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Un compositor le da nueva vida a la música del Holocausto

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09/08/2021 | por Yvette Alt Miller

Francesco Lotoro ha dedicado su vida a descubrir miles de piezas compuestas en los campos de concentración.

Cuando la Segunda Guerra Mundial arrasó por toda Europa, muchos de los millones de hombres y mujeres que se encontraron presos en los campos de concentración nazis, en campos de trabajo y campos de prisioneros de guerra eran músicos, acostumbrados a expresarse a través de la música y las canciones. “Si había cien hombres, con certeza diez de ellos habían sido músicos y quizás cinco de ellos eran músicos profesionales”, explicó el famoso pianista, compositor y conductor italiano Francesco Lotoro en una entrevista exclusiva con Aishlatino.com.

Innumerables prisioneros compusieron música incluso bajo circunstancias espantosas durante los días más oscuros del Holocausto. Algunos compusieron canciones breves, mientras que otros se embarcaron en trabajos mayores como óperas o sinfonías. Durante más de treinta años, Francesco se dedicó a coleccionar estas piezas de música y sacarlas a la luz. Hoy en día, él es la principal figura dedicada a preservar este increíble cuerpo de composición y lucha para encontrar los últimos vestigios de música escritos durante el periodo de la Segunda Guerra Mundial, antes de que sea demasiado tarde.

Francesco (57) creció en Barletta, una ciudad al sudeste de Italia y siempre estuvo interesado en la cultura judía, a pesar de que en su propio pueblo no había ninguna comunidad judía. Él estudió música en Italia y en Budapest y se convirtió en un famoso pianista, compositor y conductor. A finales de 1980, encontró algo extraordinario en la Enciclopedia de Músicos Italianos. Ciertos trabajos de compositores judíos como Víctor Ullmann, Gideon Klein y otros no había sido escritos en finos conservatorios europeos, sino en Thereisenstadt, un campo de concentración nazi cerca de Praga. Esa música era extraordinaria y Francesco estaba absorto. Él comenzó a viajar a otros campos para ver si podía encontrar otras composiciones que también hubieran sido escritas en secreto en campos nazis.

Francesco visitó bibliotecas y museos donde se guardan las composiciones escritas por prisioneros y a menudo tuvo que copiar a mano las composiciones. Francesco describe que parte de la música que ha encontrado “fue escrita en cuadernos, en bolsas de carbón, envoltorios de comida, en boletos”.

Mientras más composiciones encontraba, más crecía su pasión. Aunque tenía una agenda ocupada como un exitoso músico, Francesco dedicaba mucho de su tiempo libre a buscar composiciones y sobrevivientes del Holocausto que pudieran transmitirle la música escrita en los campos. Se sentía intrigado por esas piezas clandestinas, escritas por prisioneros que anhelaban expresarse y que de alguna manera lograron mantener su expresión artística incluso cuando estaban rodeados de muerte y dolor.

Gedenkstaette Buchenwald / Museo del Holocausto de los Estados Unidos

“Comencé en 1988 cuando era muy joven. En ese momento el objetivo era investigar y recuperar principalmente música escrita por judíos en los campos de concentración”. Francesco viajó a los sitios de los campos de concentración y a ciudades en donde habían vivido judíos durante y después del Holocausto, buscando música que hubiera sido preservada o contrabandeada afuera de los campos. Él encontró anotaciones en colecciones privadas y también se reunió con sobrevivientes que recordaron la música que ellos o que personas que ellos conocieron habían escrito mientras estaban en campos de concentración u otras prisiones. Algunas piezas eran meros fragmentos, anotados en un trozo de papel. Otras eran composiciones más largas, usando preciadas hojas de papel e improvisados instrumentos de escritura.

Partitura reconstruida, escrita en papel higiénico y bolsas de carbón, recuperada de campos de concentración nazi durante la Segunda Guerra Mundial.

Después de unos cuantos años enfocándose solamente en composiciones judías, Francesco entendió que muchos otros grupos también habían acudido a la música para enfrentar la reclusión durante esa era y expandió su búsqueda. “Decidí expandir esta investigación a toda la música escrita por prisioneros: judíos, cristianos, gitanos, bahaí, sufistas, personas con discapacidad y todas las personas que estaban en campos de reclusión, campos de concentración, campos de trabajos forzados, campos de tránsito, y también campos de prisioneros políticos y campos militares…” También amplió la época de su investigación, comenzando en 1933, cuando los nazis subieron al poder y abrieron el campo de concentración Dachau para prisioneros políticos, hasta la muerte de Stalin en 1953. “Ahora tenemos en la colección 20 años de música”. Es un tesoro vasto y variado al que Francesco todavía sigue agregando nuevos descubrimientos.

