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La postura de Ben Shapiro contra la plataforma antisemita de Tucker Carlson nos recuerda que los amigos no dejan que sus amigos abracen el antisemitismo.
Recuerdo un eslogan muy conocido de mi juventud: “Los amigos no dejan que sus amigos manejen ebrios”. Esto capturaba la esencia de la verdadera amistad: intervenir cuando las decisiones de otra persona pueden causar daño.
Esta semana recordé esta frase cuando la “amistad” se convirtió en la excusa y la defensa para justificar el apoyo a quienes dan voz a los antisemitas y difunden odio.
Tucker Carlson fue uno de los presentadores más vistos en la televisión estadounidense. Su paso a los medios independientes solo expandió su alcance e influencia global, con episodios que en X alcanzan decenas o cientos de millones de visualizaciones. Carlson ha enfrentado acusaciones repetidas de difundir antisemitismo, amplificar teorías conspirativas y promover ideas extremistas.
La controversia alcanzó su punto máximo cuando Carlson entrevistó a Nick Fuentes, una figura de extrema derecha conocida principalmente por su retórica antisemita y la negación del Holocausto. Aunque Carlson presentó la entrevista como un intento de entender la perspectiva de Fuentes, fue difícil verla como otra cosa que un acto de legitimación del discurso de odio y normalización de una ideología extremista, especialmente porque Tucker no le formuló preguntas difíciles, no condenó los comentarios deplorables ni responsabilizó a Fuentes por sus opiniones.
Durante los últimos años, Carlson ha coqueteado con la línea que separa el sesgo antiisraelí de las creencias antisemitas. Sin embargo, varios comentarios recientes, sumados al episodio con Fuentes, han dejado claro que cruzó esa línea. Esto plantea interrogantes reales: ¿siempre tuvo ese odio latente, o sus opiniones cambiaron con el tiempo? ¿Todavía puede recapacitar, o es un caso perdido e irredimible?
Muchos elogiaron la claridad y la convicción de Shapiro, mientras que otros, especialmente quienes se alinean con Tucker, Fuentes y su círculo ideológico, reaccionaron con hostilidad.
Sea cual sea la respuesta, está claro que ha llegado el momento de que quienes comparten afinidades políticas con Carlson lo enfrenten, y eso fue precisamente lo que hizo Ben Shapiro la semana pasada en un episodio especial de su pódcast. Utilizando fragmentos de Carlson y Fuentes, Shapiro calificó a Tucker de “cobarde intelectual” y “blanqueador ideológico”, alguien que suaviza “ideas horrendas” y las presenta a audiencias más amplias. No pidió su cancelación, sino que hizo un llamado a la claridad moral y a la responsabilidad, trazando una línea que muchos se habían mostrado reacios a marcar.
El episodio se convirtió rápidamente en un punto de fricción dentro del mundo conservador. Con las líneas morales ahora claramente definidas, muchos elogiaron a Shapiro por su claridad y valentía, mientras que otros, especialmente los cercanos a Tucker y Fuentes, reaccionaron con hostilidad.
Su decisión de hablar puede parecer sencilla y de bajo costo, pero exigió auténtico coraje. Alzar la voz contra alguien de su propio sector político conlleva riesgos reales: poner en juego su seguridad personal, su reputación y su influencia profesional.
En una era en la que la ambigüedad moral se ha convertido en el camino más fácil, debemos sentirnos orgullosos y profundamente agradecidos de que uno de los judíos más visibles en la vida pública, un hombre cuya kipá es tan reconocible como su voz, use su plataforma para articular claridad moral cuando tantos otros permanecen en silencio.
Shapiro no se detuvo allí. En los últimos días, ha puesto en riesgo relaciones personales al confrontar a colegas conservadores y desafiarlos por su silencio ante el episodio Carlson-Fuentes. Megyn Kelly invitó a Shapiro a su programa para hablar de estos acontecimientos y, cuando él la interpeló por no hablar en contra de personas como Candace Owens, ella se defendió diciendo: “No es asunto mío” y “No soy la madre de internet.” Al ser presionada sobre Carlson, Kelly defendió su amistad con él y habló sobre la lealtad.
No envidio a Megyn Kelly ni a otros del mundo conservador que se encuentran atrapados entre amigos prominentes, populares y altamente influyentes. Ellos explican que no es su batalla, que no les corresponde controlar lo que otros dicen o a quién entrevistan. Argumentan que, tratándose de amigos, la crítica y el reproche deben hacerse en privado, nunca en público.
Esta tensión entre lealtad y responsabilidad moral no es exclusiva de las figuras públicas, aunque para ellas las consideraciones son distintas. Todos enfrentamos estas cuestiones en nuestra vida privada: amigos que cometen errores éticos o traicionan la confianza, seres queridos que incurren en conductas dañinas o incluso delictivas. ¿Hasta dónde debe llegar la amistad? ¿Apoyar a alguien implica condonar sus acciones o asociarnos con sus comportamientos? ¿El silencio es un signo de lealtad o una traición a nuestros propios valores?
La verdadera amistad consiste en preocuparse tanto que uno está dispuesto a confrontar y reprender cuando ve que su amigo ha perdido el rumbo.
Ciertamente, hay diferencias entre las figuras públicas y los amigos en el ámbito privado. Los rabinos y los profesionales tienen que cumplir roles de apoyo, y eso a menudo difiere de la manera en que los individuos deben manejar estas decisiones tan complejas.
La Mishná enseña: “Rabí Iehoshúa ben Perajia dijo: Hazte de un maestro, adquiere para ti un amigo y juzga a todos favorablemente” (Pirkei Avot 1:6). El Rambam señala a que no dice “hazte un amigo” o “haz amistad”, sino “adquiere”, porque la amistad no puede ser algo casual ni complaciente. Al buscar un amigo que nos ayude a ser mejores y nos exija rendir cuentas, debemos aplicar el mismo nivel de atención, pensamiento crítico y seriedad que el que aplicamos a nuestras adquisiciones más importantes.
Quizás, con la elección de esa palabra, nuestros sabios también quisieron transmitir otro mensaje sutil sobre la amistad. Kné (adquiere) comparte raíz con la palabra hebrea letaken, reparar. Los verdaderos amigos se corrigen y buscan reparar el uno al otro. La verdadera amistad no consiste en querer tanto a alguien que uno le deja pasar cualquier cosa, sino en preocuparse tanto por el otro que se está dispuesto a confrontar y advertir cuando ve que su amigo se ha desviado del camino.
Es hora de actualizar el anuncio de servicio público de mi infancia:
“Los amigos no dejan que los amigos abracen el antisemitismo”. El antisemitismo, como toda forma de odio, nubla el juicio, pone en peligro a los demás y corroe el alma. Apoyar a quienes lo promueven no es amistad, es complicidad. El coraje moral, incluso cuando implica incomodidad o confrontación, es la expresión más alta del cariño verdadero.
Amistad, lealtad y ética se entrelazan de formas complejas, pero algo es indiscutible: el amor y la lealtad no absuelven el odio. Los verdaderos amigos se exigen mutuamente responsabilidad y protegen la salud moral de su comunidad y de su movimiento.
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