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Tu lápiz rojo

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20/08/2014 | por Emuna Braverman

Todos conocemos el dolor y la humillación de ser víctimas de las palabras no editadas de un orador descuidado.

Es muy divertido ser editor. No tienes que crear el producto original; no tienes que agonizar en busca de pensamientos y expresiones. Te toca afinar el trabajo de otra persona. Te toca dejarlo listo para la presentación. Es la emoción del producto final sin los problemas del camino (¡un poco como ser abuelos!).

Pero mientras que editar el trabajo de otros es divertido, editarnos a nosotros no lo es. Si eres escritor y tienes que meticulosamente revisar lo que has escrito, intentar tener una perspectiva fresca y luego eliminar partes significativas de tu trabajo, puede ser extremadamente doloroso. No todos somos escritores (no tengo ninguna novela latente dentro de mí esperando salir), pero hay un área en la vida de todos nosotros que necesita desesperadamente edición: nuestro discurso.

¿Cuántas relaciones podrían haberse salvado si aplicáramos nuestro lápiz rojo a nuestro discurso tanto como a nuestro papel?

Aunque puede ser difícil mirar hacia adentro, todos podemos mirar hacia afuera y reconocer a una amiga o miembro de la familia que podría beneficiarse de un poco de sensata edición. Es irónico que seamos tan cuidadosos sobre lo que escribimos pero por otro lado disparamos palabras con nuestra boca sin ningún tipo de revisión. ¿Cuántas relaciones podrían haberse mejorado o salvado si aplicáramos nuestro lápiz rojo a nuestro discurso tanto como a nuestro papel?

Todos conocemos el dolor y la humillación de ser víctimas de las palabras no editadas de un orador descuidado.

Ya sea por falta de conciencia propia, falta de preocupación o “en el nombre de la apertura y la honestidad”, el orador ventila su impresión negativa sobre nosotros. No solamente no apreciamos ni crecemos con esta “útil” perspectiva, sino que usualmente nos alejamos de cualquier otro contacto con esta persona. Es el instinto de auto preservación.

Utilizar la virtud de la honestidad como disfraz también es deshonesto. La Torá no se refería a esto cuando nos ordenó alejarnos de la mentira. Por el contrario, tenemos permitido distorsionar (ligeramente) la verdad por el bien de la paz. Así como Dios se abstuvo de decirle a Abraham que Sara dijo que él era viejo (¡era un vivaz hombre de 99 en ese momento!), así también nosotros debiéramos cubrir nuestras opiniones negativas, especialmente cuando expresarlas será doloroso e improductivo. Si tu amiga ya compró ese vestido, solamente dile que le queda bien. Si ella aún está decidiendo, puedes delicadamente dirigirla hacia otro ítem.

“Ser honesto” es frecuentemente sólo una excusa para evitar el esfuerzo de la autoedición. “Ser honesto” no es una expresión de verdadero amor o amistad, sino un reflejo de flojera moral. Si realmente me importa, pensaré antes de hablar. Si realmente me importa, evaluaré cuidadosamente mis palabras. Si realmente me importa, me preguntaré “¿Podrían causar dolor estas palabras? ¿Tengo que comunicar esta información? ¿Hay una forma más suave de hacerlo?”.

Ciertamente así es como queremos que otros nos traten, y así es como debiéramos tratarlos a ellos.

También debemos practicar un poco de autocensura para evitar estas dolorosas interacciones. Si siempre estamos preguntando, “¿Me veo gorda?” “¿Me veo vieja?” “¿Hice un buen trabajo?” entonces estamos invitando a la crítica. Estamos colocando una piedra de tropiezo para quien escucha. No debiéramos tratar de forzar los cumplidos constantes. Puede ser que no recibamos lo que estábamos esperando.

Así como el editor de una revista o de un periódico tiene que eliminar a veces ciertos fragmentos en los artículos que revisa, así también todos tenemos ciertos “fragmentos” —problemas de carácter— que requieren revisión. Pero a diferencia de los editores antes mencionados, nosotros usualmente ya conocemos nuestros malos hábitos, y nos es más fácil hacerles frente cuando nos sentimos queridos y seguros.

Editar a otros es fácil. Editarse a uno mismo es mucho trabajo. Editar a otros es un camino solitario. Editarse a uno mismo lleva a una vida llena de calidez, preocupación, amistad y amor. ¿Alguien quiere un lápiz rojo?




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