Filletti Anima Nostra

Rudolf Karel

Una pieza inquietante que Francesco rastreó durante años es una sinfonía del compositor checo Rudolf Karel. Karel fue arrestado en 1943 por ayudar a combatientes clandestinos y lo enviaron a la prisión de Pankrac en Praga. A pesar de ser torturado por la Gestapo y enfermarse gravemente, Karel siguió componiendo incluso en prisión. Cuando se enfermó de disentería, le dieron carbón para masticar y ayudarle con sus síntomas. Pero en cambio él uso el preciado carbón para escribir música, escribiendo sobre papel higiénico. “¿Puedes crees que un hombre que está muy enfermo pueda pasar dos horas al día escribiendo música en la enfermería?” negándose a si mismo una medicina de emergencia, pregunta Francesco con asombro.

Karel escondió sus composiciones y logró sacarlas de contrabando fuera de la prisión con la ayuda de un guardia amistoso, escondiendo sus composiciones en la lavandería de la prisión. Posteriormente descubrieron su música y lo enviaron al campo de concentración Thereisenstadt, donde murió de disentería en 1945. Francesco logró encontrar fragmentos de las partituras de Karel para su sinfonía Nonet, escrita en la prisión de Pankrác, y ayudó a completar esta hermosa obra. Francesco dice que partes de la sinfonía suenan “como un telégrafo ´di-di-ti-ti-di-di-ti-ti’, y en cierto momento me imaginé que eso era código morse”.

Lotoro muestra una copia de la música de Rudolf Karel, un compositor checo (en 1945 dibujo a la izquierda) que fue llevado a prisión por los nazis por ayudar a la resistencia en Praga.

Otra compositora cuya música Francesco ayudo a rescatar es Ilse Weber, una poetiza judía checa que escribió hermosas poesías en alemán. Ella estuvo presa en Theresienstadt, que se suponía era un campo de concentración “modelo” diseñado para mostrarle al mundo lo bien que los nazis supuestamente trataban a los judíos. El campo tenía muchas oportunidades de expresión artística. Francesco encontró algunas de sus letras, pero no tenían partituras.

Francesco recibió ayuda de Aviva Bar-On, una judía nacida en la República Checa que estuvo presa en Theresienstadt durante tres años cuando era una adolescente y conoció a Weber. Weber incluso la cuidó cuando ella se enfermó. “Fueron años muy duros de hambruna, enfermedades y epidemias”, recordó Bar-On sobre sus días en el campo nazi. “Pero la vida musical del campo era muy rica. Había famosos cantantes de ópera y músicos de alto rango. Había muchas presentaciones y un coro de mujeres. Nosotros no sabíamos sobre las cámaras de gas. Cuando le ordenaban a la gente ir al tren, nosotros no sabíamos a dónde iban”.

Bar-On recordó cómo sonaban las composiciones de Weber y las cantó para Francesco, quien las transcribió, devolviéndoles la vida. En el 2018, Bar-On, entonces con 85 años, interpretó parte de las obras de Weber en un concierto en Jerusalem, al cual asistió Francesco. El trabajo que él había hecho para escribir la partitura de las piezas de Weber le permitió a la orquesta tocar sus piezas por primera vez en más de setenta años.

Francesco Lotoro dirige el concierto Notas de Esperanza en Jerusalem, en donde se presentaron 11 piezas de música creadas en los campos de concentración nazi, en campos de trabajo forzado y en campos de prisioneros de guerra. Fotografía: Mika Gurovich/JNF UK

Hace unos veinte años, Francesco se puso en contacto con el hijo de Aleksander Kulisiewicz, otro músico que se dedicó a documentar y preservar la música escrita en los campos de concentración. Francesco conoció a Christoph, quien ayudó a difundir gran parte de la investigación de su padre. Aleksander Kulisiewicz era un compositor polaco que estuvo cinco años en el campo de concentración nazi Sachsenhausen. Él sobrevivió ese infierno, al igual que la Marcha de la Muerte en 1945 cuando se acercaban las tropas soviéticas. Al fin de la guerra, Kulisiewicz estaba muy enfermo y alucinaba en una enfermería polaca. El médico estaba convencido que se estaba muriendo, pero una enfermera comprendió que las palabras que Kulisiewicz decía con fervor eran la letra de canciones y comenzó a escribir lo que él decía. Eventualmente ella escribió cientos de páginas de piezas líricas. Estas fueron piezas compuestas por prisioneros que estaban con él en Sachsenhausen, incluyendo más de cincuenta de sus propias obras.

