o sociales, reflejos condicionados… La idea de que somos lo que elegimos ser es un mito. El judaísmo es una protesta en nombre de la libertad y la responsabilidad humana en contra del determinismo. No somos máquinas preprogramadas; somos personas, dotadas de voluntad. Tal como Dios es libre, también nosotros somos libres, y toda la Torá es una convocatoria a la humanidad para que ejerza su libertad responsablemente al crear un mundo social que honre las libertades de los demás. La voluntad es el puente entre "que haya" y "hubo".

Quizás esto es lo que viene a enseñarnos esta frase: que la vida religiosa no se debe buscar alejándose del mundo y de sus conflictos para llegar al éxtasis místico o al nirvana. Dios quiere que seamos parte del mundo, que luchemos sus batallas, saboreemos su alegría y celebremos su esplendor. Pero hay todavía más.

Debido a mi trabajo, visité prisiones y centros para jóvenes transgresores. Muchas de las personas que conocí allí eran potencialmente buenas. Ellas, como tú y como yo, tenían sueños, esperanzas, ambiciones y aspiraciones. No querían convertirse en criminales. Su tragedia fue que a menudo venían de familias disfuncionales y condiciones difíciles. Nadie se tomó el tiempo para cuidarlos, apoyarlos, enseñarles cómo negociar con el mundo, cómo lograr lo que querían a través de trabajo y persuasión en vez de hacerlo a través de la violencia y quebrando la ley. Ellos carecían de un respeto básico hacia sí mismos, una sensación de su propio valor. Nunca nadie les había dicho que eran buenos.

Ver que alguien es bueno y decírselo es un acto creativo, uno de los mayores actos creativos. Puede que haya algunos pocos individuos que sean intrínsecamente malos, pero son muy pocos. Prácticamente dentro de cada persona hay algo positivo y único, pero eso puede ser herido con facilidad y sólo crece cuando se lo expone a la luz del reconocimiento y el elogio de otra persona. Ver lo bueno de los demás y dejar que se vean a sí mismos en el espejo de cómo nosotros los vemos, es ayudarlos a crecer y convertirse en lo mejor que pueden ser. El Talmud dice: "Es más grande quien causa que otros hagan el bien que quien lo hace por sí mismo" (7). Ayudar a otros a convertirse en lo que pueden ser es dar nacimiento a la creatividad en el alma de esa persona. Esto no se logra con críticas ni con negatividad, sino buscando lo bueno del otro, ayudándolo a verlo, a reconocerlo, a poseerlo y a vivirlo.

"Y Dios vio que era bueno". También esto forma parte de la obra de creación, lo más sutil y bello de todo. Cuando reconocemos lo bueno en otro, hacemos algo más que crearlo, lo ayudamos a volverse creativo. Esto es lo que Dios hace por nosotros, y lo que Él quiere que hagamos por los demás.


Notas:

(1) Rashi 1:1

(2) Maimónides, Mishné Torá, Hiljot Deot 1:6

(3) Iosef B. Soloveitchik, The Lonely Man of faith *New York< Doubleday, 1992), págs. 16-17

(4) T. S. Elliot, "The Hollow Men", en T. S. Eliot, Collected Poems 1909–1962 (London: Faber and Faber, 1963), p. 92.

(5) Mishná, Avot 2:16

(6) Tosefta, Peá 1:4

(7) Bava Batra 9a




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