Tras el terremoto en Venezuela, la comunidad judía responde con solidaridad


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Convicción en una era de conveniencia.
En inglés, el diccionario Merriam-Webster dice que un grifter es "una persona que engaña o estafa a otros mediante el fraude o la decepción". La palabra proviene de graft, un antiguo término coloquial para referirse a ganancias obtenidas de manera deshonesta. Tradicionalmente, describía a un estafador, alguien que manipula a otros para obtener beneficio personal.
Hoy en día, el término grifter suele utilizarse para describir a una figura pública que cambia sus principios, lealtades o convicciones según lo que resulte más útil o rentable en cada momento. El foco ya no está únicamente en el fraude, sino en una flexibilidad carente de principios. En español no tenemos una palabra para definir esto, pero hablamos de un oportunista, un trepador sin convicciones firmes. La pregunta deja de ser "¿Qué es verdad?" para convertirse en "¿Qué me conviene ahora mismo?".
Vemos este patrón en personalidades de los medios de comunicación, políticos, artistas e incluso líderes religiosos. Posturas y convicciones que antes se sostenían con certeza son abandonadas o suavizadas. El crítico de ayer es el defensor de hoy, y el defensor de hoy puede convertirse en el crítico de mañana, dependiendo de lo que la audiencia y las oportunidades demanden, de lo que genere más atención o beneficio económico.
En el mundo mediático actual, demasiados comentaristas cambian de posición para conseguir clics, seguidores, audiencia, acceso o influencia política. Tan solo esta semana, Tucker Carlson, después de décadas como una de las voces más prominentes de la derecha estadounidense, anunció que abandonaba el Partido Republicano, citando profundas discrepancias respecto a su dirección y a la guerra con Irán. Esto no constituye una postura basada en principios, sino simplemente el último giro de alguien que cambia de opiniones y lealtades con una rapidez sorprendente.
Él está lejos de ser el único caso. Megyn Kelly, en consonancia con su reciente cambio ideológico, criticó duramente la gestión del presidente Donald Trump respecto al conflicto con Irán, llegando a expresar arrepentimiento por haberlo apoyado y votado. Sin embargo, cuando surgió la oportunidad de entrevistar en su programa al vicepresidente J. D. Vance, repentinamente volvió a respaldar al presidente Trump.
Cambiar de opinión no es el problema. Todos podemos (y en ocasiones debemos) cambiar de opinión cuando las circunstancias lo justifican. La verdadera pregunta es qué motiva ese cambio: ¿la convicción o la conveniencia?
Para los oportunistas, las posiciones cambian al ritmo del estado de ánimo del público. Las declaraciones contundentes se suavizan cuando dejan de ser convenientes.
El judaísmo establece una clara distinción en este punto. Existe un lugar para la reevaluación honesta. Se espera que pensemos, aprendamos, crezcamos y rectifiquemos cuando estamos equivocados. Pero una cosa es cambiar porque hemos madurado y otra muy distinta cambiar por oportunismo.
Aunque nunca surgió entre el pueblo judío un profeta comparable a Moshé, sí surgió uno entre las naciones del mundo: Bilam. Sus poderes proféticos eran comparables a los de Moshé. Sin embargo, la tradición judía lo incluye entre aquellos que pierden su parte en el Mundo Venidero. Era al mismo tiempo extraordinariamente talentoso y profundamente corrupto.
¿Cómo puede alguien de semejante nivel caer tan bajo?
Rav Jonathan Sacks zt"l señaló que el Talmud (Sanedrín 105a) relaciona el nombre Bilam con la expresión hebrea bli am (בלא עם), que significa "sin un pueblo". Bilam no estaba arraigado en nada. No tenía una verdadera lealtad ni un compromiso profundo. Sus bendiciones y maldiciones podían comprarse al mejor postor. Solemos pensar en Bilam como alguien específicamente empeñado en dañar a los judíos, pero no hay evidencia de que actuara movido por una ideología, por un sentido de justicia o por responsabilidad moral. Poseía capacidad, pero no fidelidad.
En ese sentido, Bilam fue el oportunista original. Tenía dones extraordinarios, pero carecía de un ancla moral. Se vinculaba a quien pudiera ofrecerle el mayor beneficio. Era un hombre sin pueblo.
Moshé era exactamente lo contrario. Dios mismo declara acerca de él: "En toda Mi casa, él es el más fiel" (Números 12:7). Moshé se define por la lealtad y la fidelidad. Permanece junto a su pueblo incluso cuando es difícil hacerlo. Lo defiende cuando el pueblo falla. Lo corrige cuando es necesario. No lo abandona cuando las circunstancias se vuelven adversas.
Bilam solo tenía talento. Moshé tenía además integridad y principios, y al final eso es lo que realmente importa.
Moshé pertenece a su pueblo y su pueblo puede confiar en él. Esa es la diferencia entre el talento y el carácter. Bilam poseía únicamente talento. Moshé poseía también integridad y principios, y eso es lo que finalmente marca la diferencia.
A veces sería más fácil y más rentable cambiar de postura. Pero ser judío implica consistencia y fidelidad a los propios valores, tanto cuando resulta conveniente como cuando no. Significa ser una persona cuya palabra merece confianza y cuyos valores no cambian con las circunstancias.
Quizás no obtengamos beneficios económicos por cambiar nuestra apariencia o nuestras opiniones, pero vivimos en un mundo donde con frecuencia parece ventajoso minimizar los signos visibles de nuestra identidad judía o guardar silencio acerca de nuestros valores y principios. La tentación consiste en mezclarse con el entorno, evitar llamar la atención, decir menos y ser menos visible. Pero esa no es nuestra misión.
No seas como Bilam, que se desvinculó de su pueblo cuando hacerlo le resultó más cómodo o menos costoso. Sé un discípulo de Moshé, que permaneció junto a su nación y junto a la verdad, eligiendo los principios por encima del beneficio personal y la fidelidad por encima de la aprobación de los demás.
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