Las canciones eran increíblemente conmovedoras. Algunas describían la vida en los campos de concentración; otras anhelaban el hogar. Kulisiewicz eventualmente se recuperó y pasó el resto de su vida interpretando estas y otras canciones compuestas por reclusos de los campos de concentración. Hoy estas piezas se encuentran en la colección de Francesco, junto con otras 8.000 composiciones que él descubrió, así como decenas de miles de otros objetos, incluyendo instrumentos musicales que fueron utilizados durante el Holocausto.

Francesco comenzó a transcribir, tocar y conducir muchas de las piezas que descubrió y grabó CDs de música. En el 2011 publicó KZ Musik: Encyclopedia of music composed in concentration camps 1933-1945 (enciclopedia de música compuesta en los campos de concentración), un set de 24 volúmenes de CD que contiene más de 500 piezas de música compuesta en los campos nazis. Francesco sigue reuniendo, transcribiendo, interpretando y grabando música, y actualmente trabaja en una colección aún más grande. También lanzó el proyecto “100 Journey”, con el objetivo de juntar fondos para hacer un total de 100 viajes a los sitios de campos de concentración, museos y otros buscando música de la era del Holocausto. Francesco comenta que es más fácil encontrar partituras musicales que fondos para continuar su investigación.

Este monumental proyecto musical refleja la búsqueda profunda personal en la vida de Francesco. A pesar de ser criado como católico romano, él siempre se sintió atraído por el judaísmo. Sin embargo, durante años sólo pudo satisfacer su deseo de aprender más a través de libros. Leyó vorazmente cientos de libros y artículos sobre temas judíos, aprendiendo todo lo que podía. Francesco incluso escribió al Beit Din (corte rabínica) en Roma pidiéndole ayuda para convertirse al judaísmo, pero sus peticiones iniciales no llevaron a nada. En cambio, él vivió una vida judía lo mejor que pudo, solo.

Todo cambió en el 2000, cuando conoció a Grazia Tiritiello, su alma gemela, quien también estaba interesada en el judaísmo. Ellos se casaron y hablaron de convertirse juntos al judaísmo. Finalmente, en el 2002, se acercaron al Rav Shalom Bahbout, un miembro del Beit Din de Roma. Rav Bahbout accedió a “seguirnos en el camino a la conversión”. Francesco y Grazia trabajaron con Rav Bahbout durante dos años y en el 2004 hicieron su conversión ortodoxa. Francesco adoptó el nombre Israel y Grazia se convirtió en Sara.

Después de convertirse, uno de sus primeros actos fue tener una ceremonia de matrimonio judío. Bajo la jupá, el Rav dijo algo que Francesco nunca olvidará. “Él dijo que en la vida uno tiene la misión de dar vida a los huesos secos”, aludiendo a la famosa visión del profeta Ezekiel de los huesos secos que vuelven a cobrar vida (Ezekiel 37). Como un milagroso renacimiento, el proyecto de Francesco permitió que miles de piezas musicales encuentren nuevamente oyentes y cobren vida.

“Así que estoy cumpliendo con mi deber”, explica Francesco. “Para nosotros, el recuerdo es una mitzvá. Zajor (en hebreo recordar) es una mitzvá”. Con cada nueva partitura que recolecta, él ayuda a las futuras generaciones a entender las ricas vidas de aquellos que estuvieron prisioneros durante la era del Holocausto.

Tras haber recolectado miles de artefactos, Francesco también tiene un enorme proyecto nuevo: construir en Barletta un nuevo museo de la música de los campos de concentración. Francesco comenzó una Fundación que recibió fondos nacionales y regionales; compró una destilería en desuso y planean remodelarla como un museo que albergará miles de partituras, miles de libros e instrumentos musicales que fueron usados o creados en los campos por músicos. El museo también albergará cientos de horas de entrevistas con sobrevivientes del Holocausto. Francesco está trabajando para recolectar fondos y planea comenzar a trabajar en el museo este año.

“Esta investigación no es mía, esta investigación pertenece a todas las personas. Nos pertenece a todos”.

Gracias a las décadas de trabajo de Francesco, gran parte de esta música volvió a cobrar vida, enriqueciéndonos y permitiendo siga vivo el arte de muchos compositores que perecieron en el Holocausto.

Erwin Schulhoff, Sinfonia Número 81 Satz

Para mayor información o para contactarse con Francesco Lotoro, visita https://en.fondazioneilmc.it/francesco-lotoro




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